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Joss Stone en el Luna Park: arma de seducción masiva

La cantante británica volvió al país y dio el primero de sus dos shows en el palacio de los deportes; crónica y fotos
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21 de noviembre de 2012  • 11:07

Y ahora que Joss Stone volvió sobre sus propios pasos para mirarse en el espejo de su debut con The Soul Sessions Vol. 2, , una nueva colección de clásicos y no tanto del género que la catapultó a los primeros planos del mundo del espectáculo, podemos decir que lo que brilló anoche en el Luna Park es el mismo talento innato que le dio notoriedad hace una ya década, cuando era apenas una quinceañera. Ese portento vocal, ese registro único que esta noche, con más experiencia y aplomo, ella pasea sobre el escenario y descarga sobre el público como si se tratara de un arma de seducción masiva.

Ahí está, en el inicio mismo del show, el ejemplo más claro: "Super Duper Love (Are You Diggin On Me)", el cover de un tema de Sugar Billy fechado en 1974 que se convirtió en uno de sus primeros hits a escala planetaria, con la salida de The Soul Sessions allá por 2003. "¿Están preparados para cantar conmigo?", provoca entonces, con una mueca de timidez impostada. Y ya tiene a la audiencia rendida a sus pies, incluyendo a hombres y mujeres de veintipico en adelante. Con un vestido color lila que resalta su figura espigada y su belleza, descalza como de costumbre, camina de una punta a la otra de las tablas, micrófono en mano, hechizando a la multitud con sus cuerdas vocales.

Fue el tercer tema y vino a completar una apertura signada por su último trabajo, con "(For God’s Sake) Give More Power to the People" y "While You’re Looking for Sugar". "No quiero asustarlos", bromea. "Voy a ser educada". La que parece un tanto ansiosa al comienzo es ella, pero con el correr de los minutos se suelta y deja de estar pendiente de las reacciones de la gente. En este regreso al palacio de los deportes porteño, en el que se había presentado con un doblete en junio de 2008, la imagen de la niña prodigio o de la joven promesa quedó definitivamente atrás: la Joss Stone que vemos es una mujer conciente de sus virtudes y segura de sí misma. Una auténtica princesa rubia del soul. Una diva con estilo más retro que actual.

A sus espaldas cuenta con una maquinaria funkysoulera aceitada: a la base de guitarra, bajo, batería y teclados hay que sumarle tres instrumentos de viento y tres coristas. Una banda eficaz y flexible, que la acompaña en su deslizamiento entre tema y tema: por momentos, Stone borra los límites y juega con las transiciones musicales, a partir de una estrofa reformulada en vivo o una melodía tarareada en plan "ahora improviso y ustedes me siguen". Ella propone un viaje a través de cada canción. Y también se deja llevar por la suavidad aterciopelada de "Teardrops" y "Jet Lag", para luego montarse sobre el groove hipnótico y nocturno de "Sideway Shuffle", coronado por un solo de saxo.

El cuerpo, los brazos, las manos, los dedos: cada uno de sus movimientos, cada músculo parece responder a una aceleración en el fraseo, a un cambio de tono, por más brusco o sutil que sea. Stone es una virtuosa de su instrumento, la voz, pero en vez de buscar únicamente el lucimiento personal, la pone al servicio de sus historias de amores cantados. Sin embargo, la autoconfianza la lleva a cometer algunos excesos. Por ejemplo, cuando se planta sólo acompañada por una guitarra acústica, para encarar una versión intimista y casi susurrada de "Landlord", que repentinamente deriva hacia una zona roja de sonidos agudos y timbres altos. Un riego cierto, que se podría llamar el "efecto Whitney Houston".

Después de fundir "You Got the Love" con "Baby Baby Baby" en un medley a lo Motown, corea la intro de guitarra de "Fell in Love" con un ronroneo felino. Y el público la imita como si fuera un solo de Skay Beilinson de Los Redondos. Ella los mira y hace caritas para la postal sacada desde el celular. Y entonces, sin que nadie lo espere, desciende por la escalerita lateral y se manda por el pasillo que se abre entre los asientos de la platea, que hoy reemplaza al campo del estadio. "Excuse me", se la oye decir por el micrófono, mientras avanza entre la muchedumbre y la banda sigue tocando. "¿Están conmigo?", arenga, parada en uno de los asientos de la primera fila. Y todos la siguen en el coro improvisado, fascinados.

Todavía faltan los bises y que Stone venga a reclamar su derecho a estar equivocada ("Right to be Wrong"), para luego despedirse tirando flores desde el escenario. Pero tal vez sea esa la escena culminante del recital: la de la rubia soulera vestida de gala, desplegando su arte y rompiendo protocolos de seguridad con el mismo movimiento, caminando por encima del público, en patas, como una gata sobre el tejado.

Por Juan Andrade

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