Horacio Armani: un hombre de letras que ejerció el arte de la poesía y la reticencia

Jorge Monteleone
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2 de junio de 2013  

Hubo dos modos en los cuales Horacio Armani comunicó su temprana y continua alianza con la poesía: una fue la escritura de poemas, desde el inicial Esta luz donde habitas (1948), que publicó a los veintitrés años, hasta la ulterior antología de sus versos El sueño de la poesía (2008); otra fue la luminosa traducción de la gran poesía italiana contemporánea: no pocos lectores conocimos en su voz precisa a Cesare Pavese o a Eugenio Montale. Armani, que murió en esta ciudad a los 88 años, ejerció un apasionado arte de la reticencia: en la poesía por ese yo que, a veces intimando a través de un doble especular o un nosotros, manifiesta con rabiosa desilusión los acontecimientos del dolor o la pérdida y la fugacidad de la experiencia con un ritmo como demorado, que verso a verso late en una sintaxis lenta y que a menudo se materializa en el pulsar de las cosas concretas. "Una piedra, un insecto y un árbol son iguales, / tienen como una sangre que transcurre despacio / con el tiempo y el ruido de ese tiempo."

Había nacido en Trenel, La Pampa, pero en los poemas persistía esa melancolía propia de Buenos Aires, que protesta irónicamente de la desgracia y sabe que la protesta misma es una forma desplazada de la vitalidad. Escribió sabiamente que "es un sueño la poesía", un "veneno lento", una "nada que ayuda", una "inasible victoria", y supo que "millares de poetas escribieron para nadie sus versos", pero también que la poesía debe continuar, aunque el sueño mismo de la poesía haya acabado.

En 1958 ingresó en LA NACION , donde se desempeñó como jefe de Bibliografía del Suplemento Literario. En 1986 fue designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

Como traductor continuó el arte de la poesía por otros medios. Su antología de la poesía italiana del siglo XX o su volumen Imágenes de Eugenio Montale son también altos modos de la generosidad. Un día, con su mujer, buscó a Eugenio Montale en Italia, pero antes quiso ver en Ravenna "el puente de madera que pone a Puerto Corsini en alta mar", con el que comienza el poema "Dora Markus". Lo buscaron en vano, hasta que una mujer en una hostería les dijo que había sido reemplazado por una escollera de cemento, pero les recitó el poema completo, donde el puente de madera aún persistía. Al visitar a Montale, le contó que el puente del poema ya no estaba. "¿El puente? -respondió Montale- Quizás no ha estado nunca."

Años después, en su poema "Lectura de Montale", Armani repitió la lección: la poesía puede ser un espejo cruel o una música árida donde se deshace el tiempo humano, pero allí, sobre la brizna débil del lenguaje, los poetas alzan todavía los altos puentes de madera. "Eso que en la mañana se levanta -escribió Horacio Armani- y nos mueve a vivir."

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