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El Saint-Exupéry argentino

La historia del hombre que, con ahorro y bajas tarifas, catapultó a la empresa LAPA
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13 de septiembre de 1999  

Desde las 21.06 del martes 31 de agosto último, el futuro de Gustavo Andy Deutsch ha entrado en un cono de sombras, iluminado de a ratos por los reflejos de un avión en llamas.

Su historia, hasta ese momento, había sido la de quien construyó LAPA, una empresa a su imagen y semejanza, y trabajaba con sus aviones, que a un tiempo lo divertían y le hacían ganar dinero.

"Soy el Saint-Exupéry argentino", decía hasta aquel día, y explicaba que manejaba la firma de modo personal, "porque todavía es muy joven y me gusta controlarla de cerca".

Aquella noche del 31 de agosto, ante los restos aún humeantes de su Boeing 737 estrellado en las afueras de Aeroparque, la fuerza de los hechos le hizo cambiar el discurso y Andy Deutsch sólo atinó a murmurar: "No sé; no sé lo que pasó...".

* * *

La historia de Gustavo Andrés Deutsch no es exactamente la de un hombre que se inventó a sí mismo.

Nacido en Praga, capital de la ex Checoslovaquia, en 1936, llegó a la Argentina con sus padres antes de cumplir diez años. La familia traía la suerte de haber escapado de la guerra y la posibilidad de continuar aquí con la cadena de tiendas Teta que tenían allá.

En 1946, los Deutsch -y sus socios, los Steuer- fundaron Casa Tía, y el joven Andy fue entrenado para el negocio. Primero hizo una práctica de un año en las tiendas Woolworth, de Estados Unidos, y cuando regresó se encontró con un modesto puesto de comprador y luego con la gerencia del área en la empresa familiar.

Era 1960, y atrás habían quedado estudios inconclusos de ingeniería química, y otros de literatura inglesa, que le valieron una licenciatura en Berkeley.

Ya comenzaba a interesarse por los cursos de piloto, pero los aviones aún estaban lejos.

* * *

No por conocida, la historia de LAPA deja de ser sorprendente.

Empieza en 1984, cuando Andy Deutsch la recibió en parte de pago por la venta de un campo de la familia. Eran sólo dos aviones Saab de treinta plazas que hacían la ruta a Colonia.

"Fue el sueño de cualquier piloto", confesaría después. Tenía su propia línea aérea y había regresado al país tras ocho años en Estados Unidos, hacia donde había partido en 1975, después de un intento de secuestro de un ejecutivo de Casa Tía.

En los quince años transcurridos desde que compró LAPA, la empresa creció hasta tener más del 30% del mercado local, tomando posición para ser la primera línea totalmente privada que trabajó intensamente en las rutas latinoamericanas.

Pero el gran salto fue entre 1994 y 1995. El secreto estaba en las tarifas bajas, en la reducción de costos sacrificando calidad de servicio a bordo, y en un ahorro casi obsesivo.

El resto del misterio era el estilo personal para manejar la empresa, en la que Deutsch era su propio vocero y hasta la incorporación de Ronnie Boyd, la única cara visible.

La llegada de Boyd, un ex Austral, fue una sorpresa dentro y fuera de la compañía, porque era la antítesis de su empleador: un técnico frío, no demasiado simpático, que prefería un bajo nivel de exposición.

Hasta el momento del accidente, Deutsch contestaba los llamados telefónicos que se le hacían y firmaba los cheques por los sueldos de sus 1200 empleados.

Para relajarse, los fines de semana volaba en su Cessna Citation, y aterrizaba con su esposa y sus cuatro hijos, dos de ellos mellizos, en el campo bonaerense donde están sus Aberdeen Angus.

Para la noche fatídica del 31 de agosto, Deutsch había cultivado un perfil alto, le gustaba que lo compararan con Enrique Pescarmona y Agostino Rocca, y mostraba su empresa y su historia en diarios y revistas, con fotos en su escritorio atiborrado de papeles y en sus aviones, con gorra de comandante.

Después de todo, era piloto desde hacía 36 años y tenía experiencia de sobra en volar con turbulencias.

* * *

En los corrillos de LAPA dicen que, hasta principios de 1998, Andy Deutsch había sido casi un menemista confeso que profesaba públicamente su fe política.

Aunque hasta agosto de 1997 los aviones de la empresa llevaban nombres de estrellas (Altair, Vega, Antares, Sirius) , en esa fecha quebró la regla y bautizó Anillaco a un Boeing 737-200 de última generación.

"El presidente Menem me había desafiado a ponerle el nombre de su pueblo natal, y yo recogí el guante", dijo.

En el discurso que dio en Aeroparque para celebrar la compra, leyó ante el Presidente y sus ministros: "Este ilustre rincón de nuestra patria es el símbolo de que se nos ha permitido como empresa tener el crecimiento espectacular que ha tenido LAPA. Anillaco es sinónimo de Menem, y gracias a su gobierno hemos tenido tantas oportunidades".

Pero el encanto no duraría para siempre, y terminarían con él las cargas impositivas.

A fines del año pasado, cuando acababa de recibir el premio Konex y las compañías criticaban el impuesto docente, la voz de Andy Deutsch fue fuerte: "Ese gravamen nos va a convertir en el basurero del mundo, atrayendo aviones que son más baratos pero se han prohibido en otras partes porque no cumplen las normas de seguridad". Y amenazó: "Antes de pagar 4 millones de dólares más de impuestos, prefiero mudar mi aerolínea al Uruguay".

Hace tres meses, el 10 de junio, al presentar otro avión, Deutsch volvió a la carga: "Este avión cuesta 85 millones de dólares. O sea que tributaría un impuesto de 850 mil pesos, más de 4 mil por asiento. Es una suma directamente confiscatoria".

La ruptura de lanzas fue hace pocas semanas, cuando otra empresa, Dinar, se anticipó y pidió cubrir la nueva ruta a Malvinas. "Nosotros no tenemos los contactos políticos que tiene Dinar", dijo entonces el dueño de LAPA.

* * *

Mientras el Boeing 737 se convertía en una bola de fuego y hierros en la Costanera, Andy Deutsch y su mujer, Graciela, cenaban en la casa de unos amigos. A la misma mesa estaban el ex vocero presidencial Humberto Toledo, y Bernardo Neustadt y su mujer.

Fue Neustadt, a quien le avisaron por teléfono, el que le dio la noticia. Dicen que Deutsch se puso pálido, se pellizcó la barba rubia, que le da aspecto de marinero holandés, y pidió a los dueños de casa que le permitieran llamar a París para hablar con su agente de seguros.

Después fue a Aeroparque y se atrincheró en su oficina, a menos de 300 metros del infierno en que se había convertido su avión, para seguir manejando personalmente su empresa, aun en el momento más crítico.

Secaba sus manos transpiradas en el pantalón, bebía sólo agua y tragaba aspirinas, y no regresó a su casa sino hasta media mañana del día siguiente.

Un rato antes había enfrentado las cámaras de televisión, los grabadores y los flashes de los fotógrafos, con una frase que acababa por definir su desconcierto: "No niego nada. Sólo digo que no sé lo que pasó", explicaba ante las primeras acusaciones veladas.

Era el comienzo de una pesadilla que aún no ha terminado. Hasta ahora, Andy Deutsch, el dueño de LAPA que quiso ser abogado y acabó siendo piloto, ya lleva dos semanas volando en el peor vuelo de su vida, y le hará falta toda su experiencia para alcanzar un buen aterrizaje.

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