El meteórico ascenso de Fariña en un mundo de negocios turbios

En un par de años sedujo a empresarios poderosos con una mezcla de habilidad y arrogancia
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21 de abril de 2013  

Antes de saltar a la fama Fariña no llegaba holgadamente a fin de mes, tenía deudas con amigos y viajaba en colectivo desde Retiro hasta La Plata con la excusa de que lo hacía mientras "blindaba su auto". Ya entonces, sin embargo, decía representar a gente con poder. C on apenas 24 años, invocaba sus nombres a placer: Lázaro Báez, Cristóbal López, Raúl Moneta y Néstor Kirchner, entre otros. Tal era la confianza que generaba Fariña que comenzó a participar de reuniones en financieras y cuevas de la City, mientras se dejaba ver en restaurantes fashion como el Audi Lounge de Figueroa Alcorta con personas tan disímiles como Jacobo "Chizito" Winograd y Eduardo Angeloz, el hijo homónimo del ex gobernador que afrontó sus propias denuncias en Córdoba.

Varios empresarios también sabían de su existencia, como lo admitió en privado un poderoso hombre de negocios kirchnerista vinculado con el transporte, hoy investigado por la Justicia. Quizá porque él mismo alentó las versiones de que era hijo natural de Kirchner o porque transportó bolsas repletas de dinero para algunos de esos empresarios.

Rápidamente Fariña asumió roles más extensos que el de simple "valijero". Comenzó a participar de operaciones de compras de propiedades, campos e incluso hasta coqueteó con ingresar al negocio de telefonía, siempre en nombre de "el jefe", que identificó como Lázaro Báez ante ciertos interlocutores que luego rememoraron sus conversaciones en diálogos con LA NACION.

Fariña comenzó a manejar también información confidencial de los poderosos y a ufanarse de eso. Así fue como a fines de 2011 y principios de 2012, antes de que estallara el "caso Ciccone", él les anticipó a sus amigos, despatarrados alrededor de una pileta en Puerto Madero, varios detalles del escándalo que se venía.

Su actitud entre osada y soberbia, y su presencia poco pulida para los estándares corporativos, llamaban siempre la atención, casi tanto como su flamante amistad con Ricardo Fort y otros personajes farandulescos. Había algo de misterioso en aquel joven que decía mover millones (y efectivamente lo demostraba en algunos casos, como con la compra de dos Ferrari), pero que al mismo tiempo podía deberle de 500 a 1000 pesos a varios amigos.

Sus dos Ferrari las compró en Uruguay, una en José Ignacio y la otra en Carmelo, ambas con métodos similares. Encaró a sus dueños, que no pensaban venderlas, les ofreció más dinero de lo que valían, le replicaron que no, los tentó con más dinero, le dijeron que sí y les pagó con montañas de dólares en efectivo, según reconstruyó LA NACION.

No todos sus negocios, sin embargo, cosecharon buenos resultados. Incluso algunas de ellos terminaron con el cruce de cartas documento. Así ocurrió, por ejemplo, con quienes figuran en los papeles de las primeras sociedades que utilizó como si le pertenecieran a él. "Nos usó", resumió uno de ellos, entre furioso y asustado por la tormenta en que Fariña los estaba metiendo.

Pero por un leve período, a principios de 2011, cuando el ignoto contador de La Plata empezó a captar la atención de los programas de espectáculos por sus gastos, algunos de sus "socios" también mostraron una fuerte suba de su poder adquisitivo, que llamó la atención de quienes los conocían desde hacía años.

Ésa fue la época en que subió su perfil de la mano de Jelinek. La fiesta de casamiento la organizó Bárbara Diez, la esposa de Horacio Rodríguez Larreta, que fue a la boda. Al igual que Luis Ventura, que lo negó, pero aparece en fotos a las que accedió LA NACION. La fiesta resultó insólita para muchos. Invitados por el vocero contratado por Fariña, asistieron sin conocer a los novios. Fueron para "hacer número". Los familiares del novio brillaron por su ausencia en el Tattersall de Palermo.

"Yo no lo eduqué para eso", es la frase que un familiar directo suele repetir en La Plata cuando le preguntan sobre el muchacho, hoy de 26 años y distanciado del barrio de clase media trabajadora donde creció. Su madre, docente, calla incluso cuando sus alumnos le preguntan fascinados por su nuera.

Así, Fariña y sus "socios" -todos sub 40, todos varones-, comenzaron a vivir de manera dispendiosa. Pero, de todos ellos, sólo Fariña pudo mantener los gustos y gastos caros, tras la muerte del ex presidente Kirchner. La causa de ese desbarajuste sería, al decir de varios conocidos de Fariña, un faltante millonario que comenzó a reclamar Daniel Pérez Gadín, un contador vinculado antes con el operador radical Enrique "Coti" Nosiglia y hoy cercano a Báez. El faltante, según a quién se escuche, se generó en tres operaciones distintas: las compras de un campo en Punta del Este y de otro en Mendoza, y una transacción financiera con una cooperativa de la City.

El nexo de Fariña con sus jefes más poderosos es, para muchos de los que interactuaron con él, algo inexplicable. Tanto como para que Moneta lo califique ante sus colaboradores como "un joven brillante" o como para que el empresario inmobiliario Carlos Molinari lo haya puesto bajo su ala hasta que su perfil estrambótico le resultó indigerible.

Cristina Kirchner, juran a su lado, ignoraba de la existencia de Fariña hasta que irrumpió con las Ferrari y Jelinek, y tuvo su primera denuncia penal. Fanático del truco, que juega cada semana con amigos en distintas casas -tocó en la suya hace un par de martes-, creyó tocar el cielo con las manos. Hasta que chocó con la realidad.

  • Leonardo Fariña / contador vinculado a Báez

    Dijo en una cámara oculta del programa de Jorge Lanata que manejaba cifras millonarias en efectivo de empresas de Lázaro Báez. Después se desdijo. Ayer, volvió a aparecer en la TV
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