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Nosotros y los kelpers

Por Carlos Moyano Llerena Para La Nación
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14 de agosto de 1999  

Tarde o temprano habrá que encarar en la Argentina qué actitud tomar hacia el par de miles de actuales habitantes de las Islas Malvinas, si es que esperamos recuperar algún día el gobierno de ese territorio. Aparte de la emigración, espontánea o estimulada, se presentan dos opciones, acerca de las cuales las opiniones de los isleños parecen estar divididas.

Por una parte, está la generación de los mayores, que anhela el retorno a lo que llaman our time-honoured way of life , es decir, "nuestro tradicional estilo de vida", cuya excelencia el tiempo ha acreditado. Se trata de un modo de vida de gran austeridad, propio de una población pequeña, con muy pocas actividades económicas fuera de la producción de lana para exportación. Las posibilidades de educación y de asistencia médica eran muy limitadas, con su consiguiente efecto negativo sobre el desarrollo humano.

Si los isleños eligieran el antiguo sistema de vida, se arriesgarían a volver al aislamiento, al estancamiento y al bajo desarrollo económico. La emigración de los más jóvenes sería la respuesta. En las cinco décadas anteriores a la guerra de 1982, las Malvinas perdieron la cuarta parte de su población. No se puede retornar al siglo XIX cuando se va a entrar en el XXI.

Antiguas tradiciones

El peculiar modo de vida de los pobladores originarios mantuvo casi invariable durante más de cien años, desde que las primeras familias británicas se establecieron allí hasta el conflicto de 1982. Pero las condiciones sociales y económicas que subsistieron por tanto tiempo posiblemente no sean viables hoy en día.

Tengo en mi poder unas setenta cartas familiares escritas en las décadas de 1880 y 1890, en las que puede encontrarse una detallada descripción de cómo era la vida cotidiana en aquella época en las Malvinas. Estas cartas fueron enviadas por parientes y amigos a una señora que residía en la Argentina continental, que había nacido en Stanley en 1868. Es decir, no muchos años después de que las primeras familias británicas se establecieran en la colonia.

Su nombre era Ethel Turner, y en 1886, cuando tenía dieciocho años, se casó con un oficial de la Marina argentina, Carlos María Moyano, que era entonces gobernador del territorio de Santa Cruz. Ambos fueron mis abuelos. Cuando el presidente Roca designó al gobernador, le dio expresas instrucciones para que procurase atraer a agricultores malvinenses para establecerse en Santa Cruz, lo que efectivamente se logró.

Tuve ocasión de visitar las islas en 1975 y para mi sorpresa encontré que aquellas primarias condiciones de vida no habían cambiado mucho después de noventa años, excepto por las facilidades que en comunicaciones, aprovisionamiento y educación les ofreció la Argentina durante el período 1971-81. Ese proceso infortunadamente fue interrumpido por la guerra de 1982.

La otra opción que se presenta a los kelpers consiste en promover un cambio sustancial en su evolución, procurando establecer una economía bien relacionada con el exterior. Aunque debe reconocerse que esto requerirá la diversificación hacia nuevas actividades, lo que implicaría considerables alteraciones sociales que afectarían necesariamente el modo de vida tradicional (inmigración, éxodo rural, etcétera).

Una nueva política económica exigiría inevitablemente la cooperación con la Argentina continental, algo que actualmente los isleños rechazan categóricamente. Ellos se encuentran ahora en un alto punto de intransigencia y piensan que no necesitan ninguna clase de acercamiento con la Argentina. Disfrutan de un estándar de vida superior al que tenían antes de la guerra y están muy confiados en el buen futuro económico que les espera. Ésta es una actitud errónea que no parece fundarse en los hechos. Porque las perspectivas para la economía de las islas son bastante pesimistas según la mejor información disponible, incluso de origen británico.

Una solución de cooperación llevaría tiempo, ya que requiere confianza y entendimiento entre dos comunidades muy diferentes. Por cierto que no será fácil para los isleños que han tenido la experiencia personal del conflicto de 1982. Tal vez sea necesario esperar hasta que llegue el tiempo de una nueva generación que no ha conocido la guerra, lo cual demandará de quince a veinte años.

Un cambio de actitud

Las ideas anteriores fueron en esencia la argumentación que desarrollé en Nueva York el 1º de julio en la última reunión del Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas, a la que asistí en carácter de expositor privado. Estuvieron presentes también dos consejeros electos de la comunidad isleña.

En la actualidad es probable que las autoridades del Reino Unido no sepan muy bien qué hacer con el problema y ciertamente estarían muy satisfechas si pudieran ver algún cambio en la posición de los kelpers, que perpetuamente requieren la protección británica. Solamente entonces se podría esperar una aceptación por parte de Gran Bretaña de las resoluciones de las Naciones Unidas, sabiendo que la Argentina está siempre dispuesta a iniciar negociaciones.

No debe sorprender, entretanto, que Gran Bretaña resuelva ejercer cierta presión sobre la voluntad de los isleños, tal como parece que ha ocurrido en el reciente acuerdo sobre la reanudación de los vuelos. Las circunstancias finalmente son las que van a forzar un cambio de actitud.

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