Cepo al dólar: desatinos cambiarios en un estéril retorno al pasado

Juan J. Llach
Juan J. Llach PARA LA NACION
La inflación elevada, la escasa inversión extranjera y la falta de divisas dejan al desnudo el fracaso de una medida anacrónica, injustificada en el más extenso período de bonanza internacional
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23 de diciembre de 2012  

Entre 1931 y 1959, la Argentina fue el país cuyo producto por habitante menos creció entre los grandes de América latina. Mientras el continente casi duplicaba su nivel de vida, nosotros lo aumentamos poco más del 50 por ciento, siendo superados por Venezuela, Brasil y México, largamente, pero también por Chile, Colombia, Perú y Uruguay. ¿Qué tiene que ver esto con la Argentina de hoy? Bastante, porque en ese lapso nuestro país vivió el control de cambios mas largo e intenso de su historia, una herramienta que se aplicó también en muchos países, pero que aquí llegó al extremo, y a la que hemos retornado hoy con la sola compañía de Venezuela.

Las consecuencias de estos cepos ya son negativas, pero lo serán más aún en el futuro si no se corrigen

Hay diferencias cruciales entre entonces y ahora. La principal es la formidable escasez de divisas que siguió a la catástrofe iniciada en 1929, que derrumbó el volumen y los precios del comercio exterior. Sin políticas del tipo de las aplicadas el país no habría podido funcionar siquiera mínimamente. En marcado contraste, la escasez de divisas ha sido generada ahora por la política económica en medio de una bonanza externa sin precedente para la Argentina y que dura ya casi diez años. Surge inevitable la pregunta: si con un contexto así de favorable "deben" tomarse decisiones extremas, casi únicas en el mundo, ¿qué habría que hacer cuando las cosas estén realmente mal? ¿Acaso recurrir a la fuerza pública?

El disparador de esta historia de desatinos fue una mayor expectativa de devaluación a mediados de 2011, que alentó la demanda y restringió la oferta de divisas financieras. El cambio de expectativas se debió sobre todo a la inflación y al hecho de haberla estabilizado en 24 por ciento mediante el anclaje del tipo de cambio (y las tarifas públicas), viejo truco que casi siempre terminó mal. El saldo de divisas comerciales no era malo, con un superávit de 10.400 millones de dólares en 2011, poco inferior a los 11.600 millones de 2010. Pero a los altos impuestos a las exportaciones se fueron agregando cuotas a ellas y a las importaciones. Estas políticas fueron más "eficaces" en reducir las primeras que las segundas, resultando así una caída de la oferta neta de divisas comerciales, en parte porque su ahorro en los nuevos sustitutos de importaciones es muy magro porque al importarse muy altos porcentajes de insumos o partes. Esto trató de "resolverse" obligando a las empresas a exportar, lo que en casi todos los casos no implicó un aumento de ventas externas, sino tan sólo un cambio de titular. En el trasfondo, las políticas agroalimentarias vigentes privan a la Argentina de exportar no menos de 15.000 millones de dólares adicionales y las de energía llevan a importar innecesariamente unos 5000 millones de dólares. Estos 20.000 millones de dólares ausentes son causa fundamental del cepo cambiario. La magra recepción de inversión directa extranjera también contribuye a la escasez artificial de divisas. La Argentina es hoy sexta en América latina, lógicamente por debajo de Brasil y México, pero también de Colombia, Chile y Perú e incluso de América Central.

Problema cultural

La escasez de divisas financieras se expresa por su parte de diversos modos. Uno es la salida de capitales por el mercado cambiario, cuestión de larga data que ha hecho de la Argentina una economía bimonetaria con activos de particulares en el exterior por 160.000 millones de dólares -34 por ciento del PBI, el doble que todos los depósitos privados y más que todos los activos monetarios domésticos-. Esta salida de capitales promedió los 14.000 millones de dólares por año desde 2008 y, como logro del control de cambios, bajará este año a unos 6000 millones. El Gobierno se empeña en explicar la dolarización como un problema cultural, pero omite decir que esta cultura se ha desarrollado, en los millones de argentinos que pueden hacerlo, para protegerse de la inflación y de las periódicas apropiaciones por el Estado de sus depósitos, bonos u otros activos financieros locales. Cerrando el círculo, cuando hace seis años la Argentina tenía un riesgo país de 200 puntos básicos, similar al de Brasil, comenzó la destrucción política del Indec y el Gobierno se cerró a sí mismo la puerta del financiamiento en los mercados de capitales. Se construyó entonces el relato del desendeudamiento -con aspectos ciertos, pero a veces amañados y exagerados- a costa de renunciar a obras de infraestructura cuya ausencia tiene efectos dramáticos, como los accidentes en el transporte o las inundaciones rurales y urbanas. Además, el desendeudamiento se logró empeorando notoriamente el balance del Banco Central, cuya cartera de préstamos al Gobierno aumentó 110.000 millones de pesos sólo en el último año, lo que se traducirá tarde o temprano en un aumento de la inflación de pareja magnitud, realimentando el retraso cambiario que dio origen a todo esto. Y no debe dejar de mencionarse que el desendeudamiento tiene como contrapartida mayor impuesto inflacionario, que pagamos todos, pero sobre todo los más pobres.

El Gobierno se empeña en explicar la dolarización como un problema cultural, pero omite decir que esta cultura se ha desarrollado, para protegerse de la inflación y de las periódicas apropiaciones por el Estado

Queda claro que la "escasez" de divisas fue creada por la política económica. El anacronismo de este camino se evidencia al recordar que durante muchas décadas el principal factor limitante del crecimiento de la Argentina -y que la rezagó respecto de muchos países, como se mencionó al principio- fue la "restricción externa" originada también en parte en las políticas económicas. Por cierto, durante los cincuenta años que siguieron a la Segunda Guerra también fue determinante en nuestro retraso el proteccionismo agroalimentario que nos impedía competir en lo que éramos mejores y daba lugar a bajos precios de nuestros productos -el famoso deterioro de los términos del intercambio-. Ahora, en cambio, en medio de la bonanza externa más prolongada de nuestra historia nos hemos metido solitos en esta trampa. Y como tal bonanza muy probablemente será duradera, persistirá la tentación de ir pateando los problemas debajo de la alfombra, lo que agrava las cosas.

Las consecuencias de estos cepos ya son negativas, pero lo serán más aún en el futuro si no se corrigen. Hemos pasado de un régimen de crecimiento en los años buenos del 8% a otro del 3,5%. Se empieza a dilapidar así el logro conseguido por la Argentina en las dos últimas décadas, por primera vez en sesenta años, de no rezagarse respecto del mundo, justo cuando llegaba la hora de empezar a remontar la cuesta. La víctima principal es la inversión, y con ella los jóvenes y las generaciones futuras. Las limitaciones cambiarias derrumban el mercado inmobiliario hasta un 40% y la construcción más de un 2%; ellas y las limitaciones a importar hunden 20% las compras externas de bienes de capital; el aislacionismo financiero posterga obras de infraestructura vitales. La caída de la inversión se potencia por la discrecionalidad de la política económica. Vos podés hacer esto, vos no podés hacer lo otro, vaya uno a saber por qué. La caída o la menor acumulación de reservas del Banco Central no ayudará a tranquilizar la demanda de divisas. En fin, tenemos ahora una economía más propensa a la inflación porque ante la ausencia o escasez de competencia importada hay mayor lenidad en el traslado a precios de los aumentos de salarios u otros costos. La recesión de este año moderará este efecto, pero de aquí en más la inflación aumentará aun con un crecimiento modesto.

La raíz del problema

¿Cómo seguirá todo esto, además del adiós al crecimiento rápido? Será creciente la dependencia del precio de la soja y del clima en las zonas productoras de aquí y de afuera porque, dada la endeble inversión, se están debilitando o no se desarrollan motores alternativos de la economía de largo aliento. La demanda de divisas no cederá si no se ataca su causa última, que es la inflación. Atacarla en serio supone que el Gobierno reemplace varios de sus relatos por la verdad; que como todos los países del mundo refleje la realidad en sus diversos índices, comenzando por los precios al consumidor; que como la enorme mayoría de los países del mundo reconozca que aumentar la cantidad de dinero al 35 por ciento anual llevará tarde o temprano a una inflación del mismo orden de magnitud o que subir el gasto público al 48 por ciento del PBI tampoco es compatible con una economía estable. En fin, para hacer la lista corta, deberá reconocer que tarde o temprano la inflación no es buena para el crecimiento, aunque ahora lo parezca porque se ha estabilizado riesgosamente en torno al 25%. Acelerar la devaluación en el mercado oficial, desde menos de un 10% hasta un 19% anualizado como se lo ha hecho en los últimos meses, refleja la sana intención de moderar la apreciación del peso, pero puede terminar agravando las cosas si no se acompaña con medidas estabilizadoras. Debería mirarse a Brasil, que ha devaluado un 35% en algo más de un año con escasísimo impacto en la inflación, y complicando por cierto la competitividad de la Argentina.

Para atraer la inversión necesaria a tales fines deben cambiarse muchas de las políticas económicas en curso, no mirando a ningún pasado

La estabilización bastaría para apagar los fuegos del día, pero para sostener el crecimiento y la mejora social es imprescindible aumentar estructuralmente la oferta neta de divisas con una política de competitividad sistémica que, por ejemplo, dé sustento real a los planes estratégicos que se han presentado para las industrias manufactureras y el sector agroindustrial, hasta ahora catálogos de buenas intenciones. Y es crucial reconocer que, dado que la puja distributiva y la fortaleza sindical son rasgos oscilantes pero permanentes de la Argentina, la propensión al retraso del tipo de cambio siempre estará allí y el único modo de resolverla de raíz o al menos moderarla de modo sostenido es mediante un fuerte aumento de la productividad, lo que requiere atraer mucha inversión en capital físico y en capital humano hacia aquellos sectores más intensivos en el factor trabajo, desde las economías regionales hasta las industrias llamadas sensibles o la propia construcción. Ésta es la clave última de una estabilización exitosa y de una competitividad adecuada. Y es a todas luces evidente que para atraer la inversión necesaria a tales fines deben cambiarse muchas de las políticas económicas en curso, no mirando a ningún pasado, sino al siglo XXI.

  • 2,4%

    PBI

    En 2011 el PBI creció, según el Indec, 8,9%. Hasta el segundo trimestre de 2012 (último dato disponible), el PBI creció 2,4% frente al mismo período del año anterior.
  • 0,9%

    Estimador Mensual Industrial

    En 2011 el Estimador Mensual Industrial (EMI) del Indec creció 6,5%. En los primeros diez meses de 2012 (último dato disponible) el EMI cayó 0,9% frente a igual período del año anterior.
  • 45,6

    Mil millones

    Reservas

    Al cierre de 2011 las reservas del Banco Central eran 46.365 millones de dólares. Al 13 de diciembre de este año las reservas eran 45.676 millones.
  • $4,88

    Tipo de cambio

    Al cierre de 2011 el dólar oficial se cotizó a $ 4,32 (para la venta). Al 14 de diciembre la cotización fue $ 4,88.Del dólar paralelo sólo se tiene datos a partir del 21 de mayo de este año ($5,71). La semana pasada cerró en $ 6,53.
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