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Que el impulso no se vuelva compulsión

Mariana Kratochwil
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16 de marzo de 2013  

Las mujeres tenemos esa necesidad constante de renovarnos. Es algo innato, que tiene que ver con querer sentirnos actualizadas, vitales, modernas. De alguna manera, nos reinventamos para estar mejor: esto puede manifestarse a través del pelo, de la ropa y, claro, de la casa.

El lugar donde vivimos es un reflejo de la propia personalidad. De ahí que esas ganas de ir en busca de la renovación, ese impulso vital, se traslade al hogar a partir de la (re)decoración. Hoy, además, cuando está tan difundida la idea de ambientación , las ofertas de velas, lámparas, sillas, manteles, banderines y etcéteras, están a la orden del día; el mercado mismo nos va llevando y qué mejor que tener la capacidad de generar un buen clima para recibir visitas u organizar festejos.

Habrá hombres mejor predispuestos (siempre y cuando se los consulte y no se los invada) y otros, defensores de los hábitos y la seguridad de lo estable, que se mostrarán resistentes. Todo puede charlarse. Lo importante es llegar a un acuerdo y potenciar la creatividad para crear un entorno lindo, estimulante.

Ahora bien; como en todo, si la frecuencia del cambio es excesiva, el impulso se convierte en compulsión. Si el deseo de generar modificaciones en la casa es demasiado recurrente, puede transformarse en la excusa para canalizar ansiedad, inseguridad o angustia. Y eso ya no es tan bueno para la mujer, ni para la familia, ni para el bolsillo.

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