Qatar, el discreto reino que gana peso en el mundo

Sus líderes despliegan poder económico y diplomático en Europa y en Medio Oriente; tiene el PBI per cápita más alto del planeta
Graciela Iglesias
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29 de julio de 2012  

LONDRES.– Dos semanas antes de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos, un fastuoso espectáculo iluminó con rayos láser verde y azul las fachadas de los principales monumentos de la capital británica para revelar, con música épica interpretada por la Orquesta Filarmónica de Londres, a su última y más faraónica proeza arquitectónica: el Shard (la Esquirla), el rascacielos más alto de Europa.

Ese récord lo marcan 72 pisos y un mirador que se burla del vértigo insertándose en las nubes con la punta de un cuerpo piramidal que alcanza los 310 metros de altura. La creación del célebre arquitecto italiano Renzo Piano fue presentada como la "primera ciudad vertical" de Londres, capaz de albergar a 12.000 personas, con un hotel de cinco estrellas de 18 pisos, varios restaurantes, tiendas y unos 56.000 metros cuadrados de oficinas.

El alcalde de Londres, Boris Johnson, y el duque de York asistieron al evento, pero no fueron quienes lo presidieron. Ese honor recayó en una figura ataviada también con un traje de SavilleRow, pero con un rostro mucho menos conocido por los londinenses: el jeque Hamad bin Jassim al-Thani, premier y canciller de Qatar.

Su protagonismo se debió a que el Tesoro de su país desembolsó un 95% de los 570 millones de euros que costó erigir este coloso de vidrio y acero ubicado a un paso del emblemático London Bridge. El Shard, sin embargo, está lejos de ser su única inversión.

Fondos soberanos de Qatar se han hecho dueños de la Villa Olímpica en Stratford por una bagatela de 770 millones de euros. Un trofeo más en un vasto portfolio inmobiliario que incluye los predios de la histórica base militar de Chelsea y de la antigua embajada de los Estados Unidos en Belgravia, así como a la famosa tienda Harrods.

Qatar se encuentra, además, entre los principales accionistas del banco Barclays, de la cadena de supermercados Sainsbury’s y controla un 20% de la London Stock Exchange .

Londres no es el único lugar donde este pequeño reino del Golfo Pérsico está colocando sus ahorros. La Fundación Qatar, por ejemplo, pagó 130 millones de euros para colocar su logo en las camisetas del Barcelona de modo de empezar a darse a conocer internacionalmente con vistas a ser sede del Mundial de fútbol de 2022. También está haciendo inversiones inmobiliarias y de energía en China.

Pragmatismo

La prensa británica comenzó a inquietarse por el despliegue económico y diplomático de lo que temen un día se torne en el "ratón que ruge".

Hasta 1971, Qatar era un protectorado británico conocido sólo por ofrecer buena pesca de perlas y contar con prometedoras reservas de hidrocarburos. Los augurios se hicieron realidad poco después de su independencia.

Con una superficie apenas cuatro veces mayor a la de Gran Buenos Aires, Qatar es hoy en día uno de los principales exportadores de petróleo y el tercer país en reservas de gas del mundo.

Dos datos lo distinguen del resto de sus vecinos. El PBI per cápita de los ciudadanos de Qatar es de 98.329 dólares, el más alto del mundo. Su capital, Doha, es la sede de la más importante cadena de información independiente del mundo árabe, Al-Jazeera. Por más que su sistema de gobierno sigue siendo una monarquía absoluta, la casa real de los Al-Thani no dudó en apoyar financiera y logísticamente a movimientos populares que derrocaron a autócratas de larga data, como Muammar Khadafy, en Libia, y Hosni Mubarak, en Egipto. Ahora estarían haciendo lo mismo con la oposición a Bashar al-Assad en Siria.

Esto no sería reflejo de una incipiente convicción democrática sino del pragmatismo que caracteriza a su política exterior. Una realpolitik dictada por una posición geográfica que ha dejado a Qatar atada a Arabia Saudita y la Emiratos Arabes Unidos y justo en frente de Irán. "Qatar es más pequeño que Bélgica, pero poco a poco está comprando a Gran Bretaña. Su influencia sobre la vida de millones de británicos, antes invisible, se presenta como algo "muy real y creciente", advierte Edna Fernandes, columnista de The Daily Mail.

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