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Un espejo paulista para la iniciativa porteña

Leonardo Tarifeño
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6 de septiembre de 2012  • 15:03

El ejemplo podría ser São Paulo. Más concretamente, la plaza Roosevelt, ubicada entre las calles Consolação y Augusta, en el centro de la megalópolis brasileña. Proyectada a finales de los años 60 como parte de un gran complejo cultural, la Roosevelt se convirtió en eje de disputas políticas y por eso nunca llegó a materializar el sueño que la había planeado. De hecho, las idas y venidas presupuestarias, arquitectónicas y conceptuales terminaron por expresarse en su forma, que según Paulo Mendes da Rocha, por entonces presidente de la sede paulista del Instituto de Arquitectos de Brasil, representaba "un buen ejemplo de todo lo que no debería ser una plaza". Puentes inconclusos, estructuras nada funcionales y una insólita apoteosis de cemento le daban la razón a Mendes da Rocha, y abrieron la puerta a la posterior degradación de lo que en definitiva no era más que un gran amasijo de tristeza y concreto.

A finales de los ‘90, la plaza Roosevelt de São Paulo vivió su peor época. La zona que antes había sido un paraíso de la bohemia (en el corredor que va del cine de arte Bijou al bar Djalma’s, donde Elis Regina dio su primer show paulista) se transformó, al amparo de los puentes abandonados, en un refugio exprés para delincuentes, traficantes de drogas y niños sin hogar. Durante años, Roosevelt compitió con Crackolandia, el barrio de los adictos al crack, por el título a la zona más violenta y peligrosa de la ciudad. Hasta que a principios del siglo XXI llegaron los artistas de la agrupación Os Satyros, quienes se instalaron en uno de los tantos edificios lindantes a la plaza. Os Satyros transformaron al edificio en un teatro abierto, popular y de vanguardia, y el poder de su propuesta fue tan grande que, de a poco, los vecinos comenzaron a recuperar el orgullo por vivir en el área que era sinónimo de fracaso urbano. Bohemios y artistas de otros barrios aparecían por la plaza para ver las puestas del grupo. Una dramaturga alemana escribió una pieza sobre la vida cotidiana en la zona. El desfile del Orgullo Gay la tomó como el punto final de su marcha. Y pequeños y grandes empresarios se animaron a invertir en los alrededores con tiendas especializadas, bares, librerías y eventos artísticos. Además del teatro, Os Satyros abrieron un bar en la plaza, y convocaron a un gran festival artístico (Satyrianas) en el que los espectadores pagaban lo que podían como precio para cada entrada. Hoy, gracias a esas acciones pioneras, la plaza Roosevelt constituye uno de los grandes polos culturales de la ciudad. São Paulo recuperó un foco de actividad económica, y el vecino siente que la calle es un patrimonio que de ninguna manera conviene abandonar en manos de la desidia política o la marginalidad social.

Tal vez el ejemplo de la paulista plaza Roosevelt sirva como espejo para la iniciativa que propone instalar bares y servicios en las plazas porteñas. El espacio público es una zona de convivencia que, si no se gana a través del esparcimiento, el vecino deja de considerarlo parte de su patrimonio sentimental. El barrio es la extensión comunitaria del hogar, y en ese paisaje la plaza funciona como un escenario de formación y encuentro que ninguna ciudad puede darse el lujo de despreciar. En el caso porteño, la metamorfosis que va de la plaza exprés (por la que se circula) al escenario democrático (que se habita) corre por cuenta de representantes de la clase política. El tiempo dirá si estarán a la altura de la experiencia artística que hizo historia en São Paulo.

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