El folklore, con garra

Actuación de la cantante Guillermina Beccar Varela junto con Margarita Chein (piano), Pablo Aznarez (violín), Diego de la Zerda (percusión) y Raúl Peña (guitarra y arreglos). Ciclo de música de raíz folklórica "De aquí en más". En la Scala de San Telmo, Pasaje Giuffra 371. Nuestra opinión: excelente.
(0)
16 de octubre de 1999  

La suerte o el mercado se encargan de fabricar ídolos con pies de barro. Casualidad o premeditación, lo cierto es que tanto la buena estrella como el cálculo terminan por confinar al ámbito underground a músicos dotados de excepcional talento.

Ocurre con Guillermina Beccar Varela, quien ratifica una vez más, en este ciclo creado por Guillo Espel y María José Albaya, sus extraordinarias condiciones como cantante y como intérprete del folklore argentino.

No es de rigor que una buena garganta esté también dotada de seso. Hay conocidos ejemplos que lo confirman. Tampoco suele suceder que las mejores voces elijan el mejor repertorio. O que, aun eligiéndolo, respeten los códigos del género y de cada creador, sea en cadencias o en melodías.

Precisamente por confluir en ella la excelente garganta, la inteligencia y la sensibilidad para elegir un irreprochable repertorio, y la fidelidad, la garra y la ternura para expresarlo, Guillermina Beccar Varela se constituye en modelo para los jóvenes cultores del folklore.

Una virtud añadida a sus extraordinarias condiciones vocales e interpretativas es la de acometer el desafío de presentar inspiradas obras de jóvenes compositores, como Raúl Peña, Roberto Cantos, Ica Novo, Marcelo Perea, Jorge Fandermole y canciones no transitadas de paradigmáticos creadores, como "Eras", de Eladia Blázquez; "Lavanderas del Río Chico", del Cuchi Leguizamón, y "Resolana", de Eduardo Falú, amén del bellísimo vals "Flor de lino". Aunque ya no cuente con el empuje del piano y los arreglos de Marcelo Perea, Guillermina tiene hoy en la guitarra de Raúl Peña un digno sucesor como acompañante y orquestador, al que se une el delicado piano de Margarita Chein, el ajustado violín de Pablo Aznarez y la precisa percusión de Diego de la Zerda.

La voz vibrante y contundente de Guillermina arranca con "Copla bien nacida", chacarera de su guitarrista, para luego encenderse, poderosa o desplegando vuelos interiores, en el chamamé de Roberto Cantos "Canción de fuego". Garra y ternura, exaltaciones e introspecciones, empuje y gracia son extremos expresivos que Guillermina conjuga con maestría. Con el gesto medido, con energía sin alardes, con el regalo de la media voz, con fraseos elásticos, acomete el folklore de siempre, apoyada por un sólido grupo instrumental.

Cuando se disfruta de la excelencia estética es difícil señalar cúspides. Sobre todo cuando alguien como Guillermina trasciende sus dones de cantante para sumarse a los músicos, que desentrañan los secretos escondidos en la más sencilla melodía, en el más intrincado ritmo.

Uno podría quedarse con las zambas "Lavanderas del Río Chico" y "Debajo del sauce solo"; con las chacareras "Palomas de sueño" o "Doña Maclovia", o con las inéditas versiones de "Naranjo en flor" y "Flor de lino". Pero sin duda lo que más sorprende entre sus hallazgos interpretativos es la hermosísima zamba "Resolana", de Falú, por la unción y el respeto por su maravillosa melodía.

Guillermina Beccar Varela se ha instalado ya como una de las mejores cantantes de todos los tiempos en la música popular. Es un privilegio haberla descubierto.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios