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Inventar, el único recurso

Jorge Aráoz Badí
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20 de octubre de 2012  

Inventarios argentinos II, la ciudad. Música: Martín Liut. Textos: Pablo Katchadjian. Coreografía: Luciana Acuña y Agustina Sario. Dirección musical: Néstor Andrenacci. Video: Alejo Hoijman. Iluminación: Alejandra Martín y Lucrecia Ferraro. Músicos: Marcelo Moguilevsky, Trío Paralelo 33 y Grupo de Canto Coral con dirección de Néstor Andrenacci. En el cetc, del Teatro Colón

La gente que fue al CETC sólo se movió por curiosidad, porque salvo escasas informaciones y un par de entrevistas al creador del espectáculo, no tenía ningún antecedente. Tan sólo podía usar su imaginación. Ventaja anticipada, porque una vez iniciado el espectáculo, el único recurso del que podía valerse la gente era la imaginación.

El público ingresa y camina por una serie de salas comunicadas visualmente y en semi penumbra donde hay instrumentistas como músicos callejeros, voces flotantes, grupos hablando en lenguaje escasamente inteligible, ruidos ciudadanos, campanadas (que pueden significar tantas cosas), comentaristas, caminantes y en las paredes, imágenes en movimiento de un paisaje urbano. Transcurridos unos veinte minutos, el público advierte que es él mismo el que actúa, el que ve y el que lo ve. De modo que ya ha participado activamente de una acción en que descubrió su rol, distinto al de un concierto, donde se encierra en sí mismo y escucha en soledad. Aquí se disminuyó a cero ese aislamiento. Y como dejó de ser un testigo pasivo, en la segunda parte del espectáculo, al sentarse en la sala para escuchar música, seguramente aumentó su conciencia sensorial.

La parte musical puso en evidencia una notable reserva de talentos. En primer lugar, la dirección de Martín Liut mostró una mano capaz de un manejo muy lúcido de grupos humanos con papeles netos, sin segundos planos ni apariciones decorativas. Además, como autor de una complicadísima partitura logró resultados musicales que sin ser lineales, evitan la dispersión, son expresados con rigor, están poblados de sutilizas expresivas y hasta de reminiscencias gratas al oído. Y además, exhibe una limpia e independiente actitud estética.

El conjunto de percusionistas Paralelo 33º es un trío de insospechadas posibilidades musicales. En este caso (como en otros anteriores) frente a partes con grandes dificultades rítmicas muestran un preciso ajuste en la articulación, gran atractivo tímbrico y extraordinaria unidad. Por su parte el caso de Marcelo Moguilevsky como ejecutante de vientos, ya está fuera de toda consideración, porque, como acostumbran a decir los músicos, "puede tocar cualquier cosa" y de la mejor manera. Siempre es un renovado placer escuchar a este virtuoso.Y al Grupo de Canto Coral, y su director Néstor Andrenacci con su extraordinaria capacidad dinámica así sus miembros sean dispuestos de cualquier manera, como aquí, en que los cantantes fueron colocados rodeando al público sin que quedara como un simple efecto. Sus productos siempre están en un alto nivel gracias a un músico tan cabal como Andrenacci.

Faltaría destacar el gran sentido del espacio y la inteligente movilización lograda por las coreógrafas Luciana Acuña y Agustina Sario. Y, especialmente, los textos del escritor Pablo Katchadjian que caminan siempre por el filo de la ironía y el absurdo y cada vez parecen menos absurdos.

La gente que fue al CETC sólo se movió por curiosidad, porque salvo escasas informaciones y un par de entrevistas al creador del espectáculo, no tenía ningún antecedente. Tan sólo podía usar su imaginación. Ventaja anticipada, porque una vez iniciado el espectáculo, el único recurso del que podía valerse la gente era la imaginación.

El público ingresa y camina por una serie de salas comunicadas visualmente y en semipenumbra donde hay instrumentistas como músicos callejeros, voces flotantes, grupos hablando en lenguaje escasamente inteligible, ruidos ciudadanos, campanadas (que pueden significar tantas cosas), comentaristas, caminantes y en las paredes, imágenes en movimiento de un paisaje urbano. Transcurridos unos veinte minutos, el público advierte que es él mismo el que actúa, el que ve y el que lo ve. De modo que ya ha participado activamente de una acción en que descubrió su rol, distinto al de un concierto, donde se encierra en sí mismo y escucha en soledad. Aquí se disminuyó a cero ese aislamiento. Y como dejó de ser un testigo pasivo, en la segunda parte del espectáculo, al sentarse en la sala para escuchar música, seguramente aumentó su conciencia sensorial.

La parte musical puso en evidencia una notable reserva de talentos. En primer lugar, la dirección de Martín Liut mostró una mano capaz de un manejo muy lúcido de grupos humanos con papeles netos, sin segundos planos ni apariciones decorativas. Además, como autor de una complicadísima partitura logró resultados musicales que sin ser lineales, evitan la dispersión, son expresados con rigor, están poblados de sutilezas expresivas y hasta de reminiscencias gratas al oído. Y además, exhibe una limpia e independiente actitud estética.

El conjunto de percusionistas Paralelo 33º es un trío de insospechadas posibilidades musicales. En este caso (como en otros anteriores) frente a partes con grandes dificultades rítmicas muestran un preciso ajuste en la articulación, gran atractivo tímbrico y extraordinaria unidad. Por su parte, el caso de Marcelo Moguilevsky como ejecutante de vientos ya está fuera de toda consideración, porque, como acostumbran a decir los músicos, "puede tocar cualquier cosa" y de la mejor manera. Siempre es un renovado placer escuchar a este virtuoso.Y al Grupo de Canto Coral, y su director Néstor Andrenacci con su extraordinaria capacidad dinámica así sus miembros sean dispuestos de cualquier manera, como aquí, en que los cantantes fueron colocados rodeando al público sin que quedara como un simple efecto. Sus productos siempre están en un alto nivel gracias a un músico tan cabal como Andrenacci.

Faltaría destacar el gran sentido del espacio y la inteligente movilización logrados por las coreógrafas Luciana Acuña y Agustina Sario. Y, especialmente, los textos del escritor Pablo Katchadjian, que caminan siempre por el filo de la ironía y el absurdo, y cada vez parecen menos absurdos.

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