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Estados de gracia

Imprescindibles poemas de James Schuyler, el menos frecuentado de los poetas de la Escuela de Nueva York
Pedro B. Rey
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21 de junio de 2013  

La divisa es engañosa. Escuela de Poetas de Nueva York suena capital, pero en su origen fue casi un truco publicitario, la consigna con que en los años cincuenta un galerista decidió promocionar las plaquetas de algunos poetas jóvenes a los que unía su tarea como críticos de arte. Contemporáneos de la segunda generación del expresionismo abstracto, estos poetas (John Ashbery, Frank O’Hara, Kenneth Koch, James Schuyler) fueron deliberadamente aprogramáticos. El único manifiesto disponible ("Personism", de O’Hara) es una gloriosa burla del género: lo único que guía su poesía, sostiene el autor, es la propia vida, en especial sus hechos más ocasionales.

Podría decirse que Schuyler (1923-1991) fue, y continúa siendo, el más escurridizo de ese cuarteto que encontró afinidad en el interés por lo urbano, el cosmopolitismo a la europea y las nuevas formas culturales (la pintura, pero también la música contemporánea, el jazz, el cine). La reciente reedición en Estados Unidos de dos de sus raras novelas (Who’s for Dinner; Alfred and Guinevere) han comenzado a sacarlo de la penumbra relativa en que parecía cómodamente asentado.

Quizá lo que más dificulta definir el carácter de la poesía de Schuyler sea su transparencia. La presencia recurrente de elementos de la naturaleza crea una tensión imperceptible entre los paisajes casi pastorales y el escenario urbano. Schuyler escribe como si fuera tonto, con la impasibilidad de un vagabundo del haiku, aunque en las formas se aboque a poemas de mayor extensión, hechos de versos "flaquitos" (como se los ha designado informalmente por la escasa cantidad de palabras por verso), y deslice occidentales notas melancólicas. Tontería es, en este caso, una designación positiva, un sucedáneo del estado de gracia. "¿Qué es esto, liquen?", se pregunta en un verso de Freely Espousing (1969), con la sorpresa del urbanita que oscila entre la amnesia y la anamnesis.

En "Después", uno de los poemas incluidos en Una ciudad blanca, necesaria antología de Schuyler traducida y prologada por Laura Wittner, puede observarse esa doble disposición. Nieva; hay una excursión en camioneta fuera de la ciudad. En el camino de vuelta se observan los yuyos escarchados en el cerro, que devienen "un gris brillante sobre el marrón". La mirada cambia al llegar a Nueva York ("un tumulto de lluvia, taxis y autos atascados, neón que se re-/fleja en el asfalto), pero el carácter meditativo de la poesía de Schuyler se prolonga en su tranquila aceptación del aparente opuesto: "Eso también me gusta", sostiene.

Su ojo pictórico puede observar el nacimiento de un día de verano en la ciudad y reflexionar sobre las estaciones, o ponerse a orbitar alrededor de lilas y crisantemos. Puede encontrar que "el musgo está libre de caspa" o preguntarse con sabia resignación, como hace en "Saludo": "El pasado es pasado, y si uno se acuerda de lo que quiso hacer/ y nunca hizo, ¿no es/ haber pensado en hacerlo/ suficiente?"

La presencia de la naturaleza es el rasgo diferencial en la obra de Schuyler. El vínculo con sus compañeros de ruta neoyorquinos puede encontrarse, de manera más tímida quizá, en los poemas con referencias culturales. En uno de ellos imagina que trata de convencer a Virginia Woolf (como la escritora inglesa, también él sufrió profundas depresiones) para que no emprenda la caminata que acabará en su suicidio. O’Hara (para terror de los vanguardistas) se cansó de dedicarle versos a Rachmaninov; Schuyler escribe, en cambio, un hermoso poema en que el piano del segundo cuarteto de Fauré se desliza entre las lluvias y las hojas, observadas a través de la ventana de un tercer piso, como "un latido extra, peligroso y hermoso".

La edición se completa con fotografías y una entrevista realizada en 1990 por Raymond Foye en el Chelsea Hotel. En esta última, además de consideraciones sobre O’Hara y Ashbery, el detective poético encontrará detalles sobre la amistad de Schuyler con Chester Kallman y su trato con W. H. Auden, esa sombra inevitable.

Una ciudad blanca

James Schuyler

Gog&Magog

Trad.: Laura Wittner

116 páginas

$ 65

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