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Las mágicas virtudes del aro magnético

Un dispositivo accesible para quienes padecen de una audición reducida
Francisco Ganduglia
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20 de agosto de 2012  

El aro magnético es un dispositivo que permite a los hipoacúsicos disfrutar sin interferencias de un espectáculo cultural. Aunque una ley de 2005 estableció su obligatoria instalación en los teatros y cines de la ciudad, la mayoría de las salas sigue sin incorporarlo. Aquí, algunos mitos y verdades de una tecnología accesible que podría cambiar la vida de muchos por muy poco.

"Por primera vez escuché un piano, una guitarra, una voz nítida… Fue como descubrir un mundo nuevo, el verdadero significado de la palabra espectadora." Lorena Chipiluk tiene 33 años, es hipoacúsica de nacimiento y así rememora el recital de su ídolo Diego Torres en el Gran Rex con el que pudo sentirse, al fin, parte de una propuesta cultural. Fue recién el año pasado, y luego de que su silenciosa militancia –escribió cartas a la producción del músico y a muchos medios de comunicación– rindiera sus frutos: el Gran Rex se sumó a la escueta nómina de establecimientos que cuentan con el aro magnético para hipoacúsicos. ¿Pero qué es exactamente este aparato del que muchos ni escucharon hablar? ¿Su instalación sólo depende de cruzadas como la de Lorena?

Vayamos por partes. Compuesto por un amplificador y un "aro magnético" (cable que rodea el perímetro deseado), este sencillo dispositivo convierte el sonido de una fuente determinada (micrófonos, digamos) en ondas magnéticas que son recogidas por los audífonos para hipoacúsicos (en posición T), convirtiéndolas en sonido perfectamente audible y sin interferencias externas como ruido ambiente, murmullo del público, reverberancia, etcétera.

Es una tecnología muy simple y accesible, que se instala por única vez y cambia de raíz y para siempre la experiencia de las personas con audición reducida. Desde 2005, en la ciudad de Buenos Aires está en vigor la ley 1870 que obliga a los cines y teatros a proceder con su instalación, cosa que hoy, en pleno 2012, está lejos de haberse convertido en realidad.

"Inmediatamente después de haber salido la ley, este tema tuvo un impulso muy grande y recibimos muchas llamadas con pedidos y consultas de todo tipo, pero luego ese ánimo fue decayendo notablemente", dice hoy Horacio Cristiani, ingeniero electrónico y director general de la Mutual Argentina de Hipoacúsicos (MAH), la ONG que en el mismo texto de la norma figura como referente para su implementación.

Y si muchos creían que en la falta de una reglamentación básica residía la inercia generalizada, desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad –autores del proyecto original– apuntan que esto no es así. "Sólo se reglamentan las leyes que por distintas razones no pueden ser cumplidas, pero en este caso [como en el de la ley de talles, por citar otro ejemplo] se trata de una norma muy sencilla, perfectamente acatable por los teatros y cines de la ciudad", explica la defensora del pueblo, la doctora Alicia Pierini.

¿Existen, no obstante, dificultades técnicas para la instalación, como muchos empresarios sostienen? Cristiani despeja el panorama: "En los casos que hay fuentes de emisión de energía electromagnética cerca –como grandes motores o el propio subte [NdR: recordar que la mayor parte de las salas comerciales están sobre la avenida Corrientes o sus adyacentes]–, pueden presentarse dificultades, pero eso no es una imposibilidad per se. ¿Por qué? Porque la ley estipula que la cobertura debe ser de por lo menos un diez por ciento de la sala, con lo cual estamos hablando de superficies pequeñas, y ahí sólo queda ver en qué lugar o zona la interferencia es menor. Esto es algo típico en los cines, ya que la cercanía de una sala con otra, rasgo más que particular de los complejos multisalas, suele presentar este escollo. De todas formas, con un riguroso relevo técnico –como fue en el caso del Teatro Colón, que hoy cuenta con esa tecnología–, todos estos temas pueden ser saldados".

Si bien la MAH emprendió en 1998 el programa Sin Barreras, con el que realiza donaciones de este dispositivo, es un hecho que la ONG no podría cubrir todas las necesidades del sector. "Primero porque nuestros recursos son acotados –hacemos también donaciones a otro tipo de establecimientos como escuelas, museos, o incluso el Planetario– y segundo porque la ley es muy clara: les corresponde a los empresarios realizar esa inversión", dice Cristiani y entreabre otra de las puertas del asunto: el dinero.

Y acá sí se borran los matices, ya que todos los involucrados coinciden en señalar que se trata de sumas más que accesibles para el presupuesto de un exhibidor. Para un teatro muy grande, por caso, el costo es de unos 6000 pesos, mientras que los llamados "dispositivos domiciliarios" (aplicables a la mayoría de salas) rondan los 1000 pesos. "Para cualquier empresario, la cuenta debería ser muy simple: no es algo caro, mejora la imagen de su empresa y además incorpora un importante grupo de clientes", sentencian desde la MAH.

En su último relevamiento publicado (en 2008), la Defensoría notificó que eran muchas las salas –el Premier, el Metropolitan, el Astral, El Nacional, el Multiteatro, el Liceo, el Lola Membrives, el Luna Park y la Ciudad Cultural Konex, entre otras– que no contaban con el aro magnético. Consultado por LA NACION, el propio Carlos Rottemberg, Presidente de la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales (Aadet) afirmó "saber muy poco del tema", aunque sí confirmó que sus salas en la ciudad (Multiteatro, Liceo y Tabarís) no poseen ese sistema.

Según pudo constatar este diario, las salas que sí cuentan con esta tecnología son las salas del Paseo La Plaza y los teatros La Comedia, Del Globo, Gran Rex, Colón, Maipo (entre las grandes) y La Galera Encantada, el Actors Studio Teatro, la sala Carlos Carella y el Fray Mocho, entre las más chicas. Asimismo, gracias a un reciente convenio entre el gobierno porteño y la mutual, las salas oficiales de la ciudad (el Teatro San Martín, De la Ribera, Presidente Alvear, Regio y Sarmiento) también lo han instalado.

"El porcentaje de cumplimiento de la ley aún es muy bajo, estamos hablando de un 20 o 30 por ciento", admite Pierini, y completa: "Más que concentrarnos en sanciones –el texto de la ley sólo estipula que se cumpla el Régimen de Faltas [Código Contravencional] de la Ciudad de Buenos Aires– lo que más me interesa es que los inspectores de la Ciudad incorporen efectivamente este tema en su nómina de aspectos a relevar. A la luz de los hechos, es algo que todavía no ha sucedido y eso es algo crucial. Bien valga esta consulta para que motoricemos esa cuenta pendiente".

Esperar y concientizar. Por ahora ése parece ser el panorama de una cuestión que hace rato necesita de cambios más sustanciales, ya que como la misma Lorena sostiene: "Somos muchos los que queremos escuchar".

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