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Copenhague, homenaje a los sentidos

Mario Pernigotti
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12 de agosto de 2012  

La capital de Dinamarca no tiene la fama a cuestas de Roma, Ciudad Eterna, ni el charme de la Ciudad Luz (Parós) o la alcurnia de Londres. Ni siquiera viene en un segundo rango al estilo de Madrid, Berlín o Moscú.

Sin embargo, visitarla constituye un homenaje a los sentidos.

Copenhague (o København, tal su nombre en danés) remite a la esencia misma de la nación de esos rudos vikingos capaces de llegar a América antes que Colón: nacieron, nacen y seguirán naciendo con el atributo marcado a sangre en los genes de su población. ¿Cuál es?

Havn significa puerto. Y de eso se trata: de vivir siempre cerca, al lado, arriba, al costado, adentro, afuera del agua.

El bellísimo centro de la ciudad capital está flanqueado por canales acuáticos que permiten el desplazamiento de embarcaciones de diverso porte. No sólo para el turismo. Es una Venecia del Norte. Y de bellísimas obras arquitectónicas. Por allí resalta la nueva Opera. Un regalo de Arnold Mærsk, el mismísimo millonario dueño de la empresa de contenedores. Poco antes de morir, centenario, en 2004 donó el edificio con reminiscencias de la Opera de Sydney. Claro que las malas lenguas en Dinamarca aún discuten si fue regalo o, simplemente, una forma de pagar menos impuestos.

"Nacemos y nos criamos en el agua", sostiene con orgullo Erik Beth, nuestro anfitrión, un danés que vivió en la Argentina hasta los 20 años y luego regresó a su país original. "Aunque en invierno el mar esté congelado y tenga que palear un metro y medio de nieve frente a mi casa sí o sí." Si alguien llega a tener un accidente en su vereda sin despejar, no sólo deberá hacerse cargo de los gastos, sino que deberá pagar una multa.

Erik hizo todos los cursos en la marina danesa y tiene la autorización para conducir embarcaciones de hasta determinado porte. Y su pequeño velero descansa en uno de los puertos. Salir a navegar por el mar del Norte es parte de su desenchufe de la actividad diaria.

Cuando se jubile, a Erik le gustaría vivir parte de su tiempo en España, de donde es María Concepción, su murciana esposa. "¡Pero allá no podré llevar mi velero porque me quieren cobrar las tasas como si fuera un buque de lujo!", lamenta acremente.

El inglés es la segunda lengua y no es menos destacable su arte. Han ganado varios premios Oscar a la mejor película extranjera: Pelle el conquistador, La fiesta de Babette y la menos conocida En un mundo mejor, en 2011

Los daneses se muestran muy orgullosos de sus diseños y construcciones. Así, las mujeres visten con elegancia y los edificios poseen una distinguida belleza. Todavía gozan con Superclásico, una simpática comedia que habla de la Argentina y su pasión por los Boca-River, donde Sebastián Estevanez que hace de Nº 9 de Boca enamora a una danesa.

Al inicio me referí a los sentidos. Y es así: la comida danesa es exquisita. Y hay mucho orgullo nacional, tratan de que todos los alimentos sean del país. Hay naturalmente pescados, pero poseen vacas y por ende carnes, quesos, lácteos y derivados; también una miel exquisita con un tono cremoso difícil de parangonar. Es claro, el vino debe ser español, no hay dudas. Aunque gustan mucho y se consiguen los mendocinos. Tomo una botella de un Argentine wine y el wine-master me lo recomienda enfáticamente. "It's a Malbec, an excelent wine, with a very good taste", aconseja, sin saber que ya lo sabía.

Es primavera y todo florece. ¡Hasta los yuyos tienen una especie de margaritas pequeñas que se lucen en los prados! Los cerezos y ciruelos revientan de colores. Para no hablar de los tulipanes.

Y en los bosques, el efecto clorofila logra árboles con un verde flúo alucinante. Y la visita al castillo Kronborg, famoso por ser el escenario de Hamlet, la obra más famosa del dramaturgo inglés William Shakespeare, bien vale la pena. Ahí, a tiro de cañón, está Suecia. Que antes fue Dinamarca y antes fue Suecia. Y así -como en un cuento borgiano- una regresión infinita.

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