El marqués de Loreto, el virrey de los huesos

Daniel Balmaceda
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1 de octubre de 2012  

Vamos a trasladarnos a 1784 y muchos pensarán que hablaremos de la prehistoria, pero no es así, no queda tan lejos. Ese año ya habían nacido todos los miembros de la Primera Junta. Por Buenos Aires se veía a Manuel Belgrano, de 14 años, y su primo, Juan José Castelli, de 19. En cambio, Juan Larrea, el más joven de la Junta, aún vivía en España y tenía apenas un año.

¿Qué pasó en 1784? Asumió su cargo el virrey don Nicolás Francisco Cristóbal del Campo Cuesta de Saavedra Rodríguez de las Varillas de Salamanca Solís García de Olalla y Sánchez Salvador, marqués de Loreto. Cuando el virrey y todo su nombre arribaron a Buenos Aires, los vecinos ya conocían algo de su historia. Era un entusiasta coleccionista de libros raros, pinturas, figuras de yeso y monedas antiguas. Eso sí: la paciencia la reservaba para sus colecciones. Tenía muy mal carácter, pero por lo general su enojo se concentraba en aquellos que lo buscaban para hacer negocios de difusa legalidad. Era pelirrojo: los vecinos lo apodaron Bicho Colorado.

El marqués de Loreto quería convertir el virreinato en el granero del mundo. Por ese motivo fomentó la agricultura y la instalación de saladeros. Impulsó los viajes a las salinas y consiguió llenar de sal Buenos Aires, que hoy equivaldría a llenarla de freezers. Por otra parte, el virrey Loreto fue quien promocionó la instalación de silos. A diferencia de los actuales, aquellos depósitos eran subterráneos y aprovechaban la humedad de la tierra.

El 3 de abril de 1787, un sobre llegó al fuerte de Buenos Aires, donde ahora se encuentra la Casa Rosada, ese edificio que está detrás de las vallas. El sobre estaba dirigido al virrey Loreto y contenía dos enormes molares. Pertenecían a la dentadura de un megaterio, un oso gigante, más precisamente un enorme perezoso del tiempo en que no existían los planes Trabajar. Sus restos fósiles habían sido descubiertos por un vecino que corrió a avisarle al alcalde de Luján, Francisco Aparicio, quien a su vez le transmitió el hallazgo al fraile Manuel Torres y éste le escribió al virrey una carta, la de los molares, explicándole de qué se trataba.

Con buen criterio, Torres y el virrey organizaron la recolección de los restos del animal prehistórico (sí, a pesar de lo que dijimos en la primera oración, terminamos hablando de prehistoria). Loreto, un coleccionista de ley, participó encantado del operativo. Siete cajones con huesos se enviaron a España, acompañados de un dibujo del esqueleto, más instrucciones para armarlo. ¿A quién se lo enviaron? Al rey Carlos III.

El monarca también se entusiasmó con los fósiles del gran perezoso. Por ese motivo, le escribió a Loreto con instrucciones: en caso de encontrar uno vivo debía enviarlo encerrado a Madrid. Y si no podía mantenerlo enjaulado tenía que disecarlo. Hubiera sido lindo, claro. Salvo por el detalle de que los megaterios desaparecieron antes del diluvio universal. Hola, Carlos III, te estamos llamando, queremos jugar.

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