El San Martín de todos

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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18 de agosto de 2012  • 23:40

San Martín está en el bronce por lo que hizo en pos de la independencia de América sobreponiéndose a sus humanas carencias y debilidades, y no por no haberlas tenido. La imagen de ser inalcanzable, de semidiós que se trazó de él a través del tiempo, no condice con sus auténticas virtudes al servicio de una causa que iba más allá de las disputas fratricidas en busca de un futuro de paz y dignidad para los pueblos que libertó. En los documentos oficiales, pero también en la copiosa correspondencia personal que mantuvo, es tan evidente ese anhelo, como su voluntad inquebrantable de concretarlo.

Fue coherente con sus ideas en una época en que se sobreponían los intereses personales y de partido, y se animó a desechar ofertas y honores con el fin de ser fiel a su promesa de no desenvainar jamás su espada para emplearla en peleas de facciones. Hacerlo le parecía desbaratar el inmenso esfuerzo que había encabezado para constituir un ejército formado sobre la base de los sacrificios del pueblo cuyano que gobernó. Bregó por una auténtica unión que permitiera vencer a los enemigos exteriores. Sus cartas a Estanislao López y José Artigas en momentos en que el país se debatía en una verdadera hecatombe, lo reflejan. Al primero lo exhortó desde Mendoza en marzo de 1819: "Hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor" Para asentar su determinación de no sumarse a la lucha entre hermanos: "Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas: usted es un patriota, y yo espero que hará en beneficio de nuestra independencia todo género de sacrificios".

La imagen de ser inalcanzable, de semidiós que se trazó de él a través del tiempo, no condice con sus auténticas virtudes al servicio de una causa que iba más allá de las disputas

Tuvo en claro que las armas que la patria entrega a sus soldados son para defender los derechos y las libertades de sus ciudadanos; no para sojuzgarlos ni sostener intereses personales o de grupo.

Experimentó el calor de la amistad y el reconocimiento de muchos de sus contemporáneos, pero lo mordieron el desencanto, la ingratitud, las enfermedades, como a la mayoría de los seres humanos, y más de una vez sintió que flaqueaban su cuerpo y su espíritu. Se sobrepuso porque lo exigía la grandeza de una causa que había abrazado al dejar su carrera militar en España. Manifestó su convicción de que nada resultaba imposible si la meta era alta: "Para los hombres de coraje se han hecho las empresas". Cuando él encaró la suya de liberar la parte austral de América del Sur, las condiciones de aquel desierto salpicado de pequeñas poblaciones que era la Argentina, resultaban infinitamente más graves y difíciles que las actuales. Había que hacerlo todo: crear confianza en la causa de la emancipación, levantar ejércitos y edificar instituciones, vencer la reticencia de los que no veían más allá de su realidad comarcana y superar el recelo de los que pretendían medrar sin importarles las consecuencias.

Bregó por una auténtica unión que permitiera vencer a los enemigos exteriores

"Todo buen ciudadano tiene una obligación: sacrificarse por la libertad de su país", expresó en uno de sus documentos más conocidos, y dijo en otro, con certeras palabras: "Para defender la libertad se necesitan ciudadanos, no de café, sino de instrucción y elevación moral".

El Libertador hizo realidad ese conjunto de preceptos e ideas que habían nutrido su formación militar y sus preocupaciones de ciudadano. Su fuerza y su mérito estaban en garantizar la paz y la concordia. Como el primero entre sus soldados, dio repetidas muestras de entrega a ese esencial objeto. En su concepto, la instrucción pública era la piedra basal de toda nación libre y soberana. En circular a los maestros mendocinos, dirigida en calidad de gobernador intendente de Cuyo, sentenció en 1815: "La educación formó el espíritu de los hombres. La naturaleza misma, el genio, la índole, ceden a la acción fuerte de este admirable resorte de la sociedad. A ella han debido siempre las naciones la varia alternativa de su política. La libertad, ídolo de los pueblos libres, es aún despreciada de los siervos, porque no la conocen. Nosotros palpamos con dolor esa verdad" A poco de asumir, años más tarde, el gobierno de la República del Perú por él fundada, ordenó que se hiciesen extensivas a la mujer las ventajas del sistema lancasteriano, pues "sin educación no hay sociedad… La educación de un pueblo sirve de apoyo a las instituciones que se le den".

Tuvo en claro que las armas que la patria entrega a sus soldados son para defender los derechos y las libertades de sus ciudadanos; no para sojuzgarlos ni sostener intereses personales o de grupo.

Después del triunfo de Chacabuco, al renunciar a los 10.000 pesos en oro que le otorgó el Cabildo de Santiago de Chile, pidió que fueran asignados a la creación de una biblioteca nacional. "Yo deseo [dijo entonces] que todos se ilustren en los sagrados libros que forman la esencia de los hombres libres". Tiempo después donaría su propia biblioteca para fundar la de Lima, porque "la ignorancia es el más sólido apoyo del despotismo".

La recta administración de justicia fue siempre una de sus mayores preocupaciones. Concretada la expedición libertadora al Perú y a escasos días de asumir como Protector, dictó un Estatuto Provisional en el que dejó bien claro que si bien se haría cargo transitoriamente de las funciones ejecutivas y legislativas, se abstendría "de mezclarme jamás en el solemne ejercicio de las judiciales porque su independencia es la única y verdadera salvaguardia de la libertad del pueblo". Posteriormente, en el Reglamento de los Tribunales, quedó expresada una vez más su categórica convicción: "La imparcial administración de justicia es el cumplimiento de los principales pactos que los hombres forman al entrar en sociedad. Ella es la vida del cuerpo político, que desfallece apenas asume el síntoma de alguna pasión, y queda exánime luego que, en vez de aplicar los jueces la ley, y de hablar como sacerdotes de ella, la invocan para prostituir impunemente su carácter. El que la dicta y el que la ejecuta pueden ciertamente hacer grandes abusos, mas ninguno de los tres poderes que presiden la organización social es capaz de causar el número de miserias con que los encargados de la autoridad judicial afligen a los pueblos cuando frustran el objeto de su institución".

Tal la conducta y trayectoria de quien recordamos en el 162º aniversario de su muerte; el ejemplo del hombre que convoca a los argentinos; la pertenencia que hace que lo consideremos "el San Martín de todos".

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