La misión de Francisco

Arturo Prins
Arturo Prins PARA LA NACION
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14 de marzo de 2013  

La elección del nuevo papa, que tomó el nombre de Francisco, nos remite tanto a San Francisco Javier como a San Francisco de Asís, impregnados ambos por el espíritu de pobreza, oración y predicación.

Pero el papa Francisco -que ya como cardenal Jorge Bergoglio viajaba en subte cuando estaba en Buenos Aires y en Roma rechazó el auto oficial para ir a las reuniones con los cardenales- tendrá ante sí dos funciones: Romano Pontífice de la Iglesia Católica y jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Será guía religioso, a la vez que jefe de gobierno.

Impresiona esta metamorfosis de la Iglesia: en sus comienzos sobrevivió a persecuciones y sufrió el martirio, ajena al poder temporal. Durante la cristiandad europea medieval, papa y emperador eran cabezas del poder sobre la Tierra, pero con la separación de estos poderes y el surgimiento de las naciones, la Iglesia fue tomando formas de gobierno seculares, proceso que culminó con el Pacto de Letrán (1929) cuando Italia le reconoce la posesión del Vaticano.

El papado conservó así lo propio de una monarquía absoluta vitalicia, y la Iglesia, el Vaticano, creó las estructuras de un país, el más pequeño del mundo: estableció un idioma oficial, el latín; creó una bandera, un escudo, un himno nacional y un Banco Vaticano. Desde 1870 emite moneda: la lira pontificia o vaticana y, por un acuerdo, Italia le acuña ahora euros con diseño propio. Emite sellos postales. Para la seguridad y vigilancia creó un cuerpo militar (Guardia Suiza Pontificia), otro de policía, otro de gendarmería y un cuerpo de bomberos. Construyó una estación ferroviaria, un helipuerto, una central telefónica, una radio y un centro de TV.

Francisco conducirá, así, una Iglesia por mandato evangélico y un Estado por circunstancias históricas. Y lo hará con plenos poderes. ¿Qué fundamento bíblico tiene esta doble función del papado? ¿Qué relación con el espíritu de pobreza de los santos mencionados?

La Santa Sede tiene personería jurídica y es sujeto de derecho internacional, con representantes diplomáticos en 177 países y observadores en organismos internacionales. Otorga la nacionalidad vaticana, por concesión (no por nacimiento), a sus empleados y diplomáticos, que se añade a la de origen y se pierde cuando éstos cesan en sus tareas. Otorga patentes a los autos de sus habitantes y funcionarios. Y un dato pintoresco: como cualquier país, el Vaticano tiene un seleccionado de fútbol y, desde 2007, realiza su propio campeonato.

Pareciera necesaria una renovación del papado; un retorno al espíritu de los primeros siglos, pues no habrá reforma de la curia como todos piden si no se renueva el papado. Aquélla es consecuencia de éste.

En la mencionada metamorfosis de la Iglesia Católica influyó Europa, su cultura, sus formas de poder y gobierno, que, consciente o inconscientemente, penetraron en la Iglesia. De los 263 papas, 252 fueron europeos; sólo once no lo fueron. Por primera vez, llega un papa latinoamericano, de otro continente, que podría iniciar la mencionada reforma. Esto no quiere decir que la Iglesia se desencarne del tiempo. Ella es a la vez espiritual y temporal, pero debería acotar la dimensión terrenal y acrecentar su misión profética, evangélica.

Es casi providencial y hasta constituyó una sorpresa que haya surgido un papa del continente que alberga la mayor cantidad de católicos. Quizá los cardenales tuvieron en cuenta este hecho, pero sería conveniente establecer que los cardenales electores representen proporcionalmente en el Colegio Cardenalicio a los fieles de cada lugar. Europa aún predomina en el número de cardenales.

Conviene recordar también el paso inteligente e innovador de Benedicto XVI, que contradijo la histórica idea del papado vitalicio. Quizá sea el disparador de una norma que acote el tiempo de gobierno de los papas. Sólo cuatro papas dimitieron. Para Juan Pablo II la renuncia afectaba la esencia del papado. Pablo VI, en sus diálogos con Jean Guitton, decía: "Si no es habitual que un papa se retire antes de morir, es porque no se trata sólo de una función, sino de una paternidad. Y no se puede dejar de ser padre".

En mis años de estudiante de teología leíamos a Ratzinger como un teólogo de vanguardia. A Benedicto XVI lo desbordó el Ratzinger que señala el camino de una Iglesia y un papado necesitado de cambios. Él mismo ha dicho que el verdadero Concilio está por venir y llamó "a renovarse y vivir en el amor". A Francisco le toca llevar adelante esta misión.

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