La Trastienda, un clásico porteño

Festejo: el local, que se ha convertido en un centro de la world music , cumple 30 años de su primera versión en Palermo Viejo y seis desde que está en San Telmo.
Gabriel Plaza
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25 de septiembre de 1999  

En este año Buenos Aires ha recibido una larga lista de representantes de la world music, y uno de los centros principales de esta movida es La Trastienda. Por el local de San Telmo han pasado Cesaria Evora, Compay Segundo, Los Van Van, Kiko Veneno y Xavier Ribalta, entre otros.

Gustavo Giannetti, uno de los cinco dueños del lugar y encargado full time , cuenta que en la contratación de estos artistas se mezcla en dosis similares lo que ellos buscan y lo que les proponen. Pero en todo caso lo que ha descubierto con gusto es un nuevo interés del público porteño por las músicas de otros puntos del mundo. "Creo que la world music ocupa ahora el espacio que en los setenta ocupaba el jazz rock. Ha generado una sana curiosidad en la gente; dos años atrás nunca hubiéramos pensado en traer a Martirio", dice, y agrega que, según cree, esta curiosidad ha aparecido luego de que los porteños nos sacamos el gusto de ver a una gran cantidad de artistas internacionales que nunca habían llegado a nuestro país.

La primera Trastienda abrió en septiembre de 1979, en la esquina de Thames y Gorriti y, hasta que cerró, en 1984, funcionó como un lugar alternativo donde podían verse géneros artísticos variados. "La venezolana Cecilia Todd hizo el ciclo más exitoso de aquel local, con siete funciones llenas y no siguió porque tenía compromisos en su país", recuerda Gianetti.

Las primeras épocas

La programación incluía también mucha fusión folklórica -con gente como Manolo Juárez, el Chango Farías Gómez y grupos vocales- y un espacio casi permanente para la trova rosarina. "Otros habituales por entonces eran los uruguayos: Rada, Jaime Roos, Loe Masliah, Los Que Iban Cantando y hasta Falta y Resto estuvo en aquella Trastienda -agrega Gianetti- y muchos cantautores, como Víctor Heredia, Alejandro del Prado, Facundo Cabral; es un género que está debilitado. El día que se presentó aquí Ismael Serrano, hace dos años, yo notaba algo raro, y luego me di cuenta de que en esta nueva Trastienda nadie se había presentado solo, con su guitarra".

El período de 1979 a 1984 no fue un tiempo fácil para este país en el que resonaban las botas y las listas de censura. "Hacíamos autocensura -admite-. Al Quinteto Tiempo, que era claramente partidario del PC, no lo llevé hasta que volvió la democracia, porque me hubieran clausurado. Era una cuestión de olfato; ciertas cosas eran más irritantes que otras y si te manejabas con cuidado podías hacer mucho, pero si te hacías el macho no durabas un segundo".

Paradojicamente, la Trastienda cerró en los comienzos de la democracia. "Se había agotado un ciclo. Los artistas que crecían iban a tocar a otros lados porque el local era muy chico. Y lo que venía era la movida del Parakultural".

Trabajos y proyectos

Otro de los socios, Oscar Feitos, dice que La Trastienda está recogiendo hoy lo que ha sembrado. "Estos seis años sirvieron para posicionar el lugar. Ahora, ya tiene un perfil artístico y una onda artesanal, que es parte de la identidad. Pero a la vez tratamos de incorporar comodidades, como la venta telefónica de entradas o el pago con tarjeta." Entre los proyectos figura la utilización del sótano y el primer piso para nuevas salas y continuar con su sello discográfico, al que ven como un servicio más a la gente, ya que tratan de editar a los artistas que se presentan allí y no tienen discos en la calle.

Pero el principal móvil seguirá siendo traer artistas. En la lista están confirmados para el 14 y 15 el trío de avant jazz Medeski, Martin Wood; la posibilidad de los mexicanos Café Tacuba y, para noviembre, varios latinomaericanos como los chilenos Illapu, los cubanos Santiago y Vicente Feliú y los bolivianos Kjarkas.

Almacén

El local donde funciona actualmente la Trastienda fue antes un gran almacén de ramos generales que estuvo abandonado durante treinta años.

"Se murió el dueño, cerraron el local y así quedó por largo tiempo -cuenta Giannetti-. Cuando llegamos todavía estaban en la caja fuerte los billetes de un peso de 1950 y los libros de contabilidad escritos a mano".

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