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Al rescate de los géneros nobles

Jorge Fernández Díaz
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2 de septiembre de 2012  

Lo que en política es pecado, en periodismo es virtud: muchas veces el futuro está en el pasado. Para lograr textos innovadores no hay que inventar nada nuevo, sólo hay que regresar a lo que inexplicablemente abandonamos por el camino. No sobrevivirán los diarios si persisten en olvidar los géneros nobles de toda la vida: el articulismo cotidiano, la crónica novelada, el aguafuerte social y el relato que mezcla secretamente la realidad con la imaginación.

Esas herramientas "literarias" quedan habitualmente marginadas por la actual polución informativa y por la velocidad, en un mundo donde cada vez más las noticias se pisan unas a las otras, y donde los lectores padecemos el terrorismo comunicacional del acontecimiento.

La superstición de que nuestro saber se ensancha por la cantidad de noticias que entran, a los codazos, en una página, vuelve incesantemente viejos a los periódicos de todo el mundo. Ya son viejos cuando salen a la calle. Aquello que en verdad los mantiene vivos, los hace imprescindibles y asombrosos, son las investigaciones propias, los ensayos vertebradores de la vasta realidad dispersa, la pluma de los escritores periodísticos y sobre todo la mirada de los distintos.

Este diario se ha permitido durante los últimos años practicar esos asombros. Pero afirma estar dispuesto ahora a redoblar la apuesta. De la gran tradición española, tomamos la costumbre del columnista agudo que desarma con criterio propio y sorprendente las relaciones humanas y nos muestra sus mecanismos internos.

De la gran tradición norteamericana, admiramos la pulsión narrativa por contar los hechos con rigor pero también con espíritu novelesco y hasta cinematográfico. Y de la tradición argentina fundada por Roberto Arlt recordamos lo crucial que resulta salir a la calle y narrar lo que vemos y lo que ocultan las ciudades. Más personas y menos personajes, más emocionalidad y menos acartonamiento, más relato y menos discurso, más vida y más vida, más calor y menos frío.

Todo eso, claro está, sin renunciar a las pesquisas del poder, a los textos del pensamiento, a las grandes firmas de los intelectuales, a las historias secretas de la cultura, al servicio y al color, al periodismo puro y duro que está allí, en la trinchera de las cosas para atraparlas al vuelo y dejarlas impresas en nuestra memoria. Es decir, a todas aquellas muestras de excelencia que le reconocen a este diario incluso sus más férreos enemigos ideológicos.

Tengo en mi escritorio una foto legendaria que prueba este respeto más allá de posiciones políticas y de pasiones argentinas. En ella está el comandante Che Guevara fumando un habano, en Punta del Este, mientras lee con enorme interés las páginas de LA NACION.

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