Una batalla decisiva, pero que duró apenas 15 minutos

Miguel Ángel De Marco
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4 de febrero de 2013  

Los frecuentes ataques de los buques realistas apostados en la ciudad sitiada de Montevideo, cuya única salida para obtener víveres y comunicarse con el exterior era el Río de la Plata, mantenían en constante zozobra a las poblaciones ribereñas del Paraná y el Uruguay. Tales acciones acrecentaban, además, los peligros de la causa de la libertad, que tenía varios frentes de lucha.

La providencial llegada a bordo de la fragata George Canning, del teniente coronel José de San Martín, con otros militares que habían dejado el ejército español para poner sus espadas al servicio de la Revolución, el 9 de marzo de 1812, constituyó un aporte fundamental para las armas patriotas, ya que una vez aceptados sus servicios por el Primer Triunvirato, el futuro Libertador se abocó a la organización de una unidad militar modelo, los Granaderos a Caballo.

Basado en un estricto código de honor por él escrito, y poniendo en práctica su prolongada experiencia guerrera, en poco tiempo San Martín tuvo en pie de guerra al primer escuadrón, y antes de finalizar 1812 la unidad se halló integrada por los tres que debían componerla.

Los desembarcos de los realistas se hacían cada vez más frecuentes, con la consiguiente intranquilidad y el daño para los pobladores. Ante tal situación, el gobierno ordenó que marchase a interceptarlos y aniquilarlos.

Partió de Buenos Aires el 28 de enero a marchas forzadas, al frente de 120 hombres, siguiendo el camino de las postas a Santa Fe, y en la noche del 2 de febrero llegó a la posta de San Lorenzo, distante 5 kilómetros del convento. Allí encontró los caballos que el comandante militar de Rosario, Celedonio Escalada, había reunido como elementos de refresco o remonta.

Aquella misma noche la columna estuvo en el convento de San Carlos, austero edificio aún inconcluso, y ocupó en silencio los patios traseros.

San Martín, que había prohibido que se encendieran fuegos o se hablara en voz alta, subió a la espadaña y observó con su catalejo la presencia del enemigo. Seguidamente reconoció el terreno vecino y, basándose en las noticias que le había dado Escalada, trazó su plan de combate.

Contaba, además de sus soldados, con 50 milicianos de los Arroyos, y tenía conocimiento de que el capitán realista Antonio Zabala poseía 250 soldados. Pero a pesar de la superioridad numérica, estaba seguro de triunfar.

Poco después se produjo el desembarco de los incursores. El coronel ordenó no disparar un tiro a los granaderos apostados a ambos lados del convento, para no alertar al adversario.

El desenlace se produciría a sable y lanza. San Martín atacaría al enemigo de frente, mientras su segundo, el capitán Justo Germán Bermúdez, tras practicar un rodeo, caería sobre el flanco de los infantes para impedirles la retirada.

La sorpresa abatió a los realistas, que, sin embargo, resistieron valientemente.

El combate duró sólo quince minutos, pero puso en riesgo la vida del jefe patriota, a quien salvaron sus soldados Juan Bautista Cabral y Juan Bautista Baigorria.

Los españoles, desmoralizados y deshechos, comenzaron a replegarse hacia la barranca con sus muertos, heridos y cañones, mientras procuraban formar cuadro. En aquellos momentos la escuadrilla al mando del corsario Rafael Ruiz rompió fuego desde el río para proteger la retirada.

Los últimos dispersos españoles se lanzaron en fuga precipitándose por el despeñadero.

Los granaderos tuvieron 27 heridos, 15 muertos y un prisionero, y los realistas 40 muertos y 13 heridos. Además dejaron dos cañones, 50 fusiles, cuatro bayonetas y una bandera.

Finalizada la acción, el coronel suministró víveres frescos para los heridos enemigos y a la sombra de un pino que aún se conserva redactó el parte de la victoria.

Dice Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación s udamericana que el triunfo pacificó el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, dando seguridad a sus poblaciones; mantuvo expedita la comunicación con Entre Ríos, que era la base del ejército sitiador de Montevideo; privó a esta plaza de auxilio de víveres frescos con que contaba para prolongar su resistencia; conservó franco el comercio con el Paraguay, que era una fuente de recursos, y, sobre todo, dio un nuevo general a sus ejércitos y a sus armas un nuevo temple.

Así, la fulmínea acción guerrera alcanzó gran trascendencia estratégica, más allá del reducido número de combatientes que se enfrentaron en ella.

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