Benedicto XVI: cuando la renuncia marca una virtud

La dimisión del Papa debe ser interpretada como una inteligente visión de la historia y una humilde aceptación de los límites humanos
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16 de febrero de 2013  

En latín, la lengua tradicional de la Iglesia romana, Benedicto XVI anunció un gesto revolucionario que marca un antes y un después en la praxis y en la concepción misma del papado. Una resolución que se contradice con la acaso injusta definición de este papa como "conservador" y "dogmático". Su predecesor, Juan Pablo II, sostenía que renunciar era como abandonar la cruz : y así lo recordó, algo perplejo ante los hechos, su ex secretario y actual cardenal arzobispo de Cracovia, Stanislaw Dziwisz. Sin embargo, la clave para comprender en profundidad la decisión de Joseph Ratzinger quizá requiera atender a su preclara racionalidad y al valor que le otorga a la conciencia personal, legado de la mejor modernidad. En efecto, escribe en su editorial la revista Civiltá Católica -la publicación romana de los jesuitas, considerada en privilegiada "sintonía" con la Santa Sede- que "el Papa renuncia al ministerio petrino no porque se siente débil, sino porque advierte que están en juego desafíos cruciales que requieren energías frescas". Y remata: "Al renunciar al pontificado, Benedicto XVI está diciendo algo a la Iglesia de hoy: la invita a no temer, a dedicar sus fuerzas para abrirse a los desafíos y a no temer la rapidez y el peso de los cambios".

Significativamente, en una carta de lectores publicada por LA NACION en estos días, señalaba con acierto Eugenio Guasta que esta medida extraordinaria transforma el gran rechazo que Dante Alighieri condena "per viltá" en su Divina Comedia , en alusión al papa Celestino V, quien le deja abierto el camino a Bonifacio VIII. Con Benedicto XVI, en cambio, la renuncia adquiere la entidad de virtud: la dimisión responde a una inteligente percepción de la historia y a una humilde aceptación de los inevitables límites humanos. Con la renuncia de este papa, anunciada con voz débil y sin ningún énfasis, para sorpresa del puñado de cardenales que lo escuchaba, Benedicto XVI planteaba una nueva manera de concebir la autoridad y de hacer efectivo el servicio en la Iglesia. Renunciar es una manera de poner las cosas en su lugar: para una persona hondamente espiritual como lo es Ratzinger significa que los hombres, cumplida la faena -parafraseando a Jorge Luis Borges- pasan y luego son la Iglesia, su historia, la que con renglones torcidos el Señor escribe derecho.

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Por otra parte, nadie puede minimizar los desafíos que supo afrontar este pontífice, cómo abordó con decisión el escándalo de la pedofilia, las divisiones internas, el desgobierno de la curia romana y el diálogo ecuménico e interreligioso. Muchas veces no comprendido o malinterpretado, prefirió siempre pedir perdón. Ciertamente, muchos considerarán que dejó la tarea a medio camino, que no supo llegar hasta el fondo de la cuestión. En parte, debido a su carácter tímido y reservado; en parte, a la resistencia de viejos purpurados acostumbrados al poder de la burocracia romana y, en parte, a su precaria condición de hombre de gobierno.

Joseph Ratzinger es fundamentalmente un intelectual; en esa esfera se mueve con seguridad y agudeza, como un pez en el agua. Pero no hay que olvidar que con realismo práctico aceptó su condición y sus límites, nunca quiso imitar a Juan Pablo II, líder lleno de magnetismo y de carisma. Incluso, para conocer a Ratzinger es mejor leerlo que escucharlo. Es mejor su prosa que su frágil figura mediática.

El tema de la edad no es indiferente para la conducción de la Iglesia. Por el contrario, resulta un factor de suma importancia en la actualidad. El gobierno de una institución tan universal y compleja como la Iglesia Católica exige energías con las que la ancianidad no cuenta. En efecto, muchos dirigentes religiosos son jóvenes todavía, empezando por el líder de la Comunión anglicana y primado de la Iglesia de Inglaterra, el arzobispo Justin Welby, de 57 años. Y siguiendo por el patriarca armenio que fue elegido con 48 años; el nuevo papa copto que tiene 60; Kiril I de Moscú, 66; el nuevo patriarca de Antioquia, 56, mientras que la autoridad de los ucranianos católicos fue elegida con 41 años.

Por otra parte, no podía pasar inadvertida para un gran conocedor y amante de la liturgia como lo es Benedicto XVI la significación de anunciar su renuncia en Cuaresma y dejar que festeje la Pascua su sucesor.

En sus últimos mensajes, Joseph Ratzinger ha vuelto con decisión y sin dudas al Concilio Vaticano II, del que participó siendo un joven perito junto al suizo Hans Kung. El Concilio debe ser llevado adelante, dice este papa, falta mucho por hacer, fue el gran acontecimiento de la historia de la Iglesia contemporánea y constituye su horizonte más esperanzador. La Iglesia, después del largo pontificado de Karol Wojtyla y del relativamente breve del actual pontífice, redescubre en el concilio de Juan XXIII y Pablo VI el gran acontecimiento del Espíritu en la historia de la Iglesia.

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