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Marcos López, latino y pop

Pinturas, esculturas, collages, afiches y objetos reunidos en Debut y despedida con montaje de Nadia Kossowski y Yanina Moroni, directoras de su taller, en una gigantesca instalación que recupera los temas, la estética y la visión del artista santafecino, cultor del barroco nativo, caminador de América Latina, retratista soberbio de humor ácido
Leopoldo Estol
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15 de marzo de 2013  

Se ve un cruce de calles en Constitución donde todos los transeúntes portan algún producto de una importante marca de indumentaria deportiva: el bolso, el buzo, zapatillas, remera. Paradójicamente, es pleno día y el local de la marca está cerrado. Su marquesina se ve deteriorada, al igual que la senda peatonal que desde la toma -ligeramente elevada- se nota mucho; de hecho, la calle está muy castigada. Nada de esto repercute en la actitud de los que pasan orgullosos y ensimismados en sus andares. Otra toma jugada en esa barroquísima quimera de fotos propias, superpuestas en algo que bien podría ser un altar o un ensayo de rascacielos con el que Marcos López recibe a la multitud en el Centro Cultural Recoleta. Se trata de una foto muy reproducida que data de los años noventa. Una chica con guantes naranjas de lavar los platos, delantal celeste y labios pintados en plena 9 de Julio posa con mirada mansa y máscara de Estatua de la Libertad, detrás -en la precisa profundidad de campo- aparece un cartel de American Airlines: "A New York sin escalas".

Así de ambiguo es Marcos López cuando fuera de su guarida entra en un éxtasis compositivo-creativo que detona una hambrienta búsqueda de nuevos hitos. Signos, citas, símbolos, dichos, leyendas y humores, todo entra y todo se revuelve en ese gran torrente de vitalidad que es su obra. Que bien lo ha visto armar un set y fotografiar a gusto o improvisar una postal al costado de la ruta con lo que hay: una revista Caras que habla de la reconciliación o una máscara de hule de Cavallo. Si bien ésta, su última muestra, lo ha traído del lado de la pintura y las instalaciones, estirando sus recursos de manera notable en una gimnasia que entretiene y cautiva por su versatilidad, que resuena en parecidos con toda una época y sus experimentos (los años ochenta), y en donde se arriesga su franca ambición de contar una única gran historia. ¡Vaya cometido! Afortunadamente para su salud, no es solamente un hombre sino también un equipo de trabajo, no es solamente una obra sino más bien la potestad y el atrevimiento para tomar piezas y ponerlas en juego.

Pintando pósteres de museos a lo loco, no es difícil imaginar al artista como esos pocos afortunados que entran en el supermercado de la vida sin límite de gastos y van metiendo en el carrito de aquí y de allá sin pensar, dejándose llevar. Un video alberga un pequeña casita que oficia de centro geográfico de la exposición; desde allí se asoman los padres del artista contando anécdotas y mañas.

A pocos pasos de allí, una extraña transfusión conecta un yaguareté guaraní, bellísima artesanía- trouvée , con un tigre asiático, y en ella la conexión cultural se vislumbra igual de misteriosa que el horizonte del Río de la Plata atravesado por grandes barcos que transportan miles y miles de herméticos contenedores.

La pregunta por el origen que alguna vez habrá hecho sonrojar a alguna madre descolocada se presenta de nuevo y es una duda que resuena con la inocencia de los niños, en el relato -qué trajín querida palabra- que presenta Marcos López a través de sus caudillos (su Andy Warhol y su Evo Morales).

¿Y si, finalmente, este continente fuese tan sólo una única y amplísima franja de tierra? La Inca Kola, la gaseosa que en el Perú es imbatible, se recorta en una trama publicitaria con puntos de colores intensos como los que inmortalizó Roy Lichtenstein. Y vuelve a reformularse el cuento cuando en un momento de máxima euforia pop un grupo de soldados intenta embanderar la azotea de un edificio con los colores aimará.

La mirada de los inmigrantes reluce en esta Argentina rara que desde el principio es la Argentina del Pop Latino . Un pop más crítico, distinto del que trasmiten las radios (Ricky Martin o Shakira), que no duda en poner la Villa 31 detrás de un muro alambrado y cubierto de botellas rotas, lo mismo que un cartel publicitario que funciona como trampa para el embelesado espectador. Con un cinismo parecido al de sus retratos de antaño, Marcos amplía la zona de conflicto en instalaciones que funcionan como espejitos retrovisores, de algo de lo que nadie quiere hacerse cargo. Después de todo, la villa está a tan sólo 300 metros de la obra.

Haría falta volver a definir la felicidad -así como propone la parafernalia con su aviso-, la belleza y sus infinitos matices, tantas bellezas como miradas. Miradas que, confiadas ,se entregan a ese sujeto difícil de clasificar que es el artista y aceptan. Como Héctor, el mártir, que en su brevísimo y bello restaurante criollo de Avenida Las Heras, justo frente al parque, tiene su retrato colgado y en su corazón clavado un cuchillo. Cuando el cronista le pregunta el motivo de infringirse tamaña molestia, él responde: "Son 400 años de pérdida", y no lo dice con angustia, lo dice con ternura al ser partícipe de este juego más grande.

Rumbo al final de la nota, nos encontramos cara a cara con Marcos López y lo consultamos acerca de su última transmutación en pintor, escultor, en un artista que ya no sabe de fronteras. Pletórico, estalla en argumentos: "Es una compulsión energética. Con una necesidad de abarrotar y sacarme de encima físicamente mis ampliaciones fotográficas y una necesidad barroca excesiva, museográfica y una sensación de colapso ecológico universal que me tiene preocupado".

Es arduo, por no decir malvado, no simpatizar con un ser humano como Marcos en su manera de encarar la vida siendo partícipe de cada hecho singular, husmeando la cultura como perro, sus huellas y su festividad, todo en su mirada parece estar rebosante de algo más. Marcos López se desdobla y se parodia a sí mismo, volviendo a elaborar sus fotos en pinturas ricas que son collages y visiones naïve .

El desdoblamiento es una facultad propia de la práctica artística, pero desde una vereda ciudadana uno se pregunta si esa lógica esquiva en la que uno elige retratar el conflicto social y a la vez el encanto del paseante flâneur es una opción sustancial de contribución al orden democrático. Después de todo, el arte estalló en mil pedazos a la luz de teorías como la de Arthur Danto, pero el filo actual más perspicaz es definirse en un sentido concreto de colaboración; es decir, no sólo en lo múltiple del mundo actual sino a favor de un cambio posible. La posición de Marcos López al respecto es aún ambigua, lo que resuena al salir de la Sala Cronopios como una razón y una distancia ciertamente melancólica.

  • Ficha. Debut y despedida. Obras 1978-2012 en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930), hasta el 31 de marzo. De martes a viernes, de 14 a 21. Sábados y domingos de 12 a 21. Gratis
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