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Alicia Oliveira: "Sacaba del país a gente que estaba perseguida; para él era muy riesgoso"

Paz Rodríguez Niell
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15 de marzo de 2013  

No me van a decir a mí quién es Jorge Bergoglio", dice Alicia Oliveira, ex jueza exonerada por la dictadura, ex defensora del pueblo de la Ciudad, militante por los derechos humanos y amiga de años del nuevo papa.

"Durante la dictadura me fueron a buscar. Por suerte no me encontraron, me escondí. Me echaron y me decretaron la captura. Estuve dos meses viviendo en otro lado. En ese momento, uno de mis hijos iba al Salvador [colegio de los jesuitas] y yo tenía una gran angustia de que él saliera y yo no estuviera ahí, de que no pudiera verme. Entonces, Jorge me llevaba desde donde estaba escondida, por un lugar que no se sabía, y me llevaba al colegio. Entraba con el auto y me dejaba en el patio del colegio para que pudiera ver a mi hijo."

–¿Dónde paraba usted en ese momento?

–En el departamento de alguien a quien le voy a estar siempre muy agradecida... No hay por qué no decirlo, era la casa de Nilda Garré. Después, levantaron la captura, se solucionó la situación y volví. Ya en febrero del 76, Jorge me había ido a ver para decirme que se venía una mano muy pesada. "Yo le pido que se venga a vivir al colegio Máximo conmigo", me dijo. Y me acuerdo que yo le contesté, sin imaginar lo que se venía: "Prefiero que me agarren los militares antes que vivir con los curas" [se sonríe].

–¿Vivió esos meses con Garré?

–Sí, y como decía que yo era una irresponsable, cuando se iba me encerraba y me dejaba con llave. Le voy a estar siempre agradecida.

–¿Qué opina de Bergoglio?

–La mía es la opinión de una amiga, y amigos uno tiene muy pocos. Jorge es mi amigo, ni el cardenal ni el papa, y yo tengo la mejor opinión de él. Es un gran hombre, preocupado por la gente que sufre, un hombre que ayudó a muchos en la dictadura. Recuerdo el caso de un hombre que él salvó. No podía cruzar la frontera, era parecido a él y Jorge le dio su cédula y su clergyman, y se pudo ir. Eso no lo hacía cualquiera.

–¿Conoce otros casos?

–Era muy habitual, todos los domingos nos reuníamos en la Villa San Ignacio, una casa de ejercicios que está frente a Campo de Mayo. Se hacía una comida y se despedía a la gente que sacaba del país porque estaba perseguida.

–¿Cómo los sacaba?

- No se lo pregunté nunca porque yo sabía que eso para él era muy riesgoso.

–¿Cuánta gente?

- No podría decirle, pero un volumen importante.

–¿Él los cobijaba? ¿Paraban ahí?

–No lo se. Él los cobijaba, pero no sé dónde. Pero los domingos iban ahí. Por eso a mí no me van a decir quién es Jorge Bergoglio.

–¿Cuál era entonces la opinión de él sobre la dictadura?

- Su opinión sobre la dictadura era terrible, la misma que tenía yo. Otro caso personal: cuando yo quedo cesante, yo había sido profesora de la Universidad del Salvador, él me obligó a hacer el doctorado y reinscribirme. En las clases, por la materia que daba, yo les contaba a los alumnos lo que hacían por ejemplo los chinos, los castigos atroces, y los chicos me preguntaban cómo en esos lugares la gente podía dormir mientras pasaba eso, y yo les decía: "¿Y ustedes cómo duermen? Eso es lo que pasa hoy en la Argentina". Y les contaba.

–Se le criticó a Bergoglio no haber protegido a los sacerdotes jesuitas Yorio y Jalics, secuestrados por la dictadura en un barrio del Bajo Flores.

- ¿Qué protección les podía dar? Cuando ellos estaban ahí, él estaba muy preocupado, lo recuerdo, les decía: "Se tienen que ir", pero ellos se empecinaron.

–Se lo acusó incluso de haber colaborado con la dictadura; ante este tipo de críticas, ¿qué decía Bergoglio?

- Él decía que eran unos canallas, aunque él no es de exasperarse nunca de manera brutal.

–Usted ha manifestado reparos a que los curas no hubieran denunciado públicamente lo que pasaba en la dictadura.

- Claro. Yo alguna vez le reclamé a Jorge que no luchara públicamente, pero la relación en la Iglesia es una relación compleja. No sé qué hubiera sido lo mejor.

–¿Qué siente cuando lo ve papa?

- Pienso que va a tener una tarea terrible, pobrecito, y lo que más me duele, siendo egoísta, es que no lo voy a ver más.

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