El nombre propio que se metió en la cocina

Luján Scarpinelli
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28 de octubre de 2012  

En la ciudad de Venado Tuerto, ubicada en el sur de la bota que dibuja la provincia de Santa Fe sobre el mapa de la Argentina, nació y creció la empresa que instaló un nombre propio en la cocina: Essen. En alemán, comer. En criollo, sinónimo de una practicidad que dignifica a improvisados y enriquece a entendidos de la gastronomía. La piedra angular de Essen fue colocada en 1954 por Armando Yasci y su esposa, Teresa Bompessi, cuando no era siquiera un proyecto. La industria naciente era una fundición de aluminio para producir mecheros de cocina. Wilder, hijo del matrimonio, fue quien la impulsó a nivel nacional.

Inmerso en la búsqueda de una nueva veta para diversificar el negocio, Wilder quedó sorprendido por una olla de aluminio que vio en Nueva York. Tanto, que invirtió el siguiente par de años en crear un producto similar. Cuando dio con la fórmula, lo nombró Essen, por consejo de Mirta, su mujer de raíces alemanas.

Al inicio, en 1980, la novedad atraía a curiosos, pero no lograba convertirlos en clientes. Entonces, Wilder convocó a una reunión de vecinas, para mostrarles las ventajas del nuevo artefacto con una experiencia. Ese día inauguró el sistema de venta directa multinivel, una capilaridad en la que radica el éxito de la firma.

Las cacerolas, sartenes y ollas encierran un particular método de cocción. La clave está en la elevada conductividad del calor en las piezas de aluminio espeso que reemplazan al horno, al baño María, a la freidora y la vaporiera. Essen tejió una red de 15.000 revendedores y estima, sobre la base de los más de 20 millones de unidades vendidas, que alrededor del 80% de los hogares del país cuenta con al menos uno de sus productos. Eso, pese a que la olla más vendida –la clásica, de 24 centímetros de diámetro– cuesta unos $ 990. Essen también entró en cocinas foráneas de la región, que ya constituyen un 10% del total de las ventas.

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