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Kavafis

Gran trabajo de Helena Tritek, como adaptadora y directora, de esta propuesta que surge de la obra literaria del escritor griego Konstantinos Kavafis
Ernesto Schoo
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12 de agosto de 2012  

Autor: Pieza basada en la obra literaria de Konstantinos Kavafis / Dirección: Helena tritek / Intérpretes: Milagros Almeida, Sandra Arrechea, Stella Brandolin, Cecilia Kuligowski, Eugenia Lencinas, Erica Sposito, Maximiliano Accavallo, Leon Bara, Diego Lorenzo, Martin Piñol, Carlos Ponte y Alejandro Viola / Imágenes: Gabriel Giovanetti / Asistente de dirección: Ariel Gangemi / Sala: La Comedia (Sala 3), Rodriguez Peña 1062 ; telefono 4815-5665 / Funciones: Domingos, a las 19 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: Buena

"Tan sólo la ciudad es real", advierte Lawrence Durrell al comienzo de su monumental novela El cuarteto de Alejandría. Otro tanto podría decirse acerca de la obra de su poeta mayor, Konstantinos Kavafis (1863-1933), donde la ciudad, fundada en Egipto por Alejandro Magno –espléndida en su cenit, bajo el cetro de los Ptolomeos, cuya última reina fue Cleopatra, y a partir de entonces decadente y hasta sórdida–, impone una presencia insoslayable. Esa obra poética (considerada por Marguerite Yourcenar como una de las mayores aportaciones líricas del siglo XX) tienta a Helena Tritek, directora de bien ganado prestigio, a darle una encarnación teatral. Los créditos no mencionan al responsable del traslado, pero puede deducirse que es Tritek misma.

El desafío es arduo. ¿Cómo transformar en acción dramática lo que es, esencialmente, una refinada, sutil expresión verbal? El resultado es positivo en más de un aspecto. En primer lugar, la elección del escenario. Despojado de sus ornamentos, lo que fue el suntuoso comedor en casa de una adinerada familia porteña, de inmediato sugiere al espectador la melancolía de una grandeza efímera. Luego, el criterio con que se expone la simultánea andadura de una biografía (no se explicita que sea la de Kavafis, pero se sobrentiende) y una producción literaria, estrechamente imbricadas. La atmósfera está lograda con medios muy simples, pues la producción es modesta e ingeniosa. El vestuario es, en este sentido, decisivo. Podría decirse que se trata casi de una revista poética, una sucesión de cuadros en torno de los temas predilectos del escritor griego: el inexorable paso del tiempo, la nostalgia de la plenitud sexual, la fascinación por la belleza masculina en flor (hay una obsesiva insistencia en la edad de los taxi-boys alejandrinos que pasan fugazmente por los brazos del poeta), la memoria como único consuelo de la irrecuperable juventud.

Otro factor atractivo es el uso del humor. No es frecuente en los textos de Kavafis (inspirados casi siempre en las estelas funerarias griegas, cuyas inscripciones se recopilaron en la célebre Antología), pero en este caso obra como un bienvenido alivio de tanta melancolía. Sobre todo cuando el grupo de discípulos del maestro de filosofía acude a un dudoso reducto (casi toda la acción transcurre en un prostíbulo al servicio de las cinco variedades de sexo que, según Durrell, coexisten en Alejandría) y se proyectan las postales seudopornográficas de comienzos del siglo XX, que hoy resultan de una cómica ingenuidad. El elenco presenta altibajos, pero todos se esfuerzan con auténtico fervor. Y aunque más no fuere por escuchar decir los magníficos poemas mayores de Kavafis, Los dioses abandonan a Antonio, Itaca y Esperando a los bárbaros, vale la pena asomarse un domingo a la sala 3 del teatro La Comedia.

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