El castellano no se rinde frente al inglés

Especialistas aseguran que nuestro idioma es más que capaz de absorber anglicismos y otras nuevas influencias
Juana Libedinsky
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17 de agosto de 1999  

"Ché, forwardeame el e-mail que te mandó ese chabón, please." Una simple frase que un adolescente cualquiera dirige a un amigo: ¿símbolo del castellano que viene?

Frente al avance de los términos tomados de la computación, del imperio del inglés en Internet, de la aceptación de palabras como morfar y minón por la Real Academia, ¿cuál será el futuro de nuestro idioma en el siglo que comienza?

Un dato desalentador es que mientras el adulto promedio manejaba, en su vida cotidiana, de 1500 a 2000 términos hace medio siglo, hoy sólo utiliza entre 200 y 300, y las proyecciones parecen aún más bajas, según señalaron a La Nación dos prestigiosos filólogos españoles, los hermanos Claudio y Javier García Turza, titulares de las cátedras de Historia de la Lengua Española e Historia Medieval en la Universidad de La Rioja (España).

De visita en Buenos Aires, invitados por la Asociación Argentina de Mujeres Hispanistas, aseguraron que más que buscar enemigos externos, las sociedades hispanohablantes deberían "mirar hacia adentro, y ver cómo los chicos leen menos y se la pasan viendo televisión, con lo cual se reduce enormemente y se simplifica el vocabulario básico que manejan".

Sin embargo, los cambios por influencias exteriores en el castellano serán cada vez más marcados: "El español del siglo XXI tendrá cada vez más palabras tomadas del inglés", subraya Ofelia Kovacci, presidenta de la Academia Argentina de Letras.

Para los García Turza, el núcleo del problema es electrónico: "Hoy podemos hablar de un imperialismo de Internet, ya un 90% del material está en inglés, por lo que se vuelve la única alternativa idiomática", expresó Javier. Pero sostuvo que se trata en gran medida de "una cuestión del poder económico de los Estados Unidos, y desde allí mismo se va a llegar a un mayor equilibrio por la propia presión de los grupos latinos".

Actitudes alarmistas

Por otra parte, no todos comparten una perspectiva pesimista: "Existen dos corrientes bien marcadas -afirmó Claudio.- Por un lado, hay núcleos cerrados que mantienen una actitud alarmista y consideran que se trata del fin del idioma. Por el otro están los laissez-faire , que piensan acerca de cualquier cambio: ¡bienvenido sea!, porque fue por modificaciones sobre el latín que el castellano se formó en primer lugar".

Además, los especialistas señalaron que este tipo de invasiones linguísticas es historia vieja: "Se habla mucho del fin del español y de su transformación en un híbrido -expresó Claudio-. Pero en el transcurso de los siglos resistió desde la impronta fuertísima de galicismos, italianismos, indigenismos, hasta la conquista árabe. Y la chispa idiomática se mantiene".

Kovacci recordó que el término en boga -que hoy suena tan natural en los oídos hispanos- viene del francés ( vogue ), y provocó censuras en el siglo XVIII similares a las que hoy pueden rodear a palabras como hardware o software.

Pero subrayó que si bien tradicionalmente la difusión de los nuevos términos era muy pausada (a través de libros o del contacto personal), hoy, con el bombardeo de los medios de comunicación, ésta es inmediata, tendencia que se acentuará en los próximos años.

Por eso, los hermanos García Turza señalaron la importancia del periodismo en la conservación del castellano. "Son fundamentales: en una clase de filología yo puedo llegar a 20 ó 30 alumnos con mis teorías sobre el castellano. Pero el efecto de un cronista deportivo que relata con los verbos incorrectos o palabras extranjeras el último gol del Piojo López, es mil veces mayor", sostuvo Claudio con una sonrisa.

Pero a pesar de la importancia de los medios, la incorporación formal de los términos seguirá en manos de las academias, que tienen la difícil misión de hacer una selección rigurosa. "Existen distintas categorías de palabras -explicó Kovacci-. Por un lado, las que vienen de la ciencia y la técnica, que no tienen una traducción exacta y que para decirse en castellano implican un rodeo engorroso. En esos casos -que cada vez son más- lo lógico es y será adoptarlas o adaptarlas fonética y ortográficamente a nuestro idioma."

En cuanto a las adaptaciones, reconoció que hay muchas cuyas estructuras en español resultan chocantes: por ejemplo, desde 1992, la forma preferida por la Real Academia para escribir la palabra whisky... es el simpático, si bien casi irreconocible, güisqui.

Pero hay otro grupo que son modas: "Cada año aumentan las vidrieras porteñas que ponen sale en vez de liquidación, y que es un error que los medios multipliquen estos usos", lamentó la especialista.

Palabras con aclaraciones

Más allá del inglés y los términos técnicos, muchos temen que el castellano se arruine por modificaciones internas. Y con la incorporación en el diccionario de la Real Academia de palabras como minón, ¿significa que se le puede decir así a una agraciada señorita y quedar como un correcto caballero?

Kovacci lo negó tranquilizadora: "Junto a las palabras y sus significado, aparecen en itálicas indicaciones que explican el ambiente sociocultural en el que se usan, si son términos vulgares, humorísticos o despectivos, entre otras aclaraciones", explicó.

Entonces queda claro que si bien uno puede hablar de morfar un choripán en la cancha, no es correcto -ni recomendable- hacerlo en una reunión de embajadores.

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