Muñecos sin destino

Títeres de tela y un confuso acercamiento a la lógica del teleteatro
Marcelo Stiletano
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29 de agosto de 2012  

Muñecos del destino: producción animada / Guión y producción general: Rosalba Mirabella y Patricio García / Dirección de arte: Rosana Mirabella / Montaje: Sebastián Agullo / Música original: Patricio García / Titiriteros: Marcelo Bianco, Maximiliano Farber y Verónica Luján / Voces: Ruben Avila, Agustín Toscano, Daniela Canseco, Gabriel Carreras, Susana López, Sofía Ortega y Elenco / Producción ejecutiva: Nicolas Cobasky / Dirección: Patricio Garcia / Canal: TV pública / Horario: lunes a viernes, a las 23.30.

Nuestra opinión: regular

Muñecos del destino puede ser un título premonitorio. Esa "fuerza desconocida de la que se cree que actúa en forma inevitable sobre las personas y los acontecimientos", según reza el diccionario, no sólo aparece aquí como razón de ser de una trama que reconoce su identidad en el teleteatro y lleva esa esencia a un curioso experimento con títeres de tela.

Ese mismo destino parece haberse apoderado de los creadores de esta producción, al parecer atrapados sin salida dentro de un "desarrollo de los acontecimientos que se considera irremediable y no se puede cambiar" (según otra acepción del término). En el imaginario del teleteatro, el destino es un elemento decisivo para alterar del modo más arbitrario el comportamiento de los personajes y el vínculo entre ellos. Pero el problema empieza cuando el propio artífice de la trama no puede manejar esa variable y la historia queda sujeta a otra clase de destino inexorable: el de la confusión, el desconcierto y la dificultad por lograr que la evolución de los acontecimientos tenga visos lo suficientemente claros como para despertar en forma constante el interés del televidente.

El factor condicionante, en este caso, pasa por la falta de conexión entre la historia elegida y la materia prima utilizada para contarla. Hay, en principio, dentro de esta producción tucumana –la primera en su tipo emitida por la TV pública–, un par de rasgos de considerable valor: una búsqueda estética y expresiva fuera de lo común y un admirable trabajo de escenografía y ambientación en cada uno de los cuadros, trabajados hasta el mínimo detalle con asombrosa verosimilitud.

La materia y la forma

Esos méritos chocan con varios obstáculos. El primero, y bien visible, es el choque entre los personajes (títeres de tela que por su naturaleza carecen del mínimo gesto facial y reclaman por esa razón un perfil minimalista) y los larguísimos parlamentos que están obligados a pronunciar a través de voces humanas grabadas en off.

La impresión que queda desde el vamos es que la historia, en sus componentes esenciales, podría ser encarnada por personajes animados o por seres humanos sin alteración alguna. De esta manera se pierde el aprovechamiento específico que nace de la elección de un esquema animado, en este caso de movimientos casi artesanales. Y aunque los titiriteros hacen proezas al lograr convincentes desplazamientos de las figuras en el cuadro, la acción se torna inevitablemente confusa y los personajes (a los que cuesta identificar y distinguir) se pierden entre parrafadas y explicaciones acumuladas.

La historia abreva en demasiadas palabras, citas y referencias clásicas y modernas en torno al melodrama y al teleteatro. Y aunque se aprecia en el segundo episodio un esfuerzo por hacer más sencilla la evolución del relato, al televidente le queda luego de ver los primeros 30 minutos una abrumadora acumulación de voces y rostros (casi 40 en total) que dejan en segundo plano el potencial genuino y específico que puede ofrecer la animación.

En medio de ese fárrago tratamos de entender que el dueño de una sedería, su hijo, su nuera y otros personajes quedan envueltos en una trama de intrigas y engaños. Un destino difícil de explicar.

  • 2,5

    Puntos de rating

    Meritorio debut que casi alcanza las cifras de Animales sueltos (2,8)
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