Un atajo para salir de la pobreza

Historias de vida de mujeres que gracias a recibir pequeños préstamos consiguen poner en marcha un emprendimiento que les permite mejorar la vida de sus familias
Carla Melicci
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6 de abril de 2013  

Alejandra Cartelle abre las puertas de su casa en el barrio San Pablo, partido de Tigre, y el aroma a chocolate se hace inmediatamente presente. La mesa está servida: hay cucharitas, gallinas, huevos, cajitas, confites, bombones. Todo es de chocolate, todo es artesanal.

Tres años atrás Alejandra sólo tenía una idea. Había aprendido a hacer huevos de Pascua de la mano de una vecina. Atravesaba un momento económico familiar complicado, necesitaba una salida laboral y pensó en que no sería difícil fabricar bombones de chocolate.

Buscó información en Internet, leyó miles de revistas, y a prueba y error se animó a producir. Primero los regaló a sus familiares y después –por efecto del boca a boca– comenzaron a llegar los pedidos.

Sin embargo, Alejandra se dio cuenta de que esa idea –que ya era un emprendimiento– necesitaba seguir creciendo. Por un lado faltaba dinero: acceder a un crédito bancario era imposible. Por el otro, formación y asesoramiento.

"Una vecina le comentó a mi mamá que un grupo de jóvenes de la Fundación Mujeres 2000 estaba ofreciendo microcréditos a mujeres emprendedoras del barrio. Primero me inscribí en el curso de capacitación –ocho clases de una hora, dos veces por semana–. Luego, como estaba interesada, tomé la responsabilidad y el compromiso de aceptar el microcrédito", cuenta Cartelle.

Como Alejandra, existen muchos casos en nuestro país de personas de bajos recursos que gracias a la ayuda de los sectores privados, públicos y de ONG logran poner en marcha una idea a través de un microcrédito.

Ahora bien, ¿qué se entiende por microcrédito? "Significa poder acceder a un préstamo, que por lo general no supera los $ 2000, sin que se requieran comprobantes ni justificativos de ingresos para avalar ese crédito. Surgen como mecanismos para contener a quienes están excluidos de los sistemas tradicionales de financiación, a quienes por diversas circunstancias se encuentran en situaciones de informalidad, lo que les impide acceder a las facilidades y los beneficios que devienen de la formalidad", explica Andy Freire, presidente de la Fundación Endeavor, y añade: "Los microcréditos se transforman, en muchos casos, en el único puente de pasaje entre esos dos mundos, que de otra manera no tendrían conexión".

Junto a un grupo de cinco emprendedoras, Alejandra obtuvo su primer préstamo por $ 600 a pagar en cuotas semanales y con ese dinero pudo comprar insumos para seguir produciendo. "Me comprometí a ir todos los sábados a la reunión grupal con los dos coordinadores de la ONG, donde primero nos enseñaron a sacar un costo, a manejar Facebook y hoy continúan guiándonos en nuestros negocios. La verdad que no me costó pagar el crédito porque las cuotas eran muy bajas, alrededor de 20 pesos por semana", asegura.

En cuanto al cumplimiento del pago del crédito, Inés María Nevarez, directora ejecutiva de la Fundación Grameen, sostiene que al ser "personas que no están acostumbradas a que se les confíe una responsabilidad tan importante como una garantía, no fallan. Cuidan su buen nombre en la comunidad y se sienten importantes porque lo son: cada uno es significativo para el otro y cuando sabés que otros dependen de vos, lo hacés lo mejor posible. Simplemente es una reacción humana".

Por otro lado, Freire recalca que no hay una fórmula universal para garantizar que las personas terminen de pagar el crédito. "Es recomendable otorgarlos de forma escalonada. Al principio en montos pequeños que sean relativamente fáciles de devolver, y mientras se acompaña y asesora a la persona en el proceso de desarrollado de su emprendimiento, se le va otorgando créditos de montos más grandes", asevera.

Asimismo, desde la Red Argentina de Instituciones de Microfinanzas (Radim) dicen que es importante aunar esfuerzos para que el microcrédito tome fuerza como herramienta de desarrollo. "Muchas veces este sistema permite desplazar otras fuentes de financiamiento –como prestamistas informales– que sólo sirven para empobrecer y sumergir a las personas en círculos viciosos de crédito que no contribuyen al desarrollo de las personas", explica Florencia Montes de Oca, directora ejecutiva de Radim.

Ellas, emprendedoras

Una de las reuniones de grupo de Nuestras Huellas
Una de las reuniones de grupo de Nuestras Huellas Crédito: Diego Spivacow / AFV
Desde la Fundación Grameen cuentan que el 95 % de las personas que acceden a un microcrédito son mujeres. "Esto se da porque son negocios que en general se inician en el hogar, con el apoyo de herramientas que se tienen a mano y son las mujeres las que saben aprovecharlas. Por eso suelen hacer productos de panadería, pastelería, comidas, entro otros", sostiene Nevarez.

Tal es el caso de Isabel Soria (53 años), que se dedica a producir pastas frescas artesanales en el barrio Parque Casas, en la ciudad de Rosario, Santa Fe. Hace 6 años que es prestataria de Grameen, sistema de microcrédito sin garantía material destinado a personas de bajos recursos.

"Llegué por Melba, mi vecina, que siempre me veía luchando para poder comprar los insumos, y me sumé. Teníamos que confiar, saber esperar, porque nadie te regala nada en la vida y despacito obtuve mi primer crédito", dice Isabel, famosa en el barrio por su especialidad: sorrentinos de jamón, queso y ricota.

Y agrega orgullosa: "Empecé haciendo pan casero, rosquitas y pastaflora en el comedor de mi casa e iba puerta por puerta en bicicleta a vender los productos. Hoy trabajo por pedido, por teléfono; instalé gas natural y estoy terminando mi local. Lo importante es siempre creer plenamente en el proyecto de una".

Por su parte, Martina Amengual, coordinadora de programas en Mujeres 2000, remarca: "Las mujeres son un excelente canal para destinar el rédito del emprendimiento a la familia, a la educación y a la salud de sus hijos. Muchas son jefas de hogar y no podrían ir a trabajar ocho horas. Esto les permite estar en sus casas, cuidar de sus hijos, y además tener un negocio propio y así generar un ingreso extra en el hogar".

Cartelle sintetiza esta tendencia rotundamente: "Cuando la situación se pone difícil, la que inventa algo es la mujer. Es la mujer la que toma la iniciativa, más allá de que el hombre trabaje o no. Sale más al frente".

Ganar autonomía

A su vez, Amengual agrega: "El microcrédito es una herramienta que para muchas mujeres sirve para salir de la pobreza y tener un mejor ingreso. Para otras, en cambio, es una forma de apoderarse y de tener autonomía, de ser independiente, de hacer algo que les guste, de sentirse útiles: muchas tienen habilidades y sólo lo que necesitan es alguien que las ayuden a potenciarlas".

En Tigre, María del Carmen Varela, a sus 55 años, conforma el segundo grupo de mujeres, las que lograron autonomía. Su tenacidad y las ganas de satisfacer al otro la empujaron a poner las manos en la masa en su panadería. "No estaba conforme con la mercadería que compraba y les ofrecía a mis clientes; entonces empecé a buscar recetas por Internet, probé, les di mi estilo, y así garantizo que lo que la gente compra sea de buena calidad", afirma.

Con ese objetivo, María del Carmen se levanta de lunes a viernes, a las 5, para cocinar su especialidad, tartas dulces –que las adapta a gusto del cliente–, recibir el pan y las facturas, y abrir Delicias, su panadería. "Con los microcréditos pude ser totalmente independiente: puedo hacer lo que me gusta, no sólo cocinar, sino lograr que la gente vuelva a comprar con ganas, que te recomiende. Eso es lo más gratificante para mí."

"Cuando una persona recupera la dignidad del trabajo y se siente integrada, claramente hay un cambio profundo en ella misma, y también en la forma en la que se relaciona con su entorno –sostiene Freire–. Un microemprendimiento tal vez no tiene el alcance ni la pretensión de revolucionar una comunidad, pero sí tiene la fuerza de impactar de lleno en la calidad de vida de quien está involucrado en el proyecto."

El Banco Comunal Mujeres Solidarias de la Fundación Nuestras Huellas, en el barrio El Sol, Los Polvorines, provincia de Buenos Aires, impactó profundamente en la vida de Margarita Leiva. Hace varios años que integra este espacio: un grupo de más de siete emprendedores, de una misma localidad, donde cada uno pasa a ser socio, accede a créditos y genera sus propios ahorros que son prestados, previo acuerdo mutuo, a la comunidad barrial.

Así, Margarita fortaleció su emprendimiento y a través de un curso de capacitación en 2012 –articulado con el Instituto Nacional de Tecnología Industria (INTI)– pudo crear su marca: Piel Mestiza, indumentaria sobre todo femenina.

"Lo bueno es que se conformó una red entre los integrantes del grupo. Por ejemplo, hay una chica que su emprendimiento es vender ropa, entonces yo le doy mis prendas y ella las comercializa", cuenta Margarita desde su taller de costura, donde trabaja con su hija y sus cuatro empleadas.

Y concluye: "A veces no es sólo cuestión deque te presten plata, sino que te enseñen a manejar tus tiempos, a desarrollar tu emprendimiento y, sobre todo, que crean en vos".

Cómo colaborar

  • Fundación Grameen www.grameenarg.org.ar
  • Radim www.reddemicrocredito.org
  • Fundación Nuestras Huellas www.nuestrashuellas.org.ar
  • Fundación Mujeres 2000 www.mujeres2000.org.ar
  • Fundación Endeavor www.endeavor.org.ar
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