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26 de octubre de 2012  

Buenas intenciones

Fuente: LA NACION
Un chico de doce años, que le tiene "miedo a todo", aun a su propia madre, empieza a llevar un diario a fin de anotar en él hasta la más irrisoria manifestación de su cuerpo. La redacción de dicho diario, lejos de quedar circunscripta a la adolescencia, lo acompañará, no sin un par de interrupciones, hasta la cama de hospital en la que muere a los ochenta y siete años. Es decir que las entradas del diario abarcan desde la rutina de ejercicios realizada en la adolescencia para aumentar la musculatura o las formas de orinar, pasando por los escarceos sexuales, hasta las dolencias postreras. El diario llega a manos de la hija de su autor. Ella determina darlo a publicación, y eso es lo que leemos, bajo el título de Diario de un cuerpo, en el nuevo libro de Daniel Pennac. Dicho esto, la anatomía textual de la novela se resiente a causa de las intenciones edificantes de Pennac, quien se vale de una prosa amena con pinceladas humorísticas -a excepción de los pasajes moteados de un lirismo chirriante- para que cale la moraleja. Alguna vez, César Aira declaró: "Yo nunca usaría la literatura para pasar por una buena persona". Por su parte, Pennac pareciera usarla para poco más que eso. Ramiro Quintana

Diario de un cuerpo

Daniel Pennac

Mondadori

Trad.: Manuel Serrat Crespo

329 páginas

$ 109

En busca de signos remotos

Una lectura ceñida a lo que el título del libro denota en primer término lleva a pensar en esta serie de poemas como la traducción de un texto que estuvo previamente inscripto en materiales duros, que sobrevivieron la época en que fueron producidos. Paulina Vinderman (Buenos Aires, 1944), la epigrafista en este caso, oficia como quien sabe develar aquello que se presentaba bajo signos oscuros. No es en la piedra o en el metal donde fueron grabados aquellos signos remotos, sino en el no menos duro tejido que el tiempo de una vida, el de la poeta, ha dado la forma de una memoria.El poema revela entonces el recorrido que incluye una experiencia, su impacto en el orden sensitivo y, en suma, la conversión de esas instancias intermitentes en un núcleo al que cabría llamar una voz.La condición del destierro que supone el paso de un sujeto por el mundo alcanza en estos poemas el punto de ebullición en la subjetividad de los poetas. Y si no hay destierro sin desierto, Vinderman también sabe que hay deseo, que salva, aun en el dolor, o en lo que apenas puede ser dicho, como en uno de los momentos más altos del libro, en el que le habla a su padre: "Hubiera trenzado mi vida a la tuya/ en lugar de buscarte en cada hombre,/ en cada diente en mitad de la noche./ Suspiro y te beso cuando beso a mi amante/ y en esta historia de mapas y de palas/ el incesto es la culpa que acuno: la felicidad/ clavada en el vientre/ sosteniendo la casa de mi dios". Sandro Barrella

La epigrafista

Paulina Vinderman

Hilos

43 páginas

$ 55

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