El bondage y otras rarezas sexuales abren la puerta del closet

Tras el boom de Cincuenta sombras de Grey, los aficionados a juegos de poder que hasta hace poco se consideraban un tabú ganan visibilidad
Matt Haber
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9 de marzo de 2013  

NUEVA YORK.- Hace unos días, un viernes por la noche, un grupo de gente hacía fila en Paddles, un club nocturno sin cartel, en West 26th Street de Nueva York. Dos sesentones discutían la situación del mercado inmobiliario y un par de veinteañeras mandaban mensajes de texto antes de descender los dos tramos de escalera que los separaban del subsuelo, donde funciona el boliche.

Paddles es un "espacio seguro" para cumplir fantasías eróticas, específicamente las fantasías de BDSM, o sea, bondage (juego con cuerdas y ataduras), disciplina, dominación, sumisión, sadismo, masoquismo y otras sopas de letras que definen ciertas prácticas sexuales que hasta hace poco eran mayormente secretas y no se mencionaban en situaciones sociales convencionales.

Pero debido en parte al éxito editorial de la trilogía de E.L. James, Cincuenta sombras de Grey (65 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, según el Publishers Weekly), los aficionados a los juegos de poder en la práctica sexual, que suelen referirse a sí mismos como kinky (una mezcla de raro, perverso y fetichista), concitan la atención pública como nunca antes.

El mes pasado se estrenó en el festival de cine independiente Sundance el documental Kink , dirigido por Christina Voros. El Hollywood Reporter la calificó como "una película amable sobre un montón de personas normales que se hacen cosas terribles unas a otras frente a la cámara por dinero". Frases como "palabra de seguridad" (la clave que indica al otro cuándo detenerse) forman parte cada vez más de la cultura popular: en la exitosa serie Portlandia , de IFC, un personaje sensible repite "cacao", su palabra de seguridad, incluso cuando su novio está dormido.

Los kinksters de la vida real se preguntan si se acerca el tiempo en que, como ocurrió antes con la comunidad gay, puedan salir del closet y llevar una vida más abierta e integrada a la sociedad. Al parecer, ese momento todavía no llegó. Aunque el Harvard Munch Club, un grupo social de alrededor de 30 alumnos que se interesan por lo kinky , fue reconocido oficialmente por la universidad en diciembre pasado, su presidente y fundador, de 21 años, pidió no revelar su nombre. El joven dijo que en el campus de la universidad no había encontrado "una sola reacción negativa" y que había recibido mensajes de ex alumnos que le expresaban su solidaridad.

De todos modos, para quienes sólo encuentran hostilidad en el mundo exterior, hay muchos entornos privados que les dan la bienvenida. En el interior de Paddles, de paredes negras, hay un mural que muestra el dibujo de una mujer en botas rojas, con el taco aguja apoyado en la espalda de un hombre. El bar no vende bebidas alcohólicas, sino café, gaseosas y helados, lo que confiere una atmósfera inesperadamente sana. Frente a la barra, hay un exhibidor de raquetas, látigos y otras herramientas a la venta. En los numerosos recovecos y vericuetos del club pueden encontrarse arneses, cadenas, jaulas y bancos, donde los participantes pueden reunirse y convertir en realidad cualquier "escena" que hayan acordado.

"Una de cada cinco personas que viene a nuestros encuentros dice ser novato y que después de leer Cincuenta sombras de Grey se le despertó algo y quiere experimentar", dice un hombre que se identifica como Viktor, de 49 años, que se dedica al marketing y fundó el DomSubFriends, un grupo que educa sobre las prácticas BDSM.

Para quienes todavía no están listos para explorar en público, existen los sitios online como Alt.com, y redes sociales como FetLife. Fundado en 2008 y con sede en Vancouver, sumó 700.000 nuevos miembros el año pasado, superando los 1,7 millones de asociados, según Susan Wright, administradora del sitio.

Es comprensible que los kinky busquen refugio en el anonimato que ofrece Internet: sus preferencias sexuales pueden convertirse en un tema serio, por ejemplo, en la batalla por la custodia de los hijos, o ser causal de despido. "Algunos terapeutas te dicen que es una patología", explica el doctor Charley Ferrer, psicólogo clínico de Manhattan y Staten Island y autor de BDSM: The Naked Truth ("BDSM: la verdad desnuda"). "La mayoría de la gente cree que el BDSM es una forma de abuso, pero la violencia doméstica no tiene nada que ver con la dominación y la sumisión. Son cosas totalmente distintas."

Muchos grupos de aficionados consideran que es fundamental generar conciencia para que la gente deje de lado sus prejuicios y también para que las prácticas entre los adeptos sean más seguras. Sugieren que el diálogo abierto y las negociaciones previas, lejos de alentar la crueldad, generan relaciones más respetuosas y sólidas. "Uno arranca así, hablando de sexo y de la seguridad de la práctica", explica Cheri, una divorciada de 47 años y madre de un hijo ya adulto, que trabaja en la industria del espectáculo y que pidió ser identificada sólo por su nombre de fantasía. Cualquiera que hubiese visto a Cheri tomando té de manzanilla en el Tea Lounge de Brooklyn, jamás habría imaginado que ella llama a su joven novio "señor", ni que él la llama "mascota", un detalle que ella comparte con sonrisa de niña.

Ferrer plantea que sus clientes BDSM suelen comunicarse mejor. Algunas parejas, incluso, redactan un contrato, tal como puede verse en Cincuenta sombras de Grey . "En el mundo del sexo convencional, hasta que la pareja de uno no mete la pata, nadie establece las reglas -opina Ferrer-. Pero en las relaciones de dominación-sumisión, se habla todo el tiempo, es necesario comunicarse constantemente. Hay tal grado de comunicación que las parejas son mucho más duraderas."

Como el caso de Deb y Sara (antes llamado Mike), una pareja de Brooklyn cuyo primer encuentro fue tan bueno que terminaron en Home Depot comprando sogas y cadenas para luego jugar en el estacionamiento, adentro de la camioneta de Mike. Ahora llevan 13 años de casados y dicen haber explorado juntos todas las facetas de la sexualidad, incluido el uso de corriente eléctrica, cuchillos y otras herramientas potencialmente peligrosas, en una práctica que para algunos puede ser border . Deb, de 55 años, dice que ella y Sara, de 41, han logrado tal grado de confianza que ya no necesitan usar la "palabra de seguridad": son capaces de percibir los límites del otro por la respiración y otras señales no verbales. Pero es imposible saber aún si personas como Deb, Sara o Marie alguna vez se sentirán cómodas saliendo de closet .

"Cuando hablo con la gente acerca de la posibilidad de salir del closet , siempre digo que hay que pensarlo mucho, porque cuando uno ya lo dijo, por más que luego abandone esas prácticas, no hay vuelta atrás", opina Lee Harrington, de 33 años, educador sexual y coautor, con Mollena Williams, de Playing Well with Others: Your Field Guide to Discovering, Exploring and Navigating the Kink, Leather and BDSM Communities ("Jugar bien con los demás: una guía de campo para descubrir, explorar y experimentar en las comunidades kink , cuero y BDSM").

Traducción de Jaime Arrambide

Por: Matt Haber

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