Juan José de Soiza Reilly, un cronista y su tiempo

Ernesto Schoo
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9 de enero de 2013  

Todavía resuena en mi memoria el grito con que terminaba sus incursiones radiofónicas: "¡Terminó mi cuarto de hora!" Era don Juan José de Soiza Reilly (1879-1959), periodista de raza, "el primer cronista internacional argentino", como se lo califica en el prólogo de uno de sus libros, y también personaje pintoresco cuando Buenos Aires contaba con varios ejemplares de esa grey de bohemios, habitués de la calle Florida y polemistas de café, tan característica de Buenos Aires a comienzos del siglo pasado. Un amigo generoso me facilita un ejemplar de Las mil y una anécdotas, de Soiza Reilly, donde abundan las referencias al teatro y su gente, de las que extraigo algunas para la columna de hoy.

Sabido es que el magnífico Teatro Cervantes, en Córdoba y Libertad, fue el regalo de la pareja de actores españoles María Guerrero-Fernando Díaz de Mendoza a la ciudad y al país que los recibía siempre con interminables aplausos. Se procuró recrear una ambientación española en tiempos de Felipe II: todos los materiales –azulejos, lámparas, barandillas de hierro forjado, tapizados, muebles– fueron traídos de España y atentos a los mínimos detalles de fidelidad al estilo de la época. Cuenta Soiza Reilly que la mayor preocupación de doña María era: "¿Cómo llamaremos a los retretes, a los excusados? W.C. es en inglés; retrete no es usual en la Argentina; baño, me parece muy ambiguo…". Y pidió ayuda al comediógrafo argentino Enrique García Velloso, quien de inmediato dio con la solución: "Pondrás sendas placas de cerámica que indiquen «Aquí, señoras; aquí, caballeros »". Así se hizo y hasta no hace muchos años las placas perduraron.

Soiza Reilly describe a Garcías Velloso (autor de Eclipse de sol, Fruta picada y tantas otras comedias encantadoras, que de vez en cuando convendría revisar) como un hombre de extrema generosidad, que solía pasar aprietos económicos por ayudar a los demás. Ingenioso, infalible animador de tertulias, jamás pedía nada a nadie, y cuanto mayor era la escasez, con más cuidado se vestía y prodigaba su ingenio. En un tiempo fue empresario de Parravicini, el padre de los Serrador, famosa dinastía de actores. García Velloso atravesaba uno de sus períodos de sequía y le pidió mil pesos a Serrador, a cuenta de una comedia que acababa de escribir, destinada al célebre actor. "Muy bien –le dijo el empresario–, esta noche después de la función, leerás tu comedia a la compañía y, si gusta, te daré los mil pesos". Así se hizo (era Fruta picada y fue un gran éxito al estrenarse) y la lectura fue aplaudida: Serrador abrió su billetera y entregó el dinero al autor, quien enrolló las hojas de su manuscrito y se dispuso a marcharse. Parravicini se le acercó y le pidió: "¿Me permitirías leer algunos pasajes? ¿Cómo hiciste para escribir esa comedia en tan poco tiempo?" A lo que contestó el interpelado: "Todavía no la he escrito, acabo de improvisarla de cabo a rabo". Y le mostró las hojas en blanco.

Según Soiza Reilly, el otro Florencio, Florencio Sánchez, cuando invitaba a sus amigos y colegas a su humilde casa, les enseñaba una pared en que la que había dibujado unos recuadros dentro de los cuales se leía: sala de fumar, salón comedor, biblioteca, jardín de invierno… "Se trata de poner en juego la imaginación –explicaba el autor de Barranca abajo –: por algo escribo teatro".

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