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Algo más que un cambio de timón en la Iglesia

Gustavo Béliz
Gustavo Béliz PARA LA NACION
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16 de marzo de 2013  

Dios no juega a los dados. Es capaz de resumir un programa de gobierno universal en un sola palabra: Francisco.

Ni la más perfecta campaña de comunicación en la era global podría superarlo. Se abre para la humanidad una puerta infinita de esperanza a partir de un solo nombre. Un nombre que, por su contraste con todo lo establecido, es capaz por sí solo de constituirse en la señal sanadora de heridas abiertas y profundas.

Este nombre, Francisco, a partir de ahora no referirá sólo a un santo de estampas antiguas que hablaba de la naturaleza, vestía sandalias, le cantaba al hermano sol y a la hermana luna, hacía de la pobreza su riqueza, y fue capaz de conmover los cimientos viciados de la Iglesia de su tiempo y lanzarla a un luminoso amanecer.

Ese nombre, Francisco, a partir de ahora, refiere a un hombre humilde que viajando en subte es como si hubiera llegado a la Luna. Lanzado como una flecha de Dios a la aventura maravillosa que lo pone en el centro de la escena mundial. Para escándalo de los poderosos y de los cínicos que piensan que todo tiene precio y nada tiene valor. Llega un hombre sobre el cual se posan las expectativas de una globalización fatigada, muros que dividen, liderazgos perplejos, paradigmas vetustos en busca de un Norte distinto. Y ese Norte llega desde el Sur, convirtiendo a América latina en el "hecho nuevo" de la historia universal.

Asistimos a este recomenzar a partir de la más simple de las verdades: ser cristiano es ser otro Cristo. Francisco de Buenos Aires ha estado predicando con su vida que la fe no es un conjunto de recetas de cocina para engordar a un alma jubilada. Una fe viva es estupor para los ojos de lo establecido. Es signo de contradicción para los ensalzados. Es sal para los amargos corazones. Brújula vital para los que buscan en el lugar equivocado. Y decepción para los que piensan que encontrar es acumular alforjas y equipajes ajenos.

Francisco es en sí mismo un programa de gobierno porque es una realidad viva. No llega desde el Sur con oropeles ni palabras gastadas, sino con definiciones audaces y obras valientes. Pensando alto, sintiendo hondo y hablando claro. Lavando pies descalzos, repudiando la esclavitud, denunciando la impunidad, enfrentando el terror de la droga, señalando la trata de personas, oponiéndose a toda injusticia, llamando mafias a las mafias, abrazando a víctimas de tragedias del fuego y de la corrupción. ¿Qué otra cosa hubiera hecho Cristo si caminara en este tiempo por las calles del mundo?

No estamos frente a un mero cambio de timón en los destinos de la Iglesia, sino frente a una revolución. Que comenzó con la renuncia de Benedicto XVI y continúa con la llegada del primer papa de América latina. Un pastor sensible, un líder audaz y un estadista consciente del nuevo tiempo del tablero mundial. Un admirador del gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, quien predicó la necesaria interdependencia e integración de los Estados continentales en un tiempo de mundialización que no pocas veces delata su rostro imperial. Un hombre que hace de la Doctrina Social de la Iglesia un compromiso personal. Un pensador alimentado por la convicción intelectual y una clara comprensión de los terrenos políticos, económicos, sociales y culturales donde el cristianismo hoy tiene que predicar su mensaje.

Así como el Concilio Vaticano II inauguró una época distinta y significó una epopeya de transformaciones, así como Juan Pablo II fue un vendaval de cambios y de muros derrumbados, así como Benedicto XVI sorprendió a los incrédulos con una decisión de dimensiones extraordinarias, Francisco es el Papa para este tiempo. Que llega para decirnos con su primer gesto que lo nuevo es recordar lo olvidado. Pero no es momento de enumerar la plataforma programática de lo que viene, tanto a nivel espiritual como geopolítico. No es momento porque no hace falta. En un solo nombre, Francisco, está contenido este programa de gobierno que la Iglesia universal y los seres humanos de buena voluntad comenzaron a presenciar mirando la Plaza San Pedro.

Espejo de Cristo. Esperanza con sandalias. Liviandad de equipaje. Centralidad de los oprimidos. Fe y vida hermanadas.

Todos presentíamos y rezábamos y esperábamos este instante épico. Como ese Jesús al cual la madre Teresa de Calcula le rezaba todas las mañanas, fuera y dentro de los templos se trasuntaba un pedido: "Tengo sed". Sed de ejemplos, sed de modelos a seguir, sed de paradigmas. En los días previos al cónclave, llegaban más y más noticias de un pueblo de Dios en profunda oración y comunidad. Lo palpábamos en nuestra vida cotidiana, en la asistencia de los jóvenes a misa, en las cadenas de rosario, en esa sensación de hermandad universal que sólo se despierta cuando parece que todo se derrumba. Mi esposa Fernanda, la noche anterior a la elección, y mientras preparaba su clase de catequesis de la mañana siguiente, terminó de leer llorando un texto de Benedicto XVI que precisamente se refería a San Francisco de Asís y la bienaventuranza de la pobreza: "Cada paso de la Escritura lleva en sí un potencial de futuro que se abre sólo cuando se viven y se sufren a fondo sus palabras". Y vaya si el cardenal Bergoglio demostró en todo este tiempo vivir y sufrir las palabras de la bienaventuranza. Allí tuvimos la convicción del cambio. Cuando Fernanda debió enfrentar a sus alumnos y les preguntó qué pensaban sobre la elección del nuevo papa que en esos momentos estaba teniendo lugar, surgió la voz de una de las líderes de la clase que, entre incrédula y desafiante, le dijo: "Si es un papa que sea pobre como nosotros, ahí vamos a estar".

Y ese hombre ha llegado. Como escribió Chesterton sobre San Francisco de Asís, desde ayer nos visita un líder "con el especial propósito de conmover al mundo con un nuevo entusiasmo espiritual". Como dijo un curita en Montevideo después de la misa a la que acabo de asistir en medio de aplausos, algarabías y emociones como nunca antes recuerdo haber vivido en la Iglesia tras un cónclave: "Qué Papa!".

Como me lo acaba de escribir mi hijo José en un tuit, interpelado hasta las lágrimas: "Dios sorprende, Dios es grande".

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