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Juan Carlos Puppo, un señor actor

Participa en ¡Viva la copla!, que repasa el repertorio de la música popular española
Silvina Ajmat
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11 de febrero de 2013  

Lo que llama la atención de inmediato en una cita con Juan Carlos Puppo es su elegancia. Como un caballero de los de antes, esos que llevan dos pañuelos en el bolsillo para ofrecerle uno a la mujer, que regalan rosas y caminan siempre del lado de la calle, atento y protector, así se presenta y así le enseñaron a comportarse. Con 78 años y más de 60 de profesión, mantiene la alegría de trabajar indeleble y es capaz de mirar atrás y sonreírle al pasado. ¿Quién pudiera hacer como él? "Sé que soy un afortunado. Estoy feliz, pleno, realizado. No te puedo explicar la paz interior que tengo".

Con el pecho henchido de un orgullo bien habido, dice que desde los 17 años nunca paró de trabajar, y la expectativa ante el estreno de su nueva obra lo llena de alegría. Hoy subirá a escena en el Astral ¡Viva la copla!, que repasará un amplio repertorio de la música popular española, y que lo tendrá entre sus protagonistas bajo la dirección de Jorge Mazzini. "Para mí subir al escenario es como el primer día: un momento sublime", agrega el actor que nació en Buenos Aires y se crió en Pergamino con la convicción de convertirse en un artista.

Era adolescente cuando lo decidió. Pensaba hacer todos los sacrificios necesarios. Empezó viajando tres veces por semana a la Capital para asistir a su primer curso. Cuenta que a las 4 de la mañana tomaba un tren, que almorzaba en la casa de su "amada tía Yolanda"que vivía acá, asistía a clases y a las 17 tomaba el tren de regreso a Pergamino. "Mi papá se preocupaba porque pensaba que si me dedicaba a esto no tendría para comer. Pero siempre me apoyaron."

Si se repasa su haber, las obras en las que participó llegan al centenar, pero se considera un "profesional" desde 1970, cuando estrenó la obra Hablemos a calzón quitado. Hacía 15 años que vivía en Buenos Aires intentando ganarse el pan con el teatro infructuosamente. "Fui sereno en un hotel. He vendido diarios, he limpiado oficinas, luego hice un curso de pedicuría y encontré un nicho. Iba a domicilio y fue fantástico porque no todo el mundo quiere hacerlo, y tenía muchos clientes", recuerda, divertido con su propia inventiva.

Desde el principio aprendió a cantar y bailar por lo que pronto se convirtió en una figura clave para el teatro musical que en los 70 comenzó a desarrollarse con fuerza en la Argentina. Con entusiasmo, cuenta que siempre disfrutó muchísimo de la instancia de casting. "No me causa nervios, me gusta porque es un desafío. Y cuando me dicen que no, no pienso que no sirvo, para nada. Yo soy buen actor, y cuando no me eligen es porque no soy el indicado para ese personaje", asegura. Con esa seguridad recibió expectante la convocatoria de Alfredo Zemma para interpretar el personaje más importante de su carrera: el protagonista de Cabaret Bijou, en 1975. "Después de ensayar un mes, renuncié. Me sentía muy incómodo. Era ridículo lo que hacía. Pero Zemma me dijo: «Yo no te voy a reemplazar. Lo voy a hacer yo hasta que vos comprendas que no podés dejar este espectáculo porque va a ser una de tus principales actuaciones en teatro». Volví a mi casa y al cabo de unos días me preguntó mi familia qué estaba haciendo. Conté lo que estaba pasando y mi papá y mi hermano me dijeron que no podía renunciar a un personaje, que si esto era mi carrera, tenía que hacerlo. Me insistieron y volví. Y gané el premio Molière y las críticas más grandes que tuve en mi vida". El travesti que configuró para la obra fue aplaudido de pie, y lo catapultó al éxito.

Fuimos cuatro argentinos los ganadores del premio ese año, y preparamos una obra juntos que repasaba fragmentos de obras del teatro nacional para presentar en París. Cuando Cancillería supo que teníamos ese proyecto nos propuso presentar la obra en distintas ciudades de Europa. Viajamos durante dos meses. Lo que vivimos en esos días es para un libro aparte".

Hoy son pocos los sueños que le quedan por cumplir y no piensa dejar de actuar. "Una obra que quiero hacer es La muerte de un viajante, pero hace poco la hizo Alcón? Hay que esperar que pase un tiempo", dice, y se ríe por su propia perseverancia. Sabe que tarde o temprano lo hará, será el viajante que creó Arthur Miller en esa obra magnífica y también sabe que lo hará con pericia. "Con el paso de los años, lo que intento es no perder la verdad. Hay que tener la imaginación y la sensibilidad siempre trabajadas. Crear los personajes con imágenes, con emociones, porque lo que interesa es lo que sentís al decir cada palabra. Y hay que tener vivencias para darle vida al personaje. Por eso nuestra profesión es tan mágica. Y por eso me hace sentir pleno".

¡Viva la copla!

Dirección: Jorge Mazzini

Teatro Astral (Corrientes 1639)

Funciones: Lunes, martes y miércoles, a las 21. Desde $ 140

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