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Gaby Herbstein: "Puedo dejar la fotografía, la Cabalá nunca"

Sus calendarios ya son un clásico de la fotografía urbana; luego de cumplir 40 años, dice que llegó la hora de un camino espiritual
Soledad Vallejos
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16 de marzo de 2013  

Reconoce que la de la foto es su cara, pero asegura que ésa no es ella. Casi como una ironía, Gaby Herbstein (43) no se siente segura delante de la cámara. Aun así, su mirada cala hondo ante el lente que la retrata para la entrevista, pero la imagen que mejor la representa nunca será la de su propio perfil. Ella deslumbra cuando se esconde detrás de esa pequeña abertura circular por donde decidió mirar el mundo y transmitir su obra desde hace 25 años.

Es dueña de un estilo fotográfico inconfundible y recientemente fue elegida embajadora de Samsung, como protagonista y artífice de la campaña Galaxy Note 10.1. Sus famosos calendarios -un clásico de la cultura urbana porteña- la promovieron casi como una "marca registrada", un calificativo que la irrita. "Es algo que te encasilla, que no tiene nada que ver conmigo. Todo el tiempo busco salir de ahí, y cuando me siento cómoda en un lugar huyo. La comodidad es estancamiento", asevera Herbstein con ademán de sus brazos, donde se deja leer un tatuaje que dice "conciencia".

-¿Es cierto que la fotografía llegó a tu vida casi por descarte?

-Sí, en mi familia ya no sabían qué hacer conmigo (se ríe) y decidieron mandarme a un curso de orientación vocacional. En esas pruebas que nos hacían durante tres horas salió, por descarte de todo lo demás, que tenía una veta artística. En realidad, yo quería ser egiptóloga, pero como acá no existía esa carrera y no quería irme a vivir afuera, tenía que anotarme en antropología. Entonces, mientras me decidía y para que mis viejos se quedaran tranquilos... ¡Me anoté en turismo! Ese mismo año, una amiga me llevó a un curso de fotografía. Yo ni siquiera tenía cámara. Fue una revelación. Jamás olvidaré el día que entré al cuarto oscuro para revelar mi primera foto de una palmera.

-Y desde la palmera hasta hoy, 25 años después, ¿qué es lo que más te enorgullece?

-Mis trabajos artísticos, donde hay una búsqueda. Intento que mis fotografías dejen algo más allá de la estética. Que las fotos hablen, que sean un canal para transmitir algo.

- ¿Ese trabajo comenzó con tus calendarios?

-Sí, fue un trabajo artístico personal que no tenía nada que ver con lo comercial. El primero fue con la Fundación Huésped, en el 95. También fue mi primer trabajo a beneficio, y se transformó en algo ininterrumpido hasta ahora.

-¿Y no te aburrió un poco el tema calendario, siempre el mismo formato?

-Justamente lo que no me aburre del calendario es el formato. Cambia página tras página, es dinámico. Y siempre me encargué de que cada uno fuera completamente distinto del anterior. También hubo empresas que me contrataron para hacerlos. Pero bueno, es cierto que los calendarios se asocian y tampoco me molesta.

-¿Alguno es tu preferido?

-No. Tal vez el del año 2000, que se llamó Huella , fue el más trabajoso de todos. Quería representar cómo era la mujer argentina antes de la llegada de los españoles. Investigué un año, me pasé días en museos. No había nada hecho, y también viajé al Norte para entrevistar a caciques de diferentes etnias.

-Salió finalmente a la luz el espíritu de antropóloga.

-Sí. Me encanta la investigación, y para cada trabajo me meto a fondo, lo hago con sumo respeto. Tengo en cuenta hasta el mínimo detalle. Es que siempre tengo el fantasma de la clase B dando vueltas. Le temo al trabajo mal hecho.

-¿Perfeccionista en exceso?

-Soy terrible, y es un defecto importante (se ríe).

-¿Lo primero que ves en una foto tuya siempre es un error?

-Totalmente. Apenas está la foto colgada le encuentro 80 defectos y no la quiero ver más. Me pongo loca. Hasta que descanso de verla, puede pasar un año como mínimo, y después vuelvo a quererla. Soy muy lapidaria.

-¿Sos así en el trabajo como en tu vida cotidiana, con tu entorno personal?

-Solía ser más dura, pero ahora estoy un poco más blanda, más reflexiva.

-¿Qué provocó ese cambio?

-El trabajo en equipo de años, ser madre y el hecho de haber empezado a estudiar espiritualidad, esa nueva búsqueda me hizo realmente muy bien.

-¿Meditás?

-Estudio Cabalá hace dos años con un maestro y eso me ayudó muchísimo en todos los aspectos de mi vida. En mi casa siempre fueron todos ateos, nunca tuve una educación religiosa y tenía un vacío que, aunque yo no me daba cuenta de que estaba, existía. Puedo dejar la fotografía, pero la Cabalá nunca.

-¿Los 40 tuvieron algo que ver? ¿Te llegó la crisis de la mitad de la vida?

-Los 40 costaron. De hecho, no festejé ni nada. Puede ser un poco infantil, pero la verdad es que me cayó una ficha. Es como si hubiera estado viviendo siempre en una nube y de repente... ¡zas! llegaron los 40. Y no quiero ponerme seria porque ya "estoy grande". Si madurar es ponerse serio, perder la frescura, la capacidad de asombro y la espontaneidad, prefiero no madurar nunca. Para la Cabalá, los bebés dentro de la panza de la madre tienen el conocimiento universal. Nacen sabios, y a partir de ahí comienzan todos los problemas. Pero bueno, cumplí 40 y no puedo negar que sí, fue ahí cuando comencé a replantearme algunas cosas, tanto de mi vida personal como de mi trabajo.

-¿Tu próximo proyecto tiene algo que ver con este nuevo camino de la espiritualidad?

-Sí, estoy trabajando en un proyecto personal. Ya hace más de un año que con mi amiga Julieta Garavaglia, que es directora de arte, estamos trabajando juntas en un libro, que tendrá el formato de caja con láminas sueltas adentro. Se llama Estados de Conciencia .

-¿Tan importante es para estar tatuado en tu brazo derecho?

-Sí. Quiero demostrar conciencias en imágenes. Cosas que pasan en el funcionamiento del universo. Y vamos buceando en eso a través de distintos tips, como "ver la película desde afuera"; "cuando das también recibís", o "el amor incondicional". Intento reflejar eso en una imagen, y con Julieta trabajamos en el concepto de cada pieza.

-¿Y cuál es hoy tu estado de conciencia?

-Que soy canal para poder transmitir algo o llegar a inspirar, ayudar o darle una mano a gente que está en este mismo camino. Que mi trabajo no es el simple ego de haber hecho una linda foto. De todo eso, hoy, tomé conciencia.

Fiel compañero de trabajo

Toma vino, le gusta descorchar una botella en una cena junto con su marido, en casa o en un restaurante. Pero ella asegura que ninguna otra bebida la representa mejor que su tradicional mate, que la acompaña durante las extensas jornadas laborales en su estudio de fotografía, en Paternal. Durante la entrevista no faltó el kit matero, y como buena cebadora, compartió la ronda.

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