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Cigarette électronique, el nuevo típico gusto francés

Los negocios de venta de cigarrillos electrónicos florecen por todo París mientras los expertos aún debaten sobre sus reales efectos
Nathalie Kantt
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27 de abril de 2013  

PARÍS.- Es una tarde cualquiera en París. Salió el sol y el termómetro marca 25 grados. A metros de la plaza de la República, en un pequeño local del Marais, Louise y Jérémie están descubriendo el universo de los cigarrillos electrónicos. Los modelos, el nivel de nicotina que les conviene, los sabores artificiales, la técnica para inhalar. "El producto varía en función del cliente", explica el vendedor. Exhalan algo que se parece al humo, pero es vapor. Llegaron por recomendación de un amigo. Tienen 26 años. Louise dice que fuma diez cigarrillos diarios. Jérémie la mira incrédulo. "Bueno, algo más cuando salgo", corrige ella, avergonzada. Al lado, una señora cuenta que fuma dos cigarrillos, sólo de noche, desde hace 35 años. Quiere dejar "esa costumbre", aunque admite que al principio muy probablemente alternará entre uno y otro. Acaba de adquirir, por algo más de 70 euros, todo el kit. La cajita blanca del cigarrillo electrónico que eligió se parece a un iPhone. Todavía no encontró cuál comprarle a su marido: ninguno de estos sabores artificiales se asemeja realmente al de la pipa.

Dejar de fumar todavía no está de moda en esta ciudad. Afuera de cualquier bar se ven miles de colillas tiradas en el piso. Incluso en pleno invierno, con temperaturas bajo cero, los parisinos salen a fumar, sentados debajo de esos calefactores casi industriales. Y es habitual advertir fumadores afuera de sus oficinas, a toda hora. Pero, conscientes de las consecuencias -doscientas personas mueren por día en Francia a causa del tabaco, según la Asociación Francesa de Prevención contra el Tabaquismo (OFT, por sus siglas en francés)-, y sobre todo aterrados por sus bolsillos vacíos -con paquetes que no bajan de los seis euros, el presupuesto mensual llega fácilmente a los 200 euros para quienes fuman un paquete por día, y a más de 2000 en un año-, los parisinos se acercan cada vez más a estos laboratorios de fumadores.

Rodeados por líquidos envasados, baterías con forma de cigarrillo y atomizadores, los clientes escuchan hablar de miligramos de nicotina, de glicerina vegetal, de propilenglicol. Aquí no se fuma. Aquí se "vaporea". Los clientes son fumadores que quieren abandonar o reducir ese hábito. Los vendedores tienen orígenes muy distintos (recepcionistas de hotel, periodistas, comerciantes), pero comparten un mismo discurso. Parecen predicadores. Se cuidan y repiten que, "oficialmente, no es un producto para dejar de fumar", que la nicotina "no es un veneno" y que en pequeñas dosis es "nociva pero no mortal". Pero recuerdan que la cigarette électronique no contiene "ninguna de las sustancias cancerígenas del cigarrillo". Después comparten su historia personal. "Me considero un ejemplo vivo. Fumaba dos paquetes diarios. Hoy no toco un cigarrillo", dice Stéphane Dubois, detrás del mostrador, mientras "vaporea". La historia conmueve a los clientes. A veces, los termina de convencer. "No les vendo: los convierto", asume Stéphane.

Los riesgos todavía no están comprobados. Desde la OFT explican que, a diferencia del cigarrillo, en estos aparatos no hay combustión: la mecha, embebida con algún líquido que puede o no contener nicotina según la elección del cliente, prende cuando la batería calienta a 60 grados, y no a 150 o 200. "Con los cigarrillos normales, el problema es que la nicotina es inhalada luego de la combustión, además de todo lo que se transforma con esa combustión: 4000 sustancias tóxicas, entre las cuales 50 son cancerígenas", explica a la nacion la médica tabacóloga Agnès Delrieu. Bajo su dirección, la OFT analiza desde hace seis meses los riesgos del cigarrillo electrónico. Los resultados a los que lleguen estos expertos serán enviados en forma de recomendaciones al Ministerio de Salud francés. "Seguro es menos malo que el cigarrillo normal, pero los estudios todavía no están hechos porque el fenómeno no fue en sus inicios desarrollado por las industrias tabacaleras ni farmacéuticas. En Nueva Zelanda trabajan sobre ello, pero las conclusiones recién estarán listas en 2014", agrega la doctora Delrieu.

Mientras los expertos discuten, los comerciantes se mueven como peces en esta zona gris. Los negocios de venta de cigarettes électroniques se multiplican como hongos en esta ciudad. Medio millón de franceses "vaporean", según el Eurobarómetro de mayo de 2012 (las encuestas que realiza la Comisión Europea). Los especialistas y los vendedores afirman que las cifras actuales están muy por encima. "Los clientes se cuentan por decenas cada día", confiesa a la nacion la dueña de La Vaporeuse, Vanessa Delarue. Ingeniera química de formación, Vanessa inauguró su primer local en noviembre pasado y ya planea abrir dos nuevos, uno de ellos en la Costa Azul, cerca de Saint-Tropez.

Quienes se pasaron al cigarrillo electrónico forman una especie de secta. "Te convertís en un evangelizador. Tenés ganas de compartirlo con todo el mundo", confiesa Gerry Feehily, un irlandés que fumó durante 22 años. No toca un cigarrillo desde hace nueve meses. "La piel vuelve a tener color, y se recupera el olfato, la energía y la fuerza... en todos los ámbitos", aclara Gerry. Su mujer, agradecida.

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