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No hay vida en Marte

Nicolás Dujovne
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9 de septiembre de 2012  

Hasta hace algunos años, el Modelo de Acumulación con Matriz Diversificada e Inclusión Social era el mantra del Gobierno. Ese mantra consistía en recitar una trilogía en la que supuestamente se basaba el esquema de la política económica: superávit de comercio, superávit fiscal y tipo de cambio competitivo. Ha pasado el tiempo y la trilogía ha perdido dos componentes. Sólo sobrevive el superávit de comercio a fuerza de controles y estancamiento.

Curiosamente, el sobreviviente del modelo, el superávit externo, es también el único de los tres componentes que podría estar ausente de cualquier programa económico sin que el crecimiento debiera ser necesariamente más bajo. Utilizando los datos de los 45 países definidos como "emergentes" por el Institute of International Finance, encontramos que en los últimos 5 años 25 de esos países han tenido un superávit de comercio que ha promediado 3,5% de sus respectivos productos brutos internos (PBI), mientras que otros veinte han promediado déficits de comercio por el equivalente a 4,8% de su PBI. Y en conjunto el resultado comercial promedio se situó en un déficit de 1,3% del PBI.

Más interesante aún es notar que con ese déficit de comercio los países emergentes crecieron en ese período a un ritmo de 4,1% anual. Separando por grupos, los que exhibieron superávit de comercio crecieron a un ritmo del 4,2% y los que mostraron déficit lo hicieron a una velocidad de 4%: prácticamente idéntica. Se puede crecer sin imponerse la necesidad de tener superávit de comercio "siempre". Sólo hace falta que en el tiempo la economía mantenga su solvencia externa. Y no es lo mismo que crezcan las exportaciones que volverse superávit dependiente.

Lo que hemos mostrado para los países emergentes puede ser expandido a escala global. El mundo crece desde hace 50 años a un ritmo promedio de casi 4% anual. Y lo curioso es que el superávit comercial del planeta Tierra es cero. Si la condición necesaria para crecer consistiera en tener superávit de comercio, alguna galaxia desconocida debería estar importando productos de nuestro planeta. Para los agnósticos de la vida en Marte, es necesaria otra explicación al superávit de comercio como motor del crecimiento.

Los economistas disentimos en cuestiones de política monetaria, en los efectos multiplicadores del gasto público sobre la actividad económica y en muchas otras cosas. Pero coincidimos en que los países crecen porque crece el empleo, aumenta su stock de capital (ese proceso se llama inversión) o porque mejora la productividad de la economía.

El rol del Estado puede ser fundamental para que el empleo sea de mayor calidad, invirtiendo en educación y salud, inclinando la cancha a favor de los menos favorecidos, para aumentar la igualdad y la inclusión. Y la inversión crece donde hay reglas de juego estables, tasas de interés accesibles, rentabilidad, demanda y posibilidades de que los inversores dispongan del retorno de lo invertido.

También la productividad crece por varios factores: en una economía con capacidad ociosa crece simplemente porque comienzan a utilizarse más intensivamente los factores. Pero a partir de allí, la productividad sube de la mano de la mejora en el capital humano, de los avances científicos, de la posibilidad de importar tecnología de última generación a precios accesibles, de la facilidad de hacer negocios, del marco jurídico y legal para el funcionamiento de las empresas.

La Argentina ha elegido el objetivo equivocado. Para asegurarse el superávit de comercio, ha decidido dañar la inversión dificultando la importación de bienes de capital, la remisión de utilidades al exterior y la construcción. Y la maraña de regulaciones, la inflación y la estrambótica concepción de los derechos de propiedad hieren de muerte también la capacidad de que sean la inversión y la productividad el motor del crecimiento, en una economía ya sin recursos ociosos.

Para poder cambiar de objetivo hay que cambiar de concepción. Si priorizamos los objetivos correctos debemos saber que algunos años tendremos déficit de comercio que financiaremos con deuda privada, pública o inversión directa. Y para poder hacerlo tendremos que adecuarnos a cumplir algunas reglas de buena convivencia con nuestros hermanos del mundo. Los juicios perdidos se pagan, las empresas se expropian mediante el pago de un precio justo, los tratados comerciales se respetan, la inflación se reconoce y se combate. Y la idoneidad y no la adhesión a una facción política es la cualidad determinante para formar la que debería ser una burocracia estatal de excelencia.

Y si no, apostemos a Marte. En una de ésas, hay vida allí.

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