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Lejos del poder, cerca de la gente

Roberto Bosca
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14 de marzo de 2013  

Todavía no me lo puedo creer: un papa argentino. Hasta ahora pensábamos que Dios era argentino, pero parece que ni eso fue suficiente. Dios mío, quién nos aguanta ahora. Alejandro Grimson, autor de un reciente y lúcido ensayo sobre las mitomanías argentinas, se olvidó de ésa. No, Dios no es argentino, pero ahora nadie nos va a negar lo contrario: lo certificó el Espíritu Santo en el cónclave.

Cuando la figura de Francisco se dibujó en el dintel y los dos pilares del balcón de la Basílica de San Pedro, no fueron pocos los que se restregaron los ojos pensando que estaban viendo algo irreal. Pero sí, no había ninguna duda, era él; eso sí, vestido de blanco. Si la renuncia fue una sorpresa mayúscula, ¡imaginate ésta, che!

Es que el elegido directamente no figuraba ni en las encuestas de los vaticanistas y no fue votado ni a placé, ese modismo argentino para designar al caballo que ocupa el segundo o tercer puesto en una carrera. A lo sumo, algunas voces recordaron el rumor sobre su performance en el cónclave anterior. En ese mismo lenguaje popular, si Benedicto XVI pateó el tablero, Francisco es a quien se ve hoy como alguien que en cierto modo no va a continuar con el juego, sino que va a dar de nuevo: a él le toca repartir nuevamente las cartas.

¿De qué se trata? No es que se espere que el nuevo papa vaya a cambiar algo del dogma y la moral de la Iglesia, desde luego. Pero sí se ve en Francisco un hombre distinto con un estilo personal claramente diferenciado en las formas de los pontífices anteriores. Es alguien que va a situarse en otro lugar: el suyo propio.

¿Cuál es ese lugar? Cada uno es como es y él es como todos lo conocemos. Un hombre de pocas palabras, humilde, de gustos sencillos, con un perfil ajeno a los gestos espectaculares: un hombre normal. Cuando los argentinos nos caracterizamos por enfermarnos de importancia, él no parece importante, pero lo es.

Si alguno de nosotros hubiéramos conocido un arzobispo de Buenos Aires en los años treinta o cuarenta, o incluso cincuenta, nos habríamos quedado sorprendidos de unas formas que son la antítesis de Jorge Mario Bergoglio, pero que sin embargo en esos momentos se consideraban las apropiadas. No por algo hay un concilio de por medio. Cuando el pueblo cristiano vea a Francisco vivir la simplicidad de Francisco de Asís o el celo por la fe de Francisco Javier, a quien se le cansaba el brazo de tanto bautizar, pienso que también tendrá la tentación de ponerse de su lado.

Bergoglio no es ni será un papa espectacular; nada más alejado de él que una superstar, y ni siquiera es alguien de una intelectualidad que suscite una particular admiración. Pero un papa no tiene por qué ser una estrella mediática ni tiene que ser un intelectual que despierte exclamaciones por la profundidad de su pensamiento teológico, porque no son ésas características esenciales del pastor de los cristianos, ni del hermano universal de la humanidad. Tampoco fue ése el estilo de Jesucristo.

La nueva sensibilidad religiosa subraya los contenidos humanistas del mensaje. Los teólogos de la liberación lo intentaron, pero en muchos casos enfermaron de ideología, corrompiendo ese mismo mensaje. Francisco lo vive naturalmente, sin recurrir nada más que al Evangelio. En la salvación cristiana, a partir del misterio de la encarnación se encuentra incluido todo el hombre. Con su simplicidad, Francisco está en medio del pueblo cristiano de un modo distinto pero tan viejo y original como el Evangelio.

¿Llegará la religión a superar su actual impasse? Para decirlo con un dicho popular casi olvidado: "Dios dirá". Pero ya se sabe: el cristianismo ha hecho de la esperanza un signo de la presencia divina en lo humano a lo largo de los últimos 2000 años de la historia del hombre en la Tierra. En una Iglesia recalentada por la crisis, llegó quizás el papa providencial, no el que todos querían, pero sí el que todos necesitábamos.

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