El hechizo de Angkor

En Camboya, un conjunto de templos y santuarios conjuga naturaleza, belleza arquitectónica y siglos de historia
Norberto Frigerio
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28 de abril de 2013  

Con sólo permitirse mirar la historia, puede uno advertir que entre la eternidad y la arquitectura ha existido un extraño pacto que ha inmortalizado este vínculo más allá de todos los tiempos. La Gran Muralla China, las pirámides egipcias, Pompeya, Machu Picchu, el centro ceremonial de Chichén Itzá en México, o la bellísima Persépolis en Irán confirman el indisoluble y hondo nexo entre las creencias profundas de los pueblos y sus testimonios.

Sin embargo, esta enumeración es opaca e incompleta si no se coloca a los templos de Angkor en el centro de la escena. No se trata de espacios dedicados a la honra de los muertos ni una ciudad con sus tribunales, celdas o sala del trono, ni espacios dedicados a ofrendas rituales: es un imponente conjunto arquitectónico en el corazón de la refinada y dulce Camboya, en la ciudad de Siem Riep. Abarca un área aproximada de 250 km2 e incluye cerca de más de un centenear de templos, además de un conjunto de monumentos elevados a la categoría de santuarios. Este testimonio aún incorruptible de la fe se desarrolló durante el imperio Jemer (802 al 1327). No existen razones claras que expliquen los motivos del ocaso y abandono de esas estructuras. Algunas de las hipótesis que se manejan: grandes cambios climáticos, bancarrota de los sucesivos monarcas, bruscos giros religiosos, presiones políticas de pueblos vecinos.

Los detalles arquitectónicos de los templos aluden a los patrones de la mitología hindú: la montaña sagrada, morada de los dioses, el encuentro y el camino entre el hombre y dios. Por otra parte, en algunas paredes de los templos se encuentran inscripciones en sánscrito, solitarios testimonios de sucesos acaecidos por aquellos distantes años.

Durante más de seiscientos años la teca, los bambúes, la caoba, el caucho y los helechos, sumados a un clima tropical que suele alcanzar los 47°C de día, hicieron desaparecer casi literalmente este universo arquitectónico. La frondosidad de la jungla se apropió de todo. Con la sola excepción del templo de Angkor Wat, que permaneció abierto al culto, todo los otros fueron invadidos por la vegetación más intrincada e impiadosa que pueda uno imaginarse. Aún hoy sólo han sido despojados de estos árboles, que en algunos casos superan los quinientos años, 195 templos. La recuperación del resto, cerca de 800, es tarea de la Unesco y gobiernos extranjeros que han asumido el complejo desafío de liberar los edificios de esta vegetación adherida y parasitaria que los posee casi hasta pulverizar sus entrañas.

Nada se salvó de este tsunami vegetal que sepultó a los testigos más elocuentes de una civilización.

Los grandes templos

Ante la inmensa aventura que implica adentrarse en este infinito universo, se sugiere comenzar por tres grandes unidades: Angkor Wat, Angkor Thom y Ta Prohm.

El primero, Angkor Watt, es el edificio más bello y perfecto que alguna vez se haya concebido. Se construyó durante el reinado de Suryavarman II en l113, quien dejó el rito a Shiva y dedicó la nueva edificación al culto de Vishnu.

Tan emblemática es la imagen de este templo que se encuentra su silueta en el marco de la bandera de Camboya, representando al templo-montaña por excelencia.

El templo se levanta en medio de un foso artificial de 190 metros de ancho, con una extensión de 1500 x 1300 metros. Se ingresa a través de una calzada con grandes balustradas de las denominadas nagas o deidades, que son custodias del templo. Avanzando se pasa por dos edificios denominados las bibliotecas, así como por dos estanques ceremoniales, cubiertos de lirios acuáticos.

El templo propiamente dicho, que es un segundo edificio, se encuentra dividido en tres niveles que rodean un patio amurallado repleto de laberintos y corredores totalmente labrados con imágenes de guerras y gestas épicas. La simetría y la armonía, así como la precisión matemática de estos bajos relieves, no tienen parangón en todo el sudeste asiático.

Finalmente, se accede a la cúpula más elevada mediante una empinada escalera de cerca de 70 escalones, desde donde se divisa la inmesidad de los parques circundantes. En diferentes espacios se encuentran representaciones divinas a las que aún hoy se venera.

Respecto de Angkor Thom, se trata de una verdadera ciudadela fortificada de unos 10 km2, a la cual se entra por cuatro gigantescos pórticos. Su puerta más destacada, denominada de la Victoria, mide 20 metros de altura y fue diseñada a modo de torre profusamente decorada, en la que se destacan cuatro caras gigantescas. El ingreso se hace sobre anchos puentes ornamentados con 54 caras esculpidas de tantos dioses como demonios de cada lado.

Sin lugar a dudas, en su Recinto Real, Plaza de los Elefantes y Terraza del Rey Leproso se generaron ámbitos donde la genialidad de anónimos artesanos pudo encontrar una concreción sublime.

Finalmente, Ta Prohm, indiscutible capital de los árboles. Es justamente en esta área donde se expresa con mejor imagen la invasión vegetal. Si bien las tareas del desbrozamiento se han intentado, los riesgos de desprendimientos y desmoronamientos, compitiendo con la infinita belleza de esta naturaleza montada sobre la creación del hombre, tornan más misterioso y mágico el entorno. Esta caprichosa conjunción de naturaleza y genio humano sigue siendo uno de los lugares más visitados por los dos millones de viajeros que anualmente llegan a Camboya.

Es sin lugar a dudas el santuario menos barroco de todos, pero la presencia de las diferentes especies de árboles, que lo recubren casi hasta el límite de hacerlo invisble al ojo humano, lo tornan incomparable.

Visitar los templos de Angkor no es una mera recreación turística; la experiencia convoca a una profunda introspección, incluso aún en el observador más desprevenido.

La majestuosidad de sus estructuras, el estilo singular de sus espacios, los bajos relieves, el entorno vegetal, la calidez humana del camboyano, así como su cordialidad y refinada cortesía configuran una totalidad a la cual es imposible resistirse.

Concretamente, se está pisando una tierra diferente y no necesariamente deben reivindicarse aspectos religiosos. Podría decirse que el gran valor del encuentro con Angkor es el impacto que producen las cuestiones metafísicas y filosóficas, las preguntas que genera sobre la condición humana y el vínculo con lo espiritual.

Magia ancestral

  • Los fantasmas La actitud de los camboyanos ante los templos es de infinita veneración. Sin embargo, existen multitud de casos de pobladores de la zona que ingresan a los espacios sagrados, porque aseguran que se encuentran totalmente habitados por fantasmas, a los que no se debe molestar. Singular situación, porque por lo general les encanta, los domingos y feriados, hacer sus picnics con familiares y amigos cerca de las entradas a las grandes explanadas.
  • Para visitarlos Se recomienta visitar Ankgor Wat en horarios matutinos, casi al alba, porque resaltan mejor las cúpulas. Respecto de Angkor Thom, aseguran que la hora perfecta es la caída del sol, que hace lucir los bajos relieves. La boscosa Ta Prohm debe visitarse al mediodía, cuando las sombras de los gigantescos árboles colaboran con el placer de la visita.
  • Quiénes lo hicieron Se estima que durante unos 30 años unas 80 mil personas llevaron adelante la extracción de tierra, movilidad de esculturas y decoración, entre otras tareas. Se los llamaba esclavos de dios, en cuanto eran partícipes de un mundo místico, de alto reconocimiento social.
  • Técnicas Fueron utilizados ladrillos de 30 x 15 x 7 cm. También se usó la tradicional piedra caliza, dispuesta generosamente desde diversas canteras; el tradicional adobe tapado con estucos, la madera para ciertos pabellones y balaustradas, además de pinturas naturales para adornar los interiores.
  • UNESCO En 1992 declaró los templos Patrimonio de la Humanidad.
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