Certezas e incógnitas de un 8 de noviembre

Fernando Iglesias
Fernando Iglesias PARA LA NACION
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13 de noviembre de 2012  

Entre los varios insultos que sufrimos quienes nos movilizamos el 8-N, innumerablemente disparados por el vasto aparato goebbeliano encargado de desmentir el carácter fascistoide del Gobierno, hubo también objeciones que merecen respuesta: las de la ausencia de demandas unificadas, propuestas y liderazgos.

El de la ausencia de demandas unificadas es fácil de responder: tan largo y ancho es el desastre en que este régimen ha convertido la mayor oportunidad histórica del país que no sabemos por dónde empezar. ¿Cómo decidirnos entre una infraestructura que causa muertos todos los días y promete apagones para todo el verano, una educación en que la mitad de los alumnos no termina la secundaria, una economía que deja a un cuarto de los argentinos en la pobreza, una Cancillería que se reúne con encubridores de prófugos de la Justicia y una Justicia que bajo la dirección del inefable Oyarbide se ocupa hoy de perseguir al conspirador que bajó la palanca? ¿Cómo unificar en una sola consigna la oposición al plural desastre organizado por las múltiples mafias que se han apoderado del Estado, y qué poner en primer plano: la corrupción, la inflación, la inseguridad, las mentiras del Indec-agencia del Relato o los atropellos de la AFIP-agencia de disciplinamiento? No es que no tengamos demandas unificadas. Es que el desastre K no es pasible de ser delimitado.

En cuanto a la carencia de propuestas, no deja de ser un argumento raro para quienes apoyan una presidenta hegeliana, consciente del rol superador de los momentos negativos en la Historia… En todo caso, abarrotan el Congreso cientos de proyectos de ley de las fuerzas opositoras. Doy fe: muchos de ellos son muy buenos y otros anticiparon, con mejores ideas, las principales iniciativas del Gobierno (asignación por hijo, notebooks en las escuelas, regulación de los medios, etcétera). Lo que resulta difícil es que se aprueben en un Parlamento convertido por los votos de hace un año en refugio y recompensa de los soldados de Cristina, y en el que sólo avanzan los proyectos de su Graciosa Majestad. Tome además lápiz y papel el seisieteochista empedernido, copie lo que decían los carteles y comprobará que todo se reduce a una sola y simple cosa: no queremos vivir en un país manejado por mafias y patotas. Por eso, pese a sus defectos, sentimos cada vez más como propios el Congreso, la Justicia, las agencias de control y la prensa independiente. Y cada vez que dicen "vamos por todo" sabemos que vienen por nosotros.

Finalmente, los liderazgos. Son hipócritas quienes hoy descalifican al 8-N "por no ser político" sabiendo que si lo hubiera organizado el kirchnerismo ellos mismos estarían hablando del 17 de octubre del siglo XXI. Sin embargo, es cierta la afirmación presidencial de que en democracia las urnas son la expresión suprema de la opinión pública. Y bien, esa opinión ha dicho: Menem 1, Menem 2, De la Rúa, Néstor, Cristina 1 y Cristina 2. ¡Es el populismo, estúpido! Es la crónica incapacidad de la sociedad argentina para generar una dirigencia igual o mejor a la sociedad que la engendra; es la creencia de que la democracia es sustantiva, pero la república es formal; es la falta de participación en la política partidaria; es el voto superficial y poco informado; es la elevación y consagración de líderes políticos muy por debajo de los estándares que respetan hasta los países vecinos… Es todo esto lo que sigue llevando a la apelación a la movilización callejera como solución mágica de todos los problemas. Mucho de esto tuvo también el 8-N: un reclamo a la oposición para que sea opositora por parte de quienes apenas un año atrás habían elegido como oposición a los menos opositores.

El último párrafo debe ser para el futuro. El de la economía es claro: después de nueve años de políticas populistas, el largo plazo ha llegado. Estamos en manos de factores externos. El papel que en los noventa jugaba el endeudamiento infinito lo desempeñan hoy el precio de las commodities, la cotización del real y del euro y la tasa de interés de la Reserva Federal. Ya ni la opción entre el estallido rápido y la lenta decadencia depende del Gobierno. Curioso saldo para el nacionalismo del vivir con lo nuestro.

En cuanto a la política: varias certezas y una incógnita. 1) El "vamos por todo" seguirá siendo la estrategia real del régimen K, aunque no necesariamente su estrategia discursiva, que en el año electoral 2013 bien podría volver al tono amable del año electoral 2011. 2) La oposición argentina seguirá siendo una expresión bastante exacta de la sociedad argentina, con sus méritos y sus deméritos, sus agachadas frente al poder y sus rebeliones intermitentes. 3) El Gobierno seguirá encarnando lo peor de esa misma sociedad: su intolerancia setentista, su ochentoso delirio nacionalista-populista-estatista-industrialista y su corrupción noventista. Hasta aquí, las pequeñas certezas.

La gran certeza es que el 8-N ha sido algo importante, histórico. Un 17 de octubre de la República, si me permiten. La gran incógnita es qué vamos a hacer con él ahora.

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