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El accidente del inquieto virrey Melo

Próceres del espectáculo
Daniel Balmaceda
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3 de diciembre de 2012  

La ciudad española de Badajoz, en la frontera sur con Portugal, tiene algunos puntos de relación con nuestra tierra. En la historia reciente es recordada porque el conductor-productor-dirigente deportivo-empresario Marcelo Tinelli compró el Club Deportivo Badajoz, de la Segunda División de fútbol de España. Más atrás en el tiempo se relacionó con el joven oficial de los Ejércitos del Rey, José de San Martín. En 1801, el futuro Libertador estaba de novio con Lola, agraciada niña oriunda de Badajoz. Pero en 1733, mucho antes de que Lola cautivara a José Francisco, había nacido en aquella ciudad fronteriza don Pedro de Melo y Portugal y Villena, marino por vocación y alto funcionario de la corona española por méritos propios.

Arribó a Buenos Aires en 1795 con el título de virrey del Río de la Plata. Grandote, inquieto, emprendedor, enérgico, pero piadoso con los pobres, el virrey Melo se encargó además de promover los juegos de bolos y bolas. ¿Es que acaso ya había juegos para todos y todas? No: el de las bolas era el que nosotros llamamos bochas. En cuanto al primero, era un inmenso bowling de cincuenta palos –o pinos– que debían ser volteados en la menor cantidad de tiros posible. Tome sus manos y una las yemas de los pulgares, las de los índices, y así cada par. Ése era el tamaño de la bola que se usaba para voltear los 50 palos. Por lo tanto, se tardaba un rato largo. Pero en los arrabales (es decir, en la zona de Congreso, Barracas, Recoleta, Palermo) le encontraron la vuelta para acelerarlo y el juego se transformó en apostar si de un tiro se volteaba un número par de palos, o uno impar. Se transformó en vicio y Melo prohibió el juego.

Otra prohibición –por suerte– fue que los aguateros se proveyeran de agua del río que juntaban a la altura de San Telmo, contaminada por las lavanderas que allí fregaban la ropa y por toda la basura que los vecinos tiraban. El virrey obligó a los aguateros a alejarse a la zona de Retiro para llenar los barriles, con penas de multas y azotes para los infractores.

El hijo de Badajoz tenía una saludable costumbre, la de salir a recorrer el virreinato. Bueno, no tan saludable. Porque en 1797, cuando regresaba a Montevideo desde Maldonado, su caballo pisó mal y el pobre don Pedro fue a dar al piso con tal mala suerte que se golpeó la cabeza. Fue un fatal accidente de tránsito a la altura de la actual ciudad uruguaya de Pando.

Murió en Montevideo dos días después, el 15 de abril de 1797, pero se cumplió su deseo póstumo de ser trasladado a Buenos Aires, a la iglesia de San Juan. Las crónicas del entierro dicen que el pueblo desfiló frente a su tumba y que don Melo tenía "el rostro muy negro", pero no despedía "ningún mal olor".

El gobernador de Tucumán, Rafael de Sobremonte, decidió fundar ese mismo año un poblado en San Luis y lo bautizó Villa de Melo en honor del funcionario muerto en ejercicio del cargo. El tiempo corrompió la nomenclatura original y hoy a Merlo cuesta descubrirle, sin estos datos, el verdadero origen de su nombre.

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