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Tino Costa: "Estoy como un chico en el día de Reyes"

El jugador del Valencia será titular ante Arabia Saudita; el volante que pasó hambre y que nunca jugó en el fútbol argentino será el reemplazante del lesionado Gago.
Ariel Ruya
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14 de noviembre de 2012  • 00:17

RIAD.– Son unos 25.000 habitantes, que pasan los días entre la ganadería, la agricultura y la pelota. En el partido de las Flores, en la provincia de Buenos Aires, se conocen todos: la escuela, la plaza, la iglesia, el pequeño centro, las vacas, el campo y los balones que espían redes. Los días son todos más o menos iguales: de la casa al trabajo, del trabajo a casa. Veinte años atrás, Carlos Costa, un empleado municipal de manos gastadas, volvía del trabajo hecho pedazos. Pero no podía aflojar: había que terminar de construir esa suerte de casita de techo de chapa y corazón de hierro. Lo ayudaba Viviana, su mujer, la madre de tres varones. Uno de ellos, Alberto, ponía manos en el asunto: si había que pintar, pintaba. Si había que soltar ladrillo sobre ladrillo, se las arreglaba. No era una luz en el colegio (aún le resta el último año de la escuela secundaria), pero la esperanza siempre fue una suerte de estampilla pegada sobre su frente.

Jugaba al fútbol, como todos los chicos del barrio, en el club Terraza. Lo divertían más, sin embargo, las calles de tierra. Pies desnudos, se creía Maradona: no lo paraba nadie, gambeta sutil. La vida no era divertida: el sueldo de Carlos se acababa, religiosamente, cada 15 de mes. Alberto trabajaba en una panadería. No era un artesano, pero se las rebuscaba: masa, levadura, leña y un horno de 45 grados en esas tardes de 45 grados a la sombra. Se llevaba, todos los días, azúcar, yerba, pan: su sueldo no era dinero. No hacía falta, en casa de los Costa lo que faltaba era el pan de todos los días.

Alberto Costa es Tino Costa. Está parado con LA NACION, sobre una pared bañada en oro. Al menos, se le parece: todo lo que rodea es oro en Arabia Saudita, país conservador, tierra de millones. Cosas del petróleo. Tino nunca jugó en el fútbol argentino, tampoco le hizo falta: hoy es un hombre de selección con una historia increíble. Titular en el ensayo de esta tarde contra los árabes, lesionado su amigo y compañero Fernando Gago en Valencia, su voz es un oasis en el mundo de los excesos que suelen envolver al seleccionado.

A Tino le dolía el estómago años atrás, maltratado por el hambre. A Tino le duele el estómago ahora mismo, cosquilleo lógico antes de su bautismo en celeste y blanco. "Estoy como un chico en el día de Reyes", grafica, mientras describe su historia.

Comenzó en el Caribe

Aconsejado por un cirujano amigo con contactos futboleros, no se sabe cómo, no se sabe bien por qué, aterrizó en Guadalupe, un diminuto archipiélago francés, sobre el mar Caribe. Había que patear pelotas y Tino, a los 16 años, quería eso: darle al balón. "No sabía ni dónde estaba. El idioma era una tortura. La pasé más o menos, pero seguía mi sueño", recuerda. Racing Basse Terre se llamaba el equipo. La verdad, la rompió. Si hay una figura imaginaria, la gastó. Fueron cuatro años con la espalda en la Argentina y el típico sabor francés sobre el pecho. Por eso, se animó y cruzó el océano. Tres experiencias en entidades del ascenso, demasiado pequeñas para sus ambiciones. Tenía 23 años cuando sus medias bajas se caían aún más en Sete: ya habían pasado cuatro años en la tercera división. "Quería largar todo. Me alcanzaba para vivir, pero no era lo que quería", lanza. Miraba la Champions League por TV. "Nunca voy a cruzarme con Messi. Esto no es para mí", se sinceraba. "Me vuelvo a casa. ¿qué hago acá?", se preguntaba. ¿Qué hacía allá? Pisaba la mitad de la cancha por las tardes y lloraba por las noches. Los abrazos de Julie, su mujer francesa, eran una brisa de verano: el amor le dio más fuerzas para seguir peleándola. Hasta que llegó Montpellier.

De la segunda división pasó a la primera. Y de la primera, a la fama. "A partir de ahí, seguí ayudando a mi papá con la construcción de la casa, pero de otra manera. Ése es mi mayor orgullo", advierte Costa, mediocampista corajudo y habilidoso. Un volante moderno: se divierte y trabaja. Pisa el balón. O lo maltrata, según el caso.

El hotel regado en oro le recuerda de dónde viene. Quién es. Cuando comía mortadela y pan duro en aquellas pruebas, acompañado por su viejo, en las que solían decirle que su puesto estaba cubierto. "Si yo jugaba de lo que fuera", cuenta. De pronto, Valencia. De pronto, la Champions League. De pronto, la selección. De pronto, mira arriba y descubre un fascinante juego de luces. Las mira fijo: representan su cielo, al que siempre quiso llegar. Y aquí está, con sueños curiosos, como su pequeña gran historia. "Soy fanático de San Lorenzo y no conozco el Nuevo Gasómetro. Quiero ir a la popular", confiesa el argentino más desconocido. Aquí está su historia, nacida hace 27 años.

–¿En tu casa se sienten orgullosos de tu camino?

–Están felices. Para mi familia, Messi soy yo…

DIXIT

"Es un jugador versátil y lo venía observando desde hacía tiempo. Es mixto, entiende el juego y se lleva muy bien con Gago. Necesitamos un jugador de su crecimiento"

Alejandro Sabella

Dt del seleccionado

Por: Ariel Ruya
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