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Argentino por opción

Nació en las Malvinas. Su padre combatió contra las tropas de nuestro país. Sin embargo, James Peck armó su propia vida. Se dedicó a la pintura, se enamoró de una argentina y se convirtió en el primer isleño en obtener un DNI. Desde su taller en Recoleta, cuenta la historia que plasmó en un libro
Franco Spinetta
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9 de junio de 2013  

Para quienes vivimos esa época, las imágenes quedaron grabadas para siempre: los hombres armados que marchaban desde el aeropuerto con sus ropas al viento, los toques de queda, los allanamientos, los ataques aéreos y los bombardeos desde la costa, las trincheras en las escuelas y en cualquier esquina", relata James Peck en su libro Malvinas, una guerra privada (Emecé). Sentado en su atelier de Recoleta, rodeado de sus pinturas y guitarras, se disculpa por su intrincado español, que mezcla constantemente con un inglés de acento británico. Es el primer nativo de las islas Malvinas en obtener la nacionalidad argentina. Y eso le valió el mote de traidor en su tierra. "A veces no hay una explicación para las cosas. Yo vivo la vida así. Sé que es muy simbólico que tenga un DNI, para mucha gente fue un shock tremendo. Para mí no: ya en el colegio tenía una amiga argentina y había muchas cosas en común."

James Peck nació en 1968 en Port Stanley (Puerto Argentino), en el seno de una familia tradicional de las islas. Su padre, Terry, es considerado un héroe de guerra porque, según las versiones, fue el único de los isleños que se enfrentó con el ejército argentino. Con esa carga a cuestas, Su hijo emprendió otro camino. Se dedicó tempranamente al arte. Era un chico inquieto en un contexto que no duda en describir como opresivo. "Siempre quería conocer más –recuerda–, tenía curiosidad: si me decían que no tenía que hacer determinada cosa, entonces me daban más ganas de hacerla. Es como dicen acá: pueblo chico, infierno grande."

La vida y la obra de este artista, que acaba de publicar su primer libro, están marcadas por la contradicción que desde pequeño condicionó su vida: la inmensa naturaleza de un lugar como las Malvinas; unas islas atravesadas por un conflicto de identidad irresuelto y un pueblo muy pequeño donde no viven más de 3000 personas. "Todos te están mirando, todos sospechan de vos… y si encima sos un poco diferente, ¡uf!"

En el libro decís que antes de la guerra había una identidad isleña, ¿cómo era la relación con los argentinos?

Era conflictiva, pero existía algo. Por ejemplo, recuerdo a la gente usando la palabra che. Cuando acá me dicen James, vos sos muy porteño, yo les explico que en las islas se usaba la palabra che. Yo le decía a mi mamá che, mom, y cosas así. Teníamos clases de castellano. La relación no era agresiva, era parte de nuestra vida. Ahora no hay ninguna conexión y hay muchísima bronca. Antes había problemas, pero había que solucionarlos porque estabas conviviendo con alguien, había que vivir con eso.

Entre los isleños y los argentinos había una relación fluida: mucha gente iba y venía por trabajo, había amistades. "Hasta se organizaban partidos de fútbol que eran muy peleados, mucho boxeo", rememora entre risas.

¿Se imaginaban que las islas atravesarían una guerra con esa misma gente?

Me acuerdo de que había gente que bromeaba: "Un día nos van a invadir". No creo que lo pensaran seriamente. Para muchos, 1982 fue un año surrealista.

El ridículo: el ritmo cansino y el silencio matizado sólo por el intenso viento del Sur fueron repentinamente reemplazados por bombas, helicópteros, ametralladoras y muerte. La guerra llegó un día y tardó 74 en irse de las islas. "Era como una película, tenía la sensación de que nada era verdad, me preguntaba si realmente eran armas lo que escuchaba." James tenía 13 años cuando el ejército argentino invadió la capital malvinense. El mundo que lo rodeaba (gente humilde que vivía de su huerta y la cría de animales) ya no volvería a ser el mismo.

Su padre había sido policía y luego, representante político. Desde ese lugar, siempre se había mostrado abiertamente antiargentino. Cuando las tropas de Galtieri desembarcaron en las islas, Terry imaginó que lo irían a buscar. Fue entonces cuando cargó una mochila con víveres, una pistola y bastante abrigo y partió hacia las montañas para aguardar la llegada de la defensa.

¿Cómo viviste la decisión de tu padre?

Al principio no entendíamos bien. Él estuvo unos días dando vueltas, sobreviviendo en las montañas. Dependiendo de las versiones, él fue el único isleño que peleó para los británicos. Hay muchas historias de mi padre ayudando al ejército británico.

Entre las bombas, los muertos y las tétricas escenas de soldados saqueando casas en busca de comida, a James también lo angustiaba la poca información sobre la suerte de su padre. La victoria británica significó el final del conflicto, pero el comienzo de otra historia para las islas, que pasaron de estar relegadas por Gran Bretaña a ser una de las prioridades en su política exterior. "La guerra –dice– modifica todo: muchos no lo reconocen, pero la inocencia se perdió por completo."

Emblemático. El 14 de junio de 2011, durante un acto de conmemoración del final de la Guerra de Malvinas, Peck recibió su DNI
Emblemático. El 14 de junio de 2011, durante un acto de conmemoración del final de la Guerra de Malvinas, Peck recibió su DNI
¿Qué cambió en las islas?

When the money runs, the spirit goes away (cuando el dinero corre, el espíritu se va). A mediados de los 80, en las islas no había mucho dinero, era una vida más bien humilde. De repente, la estructura económica recibió mucha plata de las regalías pesqueras. Empezaron los negocios, llegó gente a buscar dinero. Yo lo veo como una manipulación para que vivieran tratando de ser ricos. Empezaron muchos cambios: cuando tenés plata, dejás de hacer muchas cosas. La gente dejó la huerta, los campos se abandonaron porque el precio de la lana no era alto. Entonces se pusieron negocios de pesca, todos dedicados al servicio. La identidad se perdió porque el dinero empezó a ser la prioridad.

Pero no sólo había cambiado el comportamiento económico. Con la guerra, desapareció también todo contacto con los argentinos. La madre de James, luego de separarse de Terry, había formado pareja con Roberto, un trabajador de YPF. El 14 de junio, cuando finalizó la guerra, a Roberto le dieron 20 minutos para irse de las islas. Su madre nunca más lo volvió a ver.

¿Ya en ese momento no te gustaba lo que estabas viendo?

Sí, aunque era bastante inocente. Por eso me fui a estudiar a Londres.

James Peck se fue en 1989 a estudiar a la Falmouth School of Art y la Chelsea School of Art. Fue un cambio rotundo. Pero pronto sintió que quería volver a las islas "para vivir un estilo de vida más simple". En 1992, volvió, se casó y tuvo su primer hijo. "Ya estaba más abierto a la sofisticación de mi trabajo, mi mundo interior también crecía." James atravesaba su primera crisis de identidad. Una crisis que sólo superaría muchos años después.

Ese año conoció a un neoyorquino crítico de arte que lo incitó a mostrar sus obras en Buenos Aires. A James le parecía una buena idea, pero no podía hablarlo con nadie. Vivía esa decisión como algo trascendental: si mostraba sus obras en la Argentina, nada volvería a ser lo mismo en las islas.

Luego de varios años enfocado en la música, se había concentrado en la pintura. "Ya lo estaba haciendo de forma seria, como un artista profesional, había dejado de ser un hobbie." Cómo explicarles a sus amigos, a su familia, especialmente a su papá, que tenía una oportunidad de mostrarse en Buenos Aires. Durante casi un año, estuvo encerrado en su taller en el medio del campo malvinense pintando e ideando la muestra. Nadie a su alrededor sabía bien qué estaba haciendo. Hasta que una de sus hermanas –con la que nunca tuvo una buena relación– se enteró y le dijo a su padre que James cometería la traición de ir a Buenos Aires a mostrar el horror de la guerra. Pero, sorprendentemente, su padre reaccionó bastante bien: "No me parece una buena idea, pero está todo bien", le dijo.

Galería de arte Sara García Uriburu, 1996. James presentó sus obras y las vendió todas. Pero en las islas reinaba el silencio: nadie le preguntó nada. "No pude contar lo bien que me había ido, lo lindo que era Buenos Aires." A partir de allí, James trabajó en silencio. Llevó, dice, una doble vida. "Recuerdo estar en el taller escuchando radio argentina con mucha nostalgia. Si entraba alguien, bajaba el volumen para que no se dieran cuenta de que estaba escuchando radio en castellano. Años después, la ponía más fuerte porque ya no importaba lo que pensara el resto."

¿Hasta cuándo tuviste que vivir así?

Hasta el documento. Fue un conflicto que se mantuvo durante muchos años.

Esa convulsión interna también respondía a los estímulos de alrededor: sentía que su entorno era cada vez más hostil a su perspectiva de vida. Por el contrario, sus contactos con la Argentina habían crecido y eran cada vez más frecuentes. Por ejemplo, había empezado a tener una fuerte amistad –que perdura– con un ex combatiente, Miguel Savage, que se había acercado a él atraído por sus pinturas sobre Malvinas.

James planeaba y dibujaba en las islas, pero mostraba sus obras en la Argentina. A la guerra y el arte todavía les faltaba el amor, que llegaría de la manera más antojadiza. María, una pintora argentina que se encontraba de visita en las islas para conocer el trabajo de colegas locales, tocó a la puerta de su taller. Él la atendió con un mate en la mano. Se enamoraron, María quedó embarazada y se fue a vivir con él a una granja, lejos del poblado de las islas. Pero de la bucólica vida pasaron rápidamente a un baldazo de realidad: luego de que le informaron que tendría que pagar el servicio médico para el parto (que es gratuito para los británicos), James recibió la noticia de que si su hijo nacía en las islas sería indocumentado. Decidieron partir al exilio y estuvieron boyando un tiempo, de aquí para allá.

Atrapado entre su simpatía con el enemigo (Argentina) y la lógica cerrada del pueblo, tomó la decisión de salirse de la dicotomía y encarar hacia otro rumbo: Sydney, Australia. Pero en 2007 recibió una llamada que cambiaría otra vez sus planes: su papá estaba gravemente enfermo. No lo dudó. Viajó de regreso a las islas. "Pensaba en cómo cuidar su memoria, su honor… Quería instalarme definitivamente otra vez en las islas. Fue un error." Cuando murió su padre, James tenía a su esposa y a dos de sus tres hijos en la Argentina.

Las cosas con María empeoraban. En medio del caos, James viajó nuevamente a Londres para terminar el profesorado. "Caminaba mucho de noche, fumando como una chimenea, pensando que tenía que encarar mi vida con más convicción. No sabía cómo manejar todo lo que me estaba pasando." Arreglaron darse una nueva oportunidad. Viajaron a las islas, pero fue otro error. María volvió a Buenos Aires con sus dos hijos. Todo iba de mal en peor: con su pareja acabada, sus padres fallecidos (su madre murió un año después que Terry) y una relación conflictiva con su pueblo, James estaba en un laberinto. Casi resignado, aceptó un trabajo en una oficina de mantenimiento eléctrico en las islas. Había dejado de pintar y de escribir: "Pensaba en volver a lo simple de la vida. Quería mirar todo con más aceptación". James abandonó por un momento la lucha. "Pero un día de diciembre de 2010, estaba en un bar y recibí una llamada de María; recuerdo que miraba alrededor y sólo veía a gente preocupada por hacer más dinero, entonces con el petróleo", dice.

Unas semanas después de que colgara el teléfono en aquel bar, James decidió abandonar para siempre las islas. Era febrero de 2011. Con dos bolsos en sus manos, pisó por última vez el aeropuerto de Malvinas. Ya había tomado una decisión: iba a pedir el DNI. Había vivido una vida, desde 1996, dividida en dos. "Me traía problemas prácticos, pero también emocionales", cuenta, y agrega con firmeza: "Tenía que romper, pero de una manera en la que era necesario no volver atrás nunca más".

Fueron meses difíciles. Estaba esperando el DNI. Mientras tanto, no pintaba, sólo esperaba. Caminaba sin parar por las calles de Buenos Aires. Sentía que se avecinaba su segundo nacimiento. Finalmente, el 14 de junio de 2011 (fecha en la que se conmemora el final de la Guerra de Malvinas), la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le entregó en mano el documento durante un acto en Buenos Aires.

¿Qué significó para vos el DNI?

Fue una forma de culminar la búsqueda de mi lugar. Era difícil por todo lo que luché, pero mi ex mujer es de acá, mis hijos son de acá, tengo muchos amigos, oportunidades de trabajo y, sobre todo, la oportunidad de cambiar mi vida. Y no pensar todo el tiempo en dos lugares.

¿Sentiste culpa por tu pasado?

Sí, sí…, sin duda. Pero si pienso de manera saludable, mi decisión no puede estar mal. No es tan grave. Entiendo el lado simbólico, pero no tiene que ver con mi vida, mi búsqueda.

Si tu padre estuviera vivo, ¿habrías sacado el DNI?

Es difícil, pero yo no cambiaría mis convicciones. No me puedo hacer cargo de lo que esperan de mí.

¿El libro viene a cerrar este capítulo de tu vida?

Primero, el DNI significaba una definición. El libro lo empecé a escribir hace muchos años, por eso está separado en tres partes. Ahora vivo con otros conflictos, ya no con la identidad.

En algún momento, James Peck dibujó el camino de su liberación y fabricó una historia. Superó los límites geográficos, culturales, bélicos, ideológicos y humanos. Zafó del corsé, rompió los moldes, fue un poco más allá. Transgredió las reglas no escritas con el único objetivo de hacer su propio camino.

Más allá de todo, ¿te gusta vivir acá? ¿Te sentís argentino?

Hasta hace muy poco me hacía la misma pregunta. Cuando salió mi libro, pasé por la editorial para buscar la primera copia. Luego fui a buscar a los chicos y cuando los veo, les digo: "Che, vamos a celebrar a una parrilla". Fue muy natural. Comimos bondiola, colita de cuadril [risas]. Al lado nuestro había dos ingleses que charlaban. Yo los miraba, los escuchaba y me decía a mí mismo: "James, no tenés nada que ver con ellos". Creo que ahí está la respuesta.

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