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El éxodo del volcán y la sequía en Chubut

La comunidad evangélica es la de mayor presencia. Tiene dos iglesias que abren todos los domingos
La comunidad evangélica es la de mayor presencia. Tiene dos iglesias que abren todos los domingos Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro
Las Plumas es el punto de la Argentina que más rápido pierde población. Las familias y los jóvenes huyen por la desocupación; la falta de lluvias y las cenizas arruinaron su economía
Juan Pablo De Santis
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11 de octubre de 2012  • 19:20

Pedir a los habitantes del valle medio del río Chubut que cuenten ovejas para dormir es una burla sangrienta. Una grave sequía que comenzó hace cuatro años y la lluvia de cenizas del volcán Puyehue arrasó con el ganado ovino de esta región y la ungió con la afrenta de la despoblación.

Las Plumas, un pueblo rural a 184 kilómetros al oeste de Trelew, es el lugar humanamente más afectado: el punto de la Argentina que más rápido perdió población en los últimos diez años. Junto con la aldea escolar El Mirasol son los dos únicos asentamientos del departamento chubutense de Mártires, que de acuerdo al último censo perdió el 20,4% de sus habitantes. En 2001 había 977; para octubre de 2010 se contaron 778; y hoy todavía menos, de acuerdo a la junta comunal local habría poco más de 650.

Las familias fueron las primeras en partir, ahora siguen los jóvenes que iniciaron un éxodo lento hacia la ciudad sabiendo que en su pueblo natal queda poco o casi nada por hacer. Las Plumas había vivido siempre de los ingresos que generaba el trabajo de los hombres en el campo. La falta de lluvias diezmó al ganado y las cenizas fueron el golpe de gracia que convirtió a los peones asalariados en changarines y luego en desocupados.

Las Plumas fue el punto del país que más población perdió, de acuerdo al Censo 2010. Hoy quedan menos habitantes que hace dos años.
La administradora del pueblo es una joven de 28 años, Marina Barrera -una de las pocas de su edad que tiene empleo-, quien fue nombrada hace dos meses como Presidenta Comunal; o más conocida como "la intendenta" entre los plumenses. Ella es la única persona de la administración comunal que trabaja doble turno en la oficina, por la mañana atiende las cuestiones burocráticas y en la tarde a las personas de pueblo. Las consultas que debe resolver van desde un pedido de trabajo, chapas para un techo o fosas en el cementerio.

La intendenta joven

En su despacho adornado con una foto del gobernador Martín Buzzi y otra de Eva Perón, Marina tiene dos grandes listados a mano: el de todos los teléfonos fijos del pueblo (pegado en la pared) y una lista de 42 personas desocupadas a la espera de que alguna changa que surja, ninguna de estas supera los cincuenta años. "Los jóvenes se van vivir a Trelew, Puerto Madryn o Comodoro Rivadavia, podría contarte al menos quince personas de mi edad que se fueron", dice.

Los pocos puestos que hay en Las Plumas son en el sector público: la comuna, la policía o el colegio. "El clima mata al ganado y ahora también aparecieron las plagas, como el puma o los chanchos salvajes que se comen a las ovejas. Cuando el trabajo desapareció del campo inmediatamente impactó en el pueblo", dice la intendenta y remata: "estoy pensando todo el día en todo tipo de ideas para reactivar al pueblo, pero es difícil". Algunas de sus propuestas son fabricar dulce de frutilla para vender en la ruta, atraer turistas para mostrar petroglifos autóctonos o el desembarco de una minera.

El sector privado se reparte entre las 8 cuadras de largo y 4 de ancho del pueblo: cuatro bares, tres almacenes, tres talleres mecánicos, tres tiendas de ropa, una heladería, un hotel, un kiosko, una panadería, una mueblería y un parador de micros completan un panorama de sopor excesivo.

Las calles no tienen nombre, la gente sólo dice "voy a lo de..."; la principal es un bulevar encastrado con adoquines de hormigón. La falta de movimiento da cuenta del letargo: ya sean las diez de la mañana de un martes o las ocho de la noche de un jueves el silencio monótono sólo se entrecorta con el ruido de algún auto o el ajetreo de los niños que salen del colegio. En un extremo del pueblo hay una plaza construida a nuevo, con luces y bancos que contrastan con la arquitectura adusta. Desde ya, el pasto crece impecable, nadie lo pisa.

VISUALIZACIÓN. Conozca los datos censales del departamento de Mártires. Además, explore el ranking de los 15 puntos de la Argentina que más rápido se despoblaron, de acuerdo al último Censo.

Los que no se quieren ir

Al cruzar la plaza, rumbo al monte y donde dobla el río Chubut el pueblo termina. Al final del camino hay una tranquera por donde pasan los chicos que quieren ir a tirar líneas de pesca. Por allí pasa Bogdan Trila , quien con 22 años volvió hace un mes a Las Plumas para intentar arraigarse, y formar parte de la bolsa de trabajo de la comuna. Sabe que los nombres oriundos de Europa oriental no son comunes en sus pagos, por eso cuando se presenta lo deletrea instantáneamente.

"Viví doce años en Las Plumas, después me fui a estudiar a Trelew y volví a buscar una oportunidad. Si no es en el Estado, el trabajo no aparece. Cuando sale algo, son obras de un año como máximo o sino le hacho leña a quien me lo pide", relata.

El pueblo posee un colegio primario al que asisten unos 90 alumnos, que cuando llegan terminan el nivel siguen estudiando en Rawson, Trelew o Paso de Indios.

Bogdan tiene el sentimiento encontrado de la realidad y lo que sueña. "Imagino que se va a ir toda la gente, los chicos de 19 o 20 años se van porque acá no tenés trabajo", dice, reflexiona un segundo y vuelve a decir: "me gusta estar acá, este es mi lugar". Él es uno de los que no se quieren ir, pero lo ve como una posibilidad.

Durante la década del '90, cuando mermó la rentabilidad del ganado ovino, comenzó un éxodo lento entre las familias.
Al lado izquierdo de la tranquera rumbo al río están las dos personas de más edad. Cindimio Gutiérrez , patriarca de 92 años, vive junto a su hermana Wilfrida , que promedia los 100. Ellos terminan sus vidas haciéndose compañía, entre sus gallinas y ovejas, y son las únicas personas anteriores al decreto de territorio del 11 de julio de 1921 que creó a Las Plumas.

La intendenta presenta a Cindimio, quien se acerca a hablar después de cortar leña. Wilfrida asoma la cabeza desde la puerta de su ranchito con un gesto huraño en su rostro, asume que hay extraños y vuelve a entrar. El hombre habla pasado. Recuerda que "la época de esplendor fueron son sesenta años que separaron a 1930 de 1990, cuando todo el mundo iba a trabajar al campo, tenía su ganado y pasaba el ferrocarril".

Las Plumas comenzó en 1884 con un boliche de atendía peones rurales y al poco tiempo se organizó como pueblo con la llegada del ferrocarril que iba hasta Puerto Madryn. La familia de Cindimio fue unas de las nueve pioneras que se instalaron allí. En tren dejó de circular en 1960 y comenzó la desconexión, los ganaderos levantaron las vías y durmientes para hacer alambrados.

A Cindimio no le parece novedoso el dato de la caída en la población: "A partir de 1990 la gente se comenzó a ir por la falta de oportunidades y eso fue definitivo". A mediados de la década del noventa la rentabilidad de las ovejas cayó hasta 2001 y continuó expulsando población; y algunos que se quedaron pasaron de productores minifundistas a subsistencia. "Yo viví siempre aquí, tuve todo lo necesario". Él es uno de los que no se quiere ir, y cumplirá con su deseo.

Hace siete años, Felix tenía 3000 cabezas, hoy le quedan 1000
Hace siete años, Felix tenía 3000 cabezas, hoy le quedan 1000 Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro

Los dientes de las ovejas

Félix Carranza , tercera generación de ganaderos y uno de los 120 pequeños productores que quedan en el departamento de Mártires, prefiere hablar en un campo de su padre, fuera del pueblo, a unos 15 kilómetros. Allí tiene unos 30 animales encerrados en un corral para la ocasión. El ejemplo no podría ser más gráfico: corre a una oveja madre, la somete, le abre la boca y muestra su dentadura. "¿Ve? Este es una oveja preñada de cuatro años, tiene ocho dientes permanentes. Con la sequía y las cenizas terminan comiendo pasturas secas, malas, y se le caen los dientes. Así no puede comer bien ni tiene buena alimentación y terminan muertos", explica. Ese es el drama que antecede al animal que cae rendido.

Incluso cuando la erupción del volcán Puyehue cubrió de cenizas a los campos, el ganado adquirió la costumbre de escarbar con sus patas delanteras para comer cualquier tipo de yuyo. A esto se añade que en 2010 y 2011 no llovieron más de 30 milímetros anuales en la zona, y este año perfila a repetir la marca.

Félix es el único de siete hermanos que se quedó en Las Plumas resistiendo al clima. Hace siete años tenía 3000 cabezas (entre ovejas madre, corderos, carneros y capones), hoy le quedan 1000. Su padre, que aún vive en el pueblo, tenía hace cinco años un rodeo de 4500 animales, hoy le quedan 1100. Bastaron menos de diez años para que perdieran el 66% y 75% respectivamente del stock ganadero en los campos familiares.

En Mártires quedan 120 ganaderos. Algunos perdieron hasta el 60% de sus animales por la falta de lluvias y las cenizas del volcán Puyehue
No bastaron más de diez minutos de charla para que la emoción le gane a la claridad de su relato: "Cuando era chico en los campos de mi papá había peones mensualizados, alambradores y albañiles. Hoy es imposible pagarles. Para las épocas de zafra lanera había mucho movimiento en las rutas, los camiones movían máquinas y equipos, pero ya no se ve nada de eso".

La historia de desarraigo que Félix vivió con sus hermanos, ahora puede repetirse con sus hijas. "A las dos mayores, una de 17 y otra de 22, que están en nuestra casa de Trelew les digo que no vengan al pueblo porque no hay nada que hacer. Mejor que estudien. Uno no le puede pedir a los hijos que hagan algo que nos les ayude en su futuro", concluyó.

Lo que se calla

Mar de fondo. Al llegar a Las Plumas se encuentra la imagen de una auténtica familia ampliada: poca población, entre todos se conocen o tienen algún lazo político, los chismes vuelan y el sentido de pertenencia es fuerte. El extraño, el nuevo que llega, es seguido con la mirada por los vecinos para ver hacia dónde se desplaza. Nunca se falla en levantar la mano para gritar "¡buenas!" antes de entablar cualquier diálogo. Sin embargo, la gente habla poco y no suele expresar lo que siente con demasiada espontaneidad.

En un entorno donde el anonimato es imposible, cualquier problema puertas adentro puede convertirse en el comentario de todos. ¿Dónde se sanan los dolores? Una primera pista aparece en la calle principal: donde comienza hay una parroquia católica que permanece casi todo el tiempo cerrada; y donde termina, dos iglesias evangélicas (una pentecostal y otra libre) que abren los fines de semana.

La presencia religiosa parece intensa a simple vista. Marina ensaya una explicación breve: "en un lugar donde no hay psicólogos hay que buscar algún espacio donde hablar las cosas". Para amalgamar a su gente, la intendenta acude tanto a las reuniones evangélicas como la misa católica (que cada vez se oficia más espaciada).

La parroquia abre con suerte una vez por mes un día domingo para ofrecer un culto, a la que acuden no más de diez personas. El mismo sacerdote también divide sus oficios en la aldea escolar El Mirasol, a 89 kilómetros de Las Plumas, donde viven 49 personas: allí hubo oficio religioso tan sólo una vez este año, porque el nuevo párroco no sabe manejar y no tiene cómo llegar.

Las custodias de la obra católica son cinco monjas de la congregación Misioneras de San Juan Bautista, que hacen reuniones con mujeres y enseñan catequesis. Isabel Ayala , una religiosa mexicana de 72 años, llegó al pueblo escapando de las de las guerras en Angola. Después de once años en Luanda y otros 35 pueblos, su espíritu no soportó más la calamidad de los enfrentamientos entre tribus, en especial a los niños agonizantes por el paludismo. Suplicó un traslado a un lugar tranquilo y fue enviada a Las Plumas.

El abuso del alcohol y la violencia familiar son los dos principales dramas sociales que golpean a la comunidad.
Para Isabel, la falta de trabajo, de proyecto, el paisaje bucólico y la soledad son los peores consejeros del lugar. En voz baja reconoce que los dramas que más afectan al tejido social son el alcoholismo y la violencia familiar. Eso es parte de lo que se calla, de los pedidos de ayuda y diálogo que esta monja recibe.

La iglesia evangélica tuvo más pregnancia. Un buen domingo puede congregar unos 30 fieles por culto, tanto como el diez por ciento de la población del lugar. El pastor pentecostal Carlos Morandi inauguró el templo en abril de 1999, que abre los sábados y domingos. Todos los fines de semana viaja desde Trelew junto a su esposa, también pastora, con quien mantiene el mismo proyecto: tiene un grupo de enseñanza bíblica para niños, grupos de mujeres y el culto.

El Pastor coincide con las religiosas. Las condiciones de vida suelen endurecerse cuando la falta de oportunidades desgasta a la motivación y la cultura del trabajo. Allí es cuando algunos problemas comienzan a naturalizarse y hacerse invisibles y parte del día a día, al punto que nadie se asusta o decide denunciarlo.

"La mayor parte de las problemáticas que vemos están asociadas al maltrato dentro de las familias. La gente es de aguantarse todo, de reprimir emociones. A veces uno se entera mucho tiempo después de los problemas por los cuales llegaron", explica Carlos y agrega siempre trata de vencer a la impotencia con fe y optimismo. "Nosotros tratamos de que la palabra de Dios mejore sus vidas y ayudamos con necesidades cotidianas, como ropa, comida o leña. Hoy todas nuestras fichas están puestas en los niños".

El Pastor va un poco más allá, incluso encuentra alguna conexión entre el abandono y la violencia. La herida sangra como congoja o pulsión.

En silencio, el velorio de una mujer que volvió para morir en su pueblo. Ocupó la última fosa del cementerio
En silencio, el velorio de una mujer que volvió para morir en su pueblo. Ocupó la última fosa del cementerio Fuente: LA NACION - Crédito: Sebastián Rodeiro

Volver para morir

Quien parte sin remedio del lugar que ama, expulsado por las circunstancias, se lleva consigo a la nostalgia más profunda.

Unas horas antes de partir de Las Plumas encontramos en la puerta de una casa, a metros de la salida a la ruta, una reunión muy concurrida que contrastaba con la calma habitual de las calles. Dos camionetas en la puerta y gente yendo y viniendo. Era el velorio de una anciana, que se venía preparando hace dos días.

Lo dice la poesía de Tejada Gómez : "Uno vuelve siempre a los viejos sitios en que amó la vida, y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas" .

— ¿El pueblo ha quedado con un habitante menos? —preguntamos a la intendenta.

—No, esta mujer se había ido a vivir a Trelew hace unos veinte años. Su última voluntad fue volver a su pueblo natal para morir. —respondió.

Próxima entrega: jueves 18 de octubre.- El Mirasol, la aldea de 49 habitantes que pierde habitantes a la sombra de Las Plumas

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