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El arte como mercancía

La crítica alemana Isabelle Graw estudia los modos de comercialización de las obras de arte contemporáneo, desde el circuito de galerías hasta la función del marchand, y las causas de su legitimación
Américo Castilla
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15 de marzo de 2013  

¿Es cierto que algunas galerías venden arte contemporáneo a precios tan altos como los de un Van Gogh? ¿Cuáles galerías? ¿No fueron reemplazadas por las casas de remate? O más bien: ¿tiene sentido que algunos artistas aspiren a participar del desfile de empresarios billonarios, o que otros de sus colegas persistan en mantenerse alejados de las reglas del mercado? Preguntas a partir de las cuales reflexiona Isabelle Graw en su libro¿Cuánto vale el arte? Mercado, especulación y cultura de la celebridad, y que ponen en foco los dilemas del valor de la cultura. A Marx ya le resultaba arduo distinguir entre el precio y la magnitud del valor cuando intervenía el carácter simbólico, no mensurable en términos de mercado. El precio de mercado de una obra difícilmente determine su valor simbólico, pero sin duda tiene la capacidad de influirlo. La contribución mayor de este libro es la de analizar estos fenómenos sin rechazar ni sublimar el mercado, que, al decir de Graw, envuelve como una red toda la dinámica social y también, como toda red, pierde el control sobre algunos de sus agujeros.

Como profesora de teoría estética e historia del arte en la Städelschule de Frankfurt y directora de la revista de crítica de arteTexte zur Kunst, Graw tiene buen manejo no sólo de las ideas actuales en discusión, sino también del mundillo de celebridades que ascienden y descienden al ritmo de losbooms o contrabooms del mercado del arte. Esta combinación de formación teórica y experiencia directa facilita y sostiene conceptualmente una lectura amena. Desde su visión globalizadora, Graw advierte la diversidad cambiante de las alianzas entre el mercado, los artistas, los críticos y los coleccionistas a tal punto que el mercado minorista, que caracterizó al mundo de las galerías como las conocemos en la Argentina, tiende a perder peso por el efecto de las industrias corporativas -a la manera de la industria cinematográfica o editorial- como lo ejemplifica la hipergalería Gagosian. A su vez, cuando ya resultaría imposible volver a coronar en su trono a un modelo de crítico todopoderoso como Clement Greenberg, la influencia del crítico se amortigua y la tradicional alianza galería-crítico, impulsora del reconocimiento de la obra de sus artistas, intentaría reemplazarse por otros ejercicios de supervivencia que incluyen el fenómeno de galerista con dotes intelectuales o los artistas con vocación de marchand. En el otro extremo, las casas de subastas respaldadas por redes de contactos, investigadores de arte que cumplen funciones como en un museo e inversiones globales promueven no sólo a las obras exitosamente sino también al artista estrella. No es extraño que esa figura mediática del artista sea en ocasiones actor de su propio discurso como culminación de una carrera de celebridad. Esta última figura coincidiría con el prototipo del hombre moderno exitoso: individualista, móvil, inconformista creativo, que resulta imprescindible para las publicaciones comoVanity Fair y últimamente también para diarios más formales, lo cual realimenta el ciclo de rendimiento comercial.

El concepto de valor simbólico del arte habría dejado de ser un privilegio de su especie y es hacia donde apuntan los productos comerciales que aspiran a identificarse con las ideas de exclusividad, originalidad y escasez. Cuando la funcionalidad de un objeto de consumo es subsidiaria del valor simbólico de identidad de su consumidor con un mundo de aceptación social, el grado de aproximación de ese producto comercial con el inapresable enigma del arte le exige a Graw poner las cosas en claro: ve necesario diferenciar el valor del mercado del valor de conocimiento y oponerse al dualismo simplista de arteversusmercado. Graw opina que cuanto más el artista reniega del mercado y atribuye significado a obras no fácilmente comerciables, más se fortalece el conjunto del mercado. En otras palabras, son esas obras las que dinamizan con sus novedades el circuito de la compra y venta. Viene a cuento el sonado éxito de mercado del artista León Ferrari luego de que su exposición -crítica de la investidura papal y del accionar histórico de la Iglesia católica- fuera clausurada hace unos años en el Centro Cultural Recoleta. Un artista con una obra consistente llegaba a sus ochenta años no habiendo vendido prácticamente nada, y esa conmoción pública elevó sus precios a niveles inéditos. Un admirador de su obra lo felicitó por el inesperado éxito comercial: "León -le dijo-, ¡sos rico!". "Sí -contestó-, gracias a Dios."

Ese acontecimiento involuntario, ya que Ferrari es un ejemplo de los que Graw describe como artista de artistas, e impensadamente exitoso, se contrapone con los que, como Schnabel o Koons, adoptan posturas teatrales dignas de la columna de chismesscene& herdde la revistaArt Forum. Isabelle Graw cita con humor a ese juego de palabras, que bajo el sonido aparente de "visto y oído" hace referencia a la "escena y rebaño" que caracteriza a ciertos círculos de la celebridad del arte contemporáneo.C

¿Cuánto vale el arte?

Isabelle Graw

Mardulce

Trad.: Cecilia Pavón y Claudio Iglesias

213 páginas

$ 105

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