Oposición, levántate y anda

Félix Loñ
Félix Loñ PARA LA NACION
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29 de agosto de 2012  

Los argentinos estamos soportando el azote de un vendaval que está demoliendo los pilares sobre los que se asienta la democracia republicana consagrada por la Constitución nacional. Tales soportes son la responsabilidad de los gobernantes por las consecuencias de su gestión, para evitar la impunidad; la publicidad de los actos de gobierno, para asegurar la transparencia de las decisiones; los controles, para advertir excesos y corregirlos o formular las denuncias pertinentes; la seguridad, para garantizar la vida y los bienes de las personas, y la división de poderes, que, según el pensamiento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, es un principio esencial de nuestro sistema político. Montesquieu ya había señalado que cuando el poder está concentrado, la libertad está pérdida.

Un ejemplo del avasallamiento señalado es el operativo desplegado por el vicepresidente Boudou sobre la investigación del caso Ciccone, uno de los escándalos de mayor resonancia por el inaudito aval que le prestó la Presidenta.

La transparencia se relaciona con el acceso a la información. Existe por parte de las autoridades un fuerte retraimiento en proporcionarla. Cuando fue senadora, la Presidenta obstaculizó la sanción de una ley sobre este asunto.

Los controles fueron desmantelados. La Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas y la Oficina Anticorrupción mantienen una vida vegetativa. El único órgano que subsiste es la Auditoría General de la Nación. Sus dictámenes suelen encajonarse en la Legislatura, dominada por el oficialismo, como sucedió con las deficiencias que se detectaron en el sistema ferroviario y que fueron causa directa de la tragedia de Once. La corrupción también mata.

Con relación a la división de poderes, 2006 fue nefasto para las instituciones republicanas. Se reformó el Consejo de la Magistratura con la finalidad de poder actuar sobre la Justicia, afectándose, así, su independencia. Además se reglamentó la atribución presidencial de emitir decretos de necesidad y urgencia, posibilitando que se puedan dictar por mera conveniencia del Ejecutivo, cuando la Constitución sólo los admite en forma excepcional. Mediante la ley de superpoderes se le permite a la instancia presidencial modificar discrecionalmente el presupuesto aprobado por el Congreso, que, así, se transforma en un simple dibujo.

Añádese a lo expuesto el empleo de la mentira -se niega la inflación- o el incumplimiento de las promesas en materia de vivienda u obra pública. Cabe recordar aquí la máxima del cardenal Mazarino: "No pongas confianza en un hombre que promete fácilmente; es un embustero o un bribón". También existe arbitrariedad al negarse la posibilidad de adquirir moneda extranjera, desconociendo que nadie puede ser privado de hacer lo que la ley no prohíbe. Las circunstancias descriptas confirman que en 2003 se instaló un régimen autoritario que impuso una concentración del poder sin parangón desde el advenimiento de la democracia en 1983. A sus exponentes se los puede calificar de transgresores seriales de la ley.

Para enfrentar y superar a la autocracia imperante es imprescindible organizar una oposición amplia, firme y armónica. Sin embargo, se observa entre las diversas agrupaciones una desconfianza mutua producto de haberse plasmado, para los comicios de 2011, acuerdos electorales que buscaban sumar votos en desmedro del armado de una alternativa sólida surgida de acciones y programas comunes.

Tales actores políticos, con alguna excepción, apoyaron iniciativas del Gobierno que han sumido en la confusión a la ciudadanía. En este sentido, la finalidad, proclamada por el oficialismo, de la ley de medios era eliminar la monopolización. Hoy salta a la vista que ése era el objetivo formal; el real ha sido la generación de un entramado de múltiples medios para apoyar al Gobierno a través de la adjudicación discriminatoria y extorsiva de la publicidad oficial, ignorándose fallos de la CSJN que ordenan su adjudicación equitativa. Otro ejemplo en esta línea fue la presunta estatización de YPF. Lo que se materializó fue la expropiación del 51% de las acciones de la entidad y se mantuvo la forma societaria de empresa privada. Es decir, no hubo estatización.

Otro cebo acaba de arrojar la Presidenta al hacer un llamado a la unión nacional y al diálogo. Anuncios anteriores con el mismo propósito nunca se concretaron. Carlos Zannini confesó la verdad: con la Presidenta no se habla, se la escucha.

El recelo aludido entre las fuerzas políticas las llevó a caer en el prejuicio y a no participar de una iniciativa surgida de alguna por temor a que se las pudiera asimilar a ella. Actuar de ese modo revela una identidad débil, consecuencia de carencias propias. Quien está seguro de lo que es no vacila en reunirse y coincidir en un mismo objetivo con otro. Tampoco es conveniente caer en el internismo partidario, sobre todo después del desaire electoral propinado por la ciudadanía en las últimas elecciones. Tales pujas intestinas son vistas como expresiones de exacerbadas ambiciones personales. Resulta difícil comprender la razón de esos comportamientos cuando está en juego la supervivencia del partido que los impulsa. Como lo señaló Ortega y Gasset: nadie tiene ganado un lugar para siempre en la historia.

Mientras tanto, la gente sigue esperando que la dirigencia -política, empresarial y sindical-, responsable directa de lo que sucede, se ocupe seriamente de erradicar las llagas del hambre, de la miseria, de la ignorancia, de la inseguridad y de la drogadicción que el kirchnerismo -obsesionado por el poder y que dispuso de cuantiosos recursos para superarlas- mantiene vivas sin remordimiento.

No es buen camino especular con el fracaso del Gobierno. La adhesión de la ciudadanía debe obtenerse por lo que cada uno vale y representa. Los principios rectores que, al respecto, deben comulgarse son preservar la identidad, lograr la unidad aceptando la diferencia y estimular la participación, en especial, de la juventud.

No es suficiente acudir a las glorias del pasado. Para crecer es necesario asumir un nítido papel opositor, lo que no significa caer en una actitud destructiva. Hay que encarar la coyuntura con la mirada puesta en el porvenir. En suma, se trata de actuar con grandeza y generosidad para, sin complejos, construir el futuro con quienes exista real afinidad, mostrando, así, una ejemplaridad digna de apoyo.

Hasta ahora, las críticas al Gobierno y los hechos políticos más clamorosos fueron producidos por sectores hasta ayer apegados al oficialismo. Falta organizar una disidencia auténtica.

Oposición, levántate y anda para recrear la esperanza de los argentinos, porque alcanzar lo bueno es posible.

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