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El reencuentro con la posibilidad de creer

Miguel Espeche
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23 de marzo de 2013  

El eje de estas líneas no será el Papa, sino los que testimoniaron, desde lo emocional y espiritual, un suceso que, como la asunción de Francisco, hace historia de una manera que nos sorprende a todos.

En tal sentido, daremos vuelta la cámara para enfocar, no a quien acaparó y acapara todas las miradas como lo es el Pontífice, sino a los que miran: los testigos de la escena. Es todo un desafío observar a los que observan, iluminar al público y no tanto al escenario.

Decía Marechal que "de todo laberinto se sale por arriba". Y es quizás por esa causa que el laberinto cotidiano de muchísimos argentinos pareció suspenderse, iluminado por algo "más alto" que muchos creían inexistente, extinguido.

Se dice que el verdadero milagro es la fe. El creer, más que lo creído. La realidad podrá a veces traicionar esa creencia, pero el creer, como fenómeno, es poderosísimo y existe como eficaz patrimonio (e instrumento) anímico de todas las personas y comunidades.

Existe toda una industria del descreimiento, que, a modo de aquellos "refutadores de leyendas" de Dolina en su Crónicas del ángel gris, escupen el asado de quienes creen, no por lo que creen, sino porque creen.

En otras palabras: es el creer propiamente dicho lo que está puesto en tela de juicio por dichos "refutadores", que visten variados ropajes. Se puede creer en cosas buenas o en cosas malas, de acuerdo con las opiniones de cada uno, pero el creer en sí como función humana no es el responsable de lo negativo, así como el respirar no es responsable de las complicaciones respiratorias.

Las patologías depresivas, el aburrimiento, las adicciones y el cinismo, a modo de diferentes ejemplos, muestran rostros de quienes prefieren descreer corrosivamente, desangelando la vida, en vez de mejorar su creer (cualquiera que éste sea) despojándolo de tonteras, miedos, rigideces, mezquindades o infantilismos.

Por eso, llevando el foco a quienes se conmovieron con el anuncio del nombramiento de Francisco, su asunción y sus palabras, vemos que en muchos la alegría y las lágrimas llegaron por el reencuentro con la posibilidad de creer.

Así, lo que conmueve es el reencuentro con aquello que parecía un lujo ajeno, acaparado por talibanes, tontos o ingenuos.

Nadie puede refutar el sentir de otra persona. Es imposible decirle a alguien "no podés sentir esto, o aquello", aunque sí se le puede argumentar que Dios existe, o no, en términos de polémica.

El sentir es inteligente, tal como señaló Daniel Goleman en su libro La inteligencia emocional , y por esa razón es que vale respetar lo que pasa en el corazón de las personas frente al evento papal. Porque lo que ahí se refleja no es el "opio" de un pueblo, sino algo esencial, ligado a su sabiduría y fuerza vital. Luego, lo que se hace con esa fuerza vital es otra cosa y vale evitar malversarla.

Es verdad: muchas personas, sobre todo no religiosas o agnósticas, se avergonzaron de sus lágrimas como antaño muchos se avergonzaban de su sexualidad. Es que hoy el tabú cambió de forma y territorio. Creer es una capacidad que puede tener mejor o peor destino, pero de la que no puede prescindirse. Habla de la potencia humana, no de una debilidad.

Digamos que, si el creer es traicionado, hay que mejorar su perspicacia, darle más inteligencia, más madurez, antes de pasarse al bando de los descreídos.

A veces hay que creer para ver. En tal sentido, salir del laberinto del escepticismo "subiendo" por la escalera de la alegría compartida no es un mal comienzo a la hora de continuar este misterioso camino que es la vida. Es un camino muy difícil, pero no imposible como lo es, sin dudas, para aquellos que no creen en el creer y se marchitan, tristes, en su perpetuo refutar.

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