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Pruden y De Monte: tradiciones en pugna

Dos enfoques diferentes para abordar la pintura. Pueden verse en las galerías Peña y Jacques Martínez
Daniel Gigena
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7 de diciembre de 2012  

Vibrantes, centrífugas, acrobáticas, las telas que Deborah Pruden (Buenos Aires, 1972) exhibe en Peña –apenas cinco obras, aunque una de ellas es un políptico de nueve piezas que reorganiza el espacio del subsuelo– ahondan sus experimentaciones con el plano como diagrama. También tácticas, las obras atravesadas de diagonales de colores primarios sobre fondos blancos, que se entrecruzan con chorreados, firmes y escasas líneas rectas, esbozos figurativos (un marco, un molde, acaso la maqueta de un jardín aéreo), establecen una lógica figurativa joyceana. El lenguaje de Pruden avanza en un territorio codificado, el de la abstracción geométrica contemporánea, con desenvoltura y una especie de risa loca provocada por el espíritu de tradición. Allí donde se esperaría orden en la composición, se encuentra un desvío inesperado, pliegues, una danza; si se aguarda un concepto, hay, en verdad, un campo de prueba de ideas visuales que se superponen y se encastran. Dos bodegones a la manera de Morandi, los dípticos Rosa 1 y Rosa 2, parecen brotar de una mancha azul, de un empastado o del óleo coral pasado por agua: un filtro, una subjetividad cromática, se impone a jerarquías y rituales ajados.

Enérgico políptico de nueve piezas de Deborah Pruden
Enérgico políptico de nueve piezas de Deborah Pruden
En Jacques Martínez, como un ensayo en imágenes, Pablo de Monte (Buenos Aires, 1960) aborda términos contrapuestos –natural y artificial, figurativo y abstracto, masculino y femenino– para elaborar ecuaciones plásticas complejas. Articulada en series yuxtapuestas, Donde termina el bosque recupera cierta tradición metafísica de la pintura, aquella que imagina qué hay más allá de los límites (o los contornos, rasgo estructural en la obra del artista) de la realidad. Donde termina el bosque –para el cazador, un teatro sangriento, con injertos en forma de conos de acero, y para el leñador, una factoría– tal vez comience la cultura: los planos de Pablo de Monte, como pizarras pop, del verde flúo al rosa chicle, exponen sus tesis. Nucas femeninas con bucles similares a laberintos se convierten en objetivos de la mirada de los hombres, cuyos perfiles trazados con rectas y ángulos preanuncian un horizonte conflictivo. A veces, como en Sé quién es y Sé cómo se llama, medusas o manchas comunican entre las figuras un espacio común. Se suman cuatro objetos con dispositivos sonoros o lumínicos, dos de ellos pupitres recubiertos con césped de plástico y un bestiario de cotillón que remedan el ecologismo de un feng shui pueril.

Deborah Pruden en Peña (Peña 2270), los martes de 15 a 20 o con cita ( info@penagaleria.com.ar ) y Pablo de Monte en Jacques Martínez (Avenida de Mayo 1130, 4 G), hasta el 21 de diciembre

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