Solitario por elección

Uno de los grandes de nuestro folklore prefiere seguir alejado de las luces del centro y concentrarse en su cancionero surero.
Gabriel Plaza
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8 de mayo de 2000  

Todos los días José Larralde se levanta a las cinco de la mañana: "Una costumbre -cuenta- que me quedó de cuando laburaba en el campo". Se prepara un mate, se pone a hacer algunas cosas de la casa, lee el diario, esboza alguna letra, agarra la guitarra y piensa en milonga.

Sale poco de la casa que tiene en Avellaneda, donde vive con su mujer, treinta años menor que él, y sus dos hijos. Se moviliza cuando tiene algún recital o cuando tiene que ir a grabar un nuevo disco, sobre todo ahora que una hernia de discos lo tiene a mal traer. Prácticamente no se presenta en los teatros céntricos.

José Larralde mantiene a rajatabla su condición de cantor orillero, nacido en Huanguelén, 200 kilómetros al sur de Bahía Blanca, al que vuelve desde sus canciones y recuerdos:"Yo conocí mi pueblo cuando me fui. Empezás a extrañar las piedritas, los huellones, el barro, el arroyo; y no es nostalgia, es empezar a conocer simplemente las cosas en las que uno no se había fijado antes".

Larralde contiene en su decir la soledad de la llanura pampeana; aprendió en los boliches los secretos de la milonga surera y heredó la tozudez de su ascendencia vasca y árabe. El aspecto de patriarca folklórico, que enmarca una espesa barba blanca, los gestos chúcaros, la voz gruesa, el lomo ancho y robusto, la mirada penetrante y las definiciones sentenciosas, forjaron esa imagen de artista insobornable y auténtico, en el transcurso de estos 56 años con la música.

Pero el músico le escapará a la mitificación de su figura. "Yo en realidad no le canto a la gente. No le canto a nadie. Canto lo que viví y lo que veo vivir. Canto para mí. No soy personero de nadie, ni represento a nadie, no se vaya a confundir. Soy un solitario, cuento mi vivencia y las comparo con las cosas de ahora, porque vivo ahora. Soy un tipo que les dice a sus hijos: "No olviden que de la puerta para afuera vive gente"", deslizará después en la charla con La Nación .

Larralde encarna un fenómeno atípico desde hace años. Tiene un séquito de seguidores que casi sin promoción llena los lugares donde actúa o compra religiosamente sus discos.

El último trabajo "A las 11 y 1/4", ya es disco de oro, y la fórmula fue simple. "Lo hice en dos horas y de primera toma. Agarré un par de cosas escritas que tenía en un cajón y a algunas les puse música en el momento. Por eso cuando me presento en vivo les pongo otros acompañamientos. Nunca es igual. Las toco de acuerdo con cómo lo siento."

No le gusta hablar con la prensa capitalina, pero está siempre dispuesto para ser entrevistado por una revista o una radio independiente, a diferencia de otros artistas. Aunque cuando Larralde invita a una charla, mate por medio, no hay horarios, ni preguntas difíciles. "Preguntá lo que quieras, porque cuando hablo, hablo de todo", arranca José Larralde, que se muestra de buen humor y cuenta, sin rodeos, buena parte de su vida.

-Esa hernia de discos que lo obligó a suspender algunos recitales, ¿es por el castigo que le dio al cuerpo antes de comenzar a cantar?

-¡Uooohhh! -exhala y hace un gesto ampuloso con las manos- A lo bestia. Antes se trabajaba diferente que ahora. Había que laburar de sol a sol, así que se trataba de quién hacía más brutalidades. Quién llevaba más bolsas, quién araba más, quién ponía más postes, quién hacía más pozos para los alambrados. Era una competencia entre nosotros; el patrón, contento. Era como que eras más hombre si corrías más en el laburo. Después ganabas lo mismo.

El primer trabajo rentado lo tuvo a los 6 años. Le daban 20 centavos de níquel por ir a buscar el caballo del almacenero a un potrero detrás de una cancha."El caballo se me mataba de risa. Me miraba y corría entre los cardos, bien temprano cuando estaba lleno de rocío. Me mojaba hasta el cogote y cuando recién estaba bien mojado el animal se dejaba atar. Todas las mañanas así. Por eso me daban las 20 guitas y un puñado de caramelos. Con eso te comprabas un kilo de caracú y los fideos para hacer un buen puchero. Así que prácticamente ya me ganaba la comida a los 6 años."

Larralde es de una época en que ser pibe era toda una contrariedad. La escuela estaba en un segundo plano, y nacer en una casa humilde marcaba el destino de cualquiera. "La educación no tenía nada que ver. Al patrón no le importaba si eras un filósofo o un croto. A él lo que le importaba era que laburaras. Uno nacía, se criaba y sabía que lo único que tenía que hacer era laburar. A nadie que no fuese de familia bien se le habría ocurrido ser médico o veterinario. Y como eso era mayoría, era normal. Nadie tenía otras ambiciones. Hoy es diferente: podés estudiar, no estudiar, ser un chorro o un intelectual."

-¿Y usted sabía que quería hacer otra cosa?

-Mirá, siempre trabajaba en los tractores o de alambrador, muerto de frío, sin morfi y sin saber si había otra cosa. Pero también sabía que ahí no me iba a morir. La meta mía no era eso. Yo, ya a los 22 años me había hecho mi rancho. Me había comprado un lote, y con mis manos levanté una casa con ladrillos de tercera en mi pueblo. Me sembraba mis verduras y mis cosas, y cuando salí de la colimba al año tenía el rancho. Pero yo pensaba que iba a hacer lo que quería: estudiar, aprender a tocar la viola, escribir... porque escribí siempre... No sabía si ésta iba a ser mi carrera, pero era mi vocación.

La mirada se le pierde. Prende un cigarrillo, el séptimo de la mañana denuncia una marquita en el atado, y confiesa: "Yo fui cantor desde que nací. De chico comencé a escribir muchísimo, rompí y quemé cosas a montones. Nunca pensé que alguien iba a pagar una entrada para verme o que iba a grabar un disco. Jamás lo pensé. Yo admiraba a los cantores como Gardel, pero nunca pensé que iba a llegar a algo. Hasta ahí no llegaba mi ilusión: se trataba que yo no podía vivir en un lugar cortando surco continuamente. Así la peleé, la peleé y la peleé hasta que me vine a Buenos Aires, por el sesenta y monedas, a vivir en una villa. Salía de un lado y me metía en otro, laburaba como un preso. Y bueno, acá estoy".

Antes que Jorge Cafrune y el público de Cosquín lo descubrieran en 1967, el cantor había pasado por todos los oficios posibles. "De lo que me puedas preguntar, trabajé. De repente iba de alambrador, o trabajaba en la cosecha, o me metía de catango en el ferrocaril. Salía de ahí y me metía limpiando zanjas en una fabriquita. Al final no tenía título de nada, pero gracias a todo esto que aprendés no te morís de hambre, te la rebuscás en todos lados y todo eso te sirve."

Larralde consiguió trasladar vivencias propias y ajenas a lo largo de más de 30 discos editados y más de 600 composiciones, muchas todavía inéditas. "Tengo 62 pirulos y si no hubiera hecho todo lo que hice no podría escribir lo que escribo, ni podría hacerlo con cierta autoridad. A mí nadie puede pararse en una sala a decirme usted está mintiendo. Nadie. Mi mejor testigo es la gente que conoció eso... De ahí puede ser que uno tenga algunos seguidores, porque ven reflejada su propia vida en las cosas que uno cuenta."

El extraño sortilegio que el cantor surero despierta en vivo se apoya en su capacidad para llamar a las cosas por su nombre. "Me dan bronca los tipos a los que desde el jardín de infantes nosotros les estamos pagando los estudios hasta que se reciben de abogados en la facultad y después son diputados, senadores o presidentes y hablan detrás de los escritorios de los problemas de la gente sin tener noción de las que pasa el laburante."

-¿Concuerda con alguna de las etiquetas?

-Nooo. Nunca fui peronista, comunista, anarquista o desestabilizador. Peores cosas dicen las noticias frescas a lo que puedo decir en una canción y sin embargo nadie se asusta. Eso es lo que nunca entendí de los militares. Se dieron el lujo de hacerle la guerra a Inglaterra, los más poderosos del planeta, y después le tienen miedo a un cantor y lo prohíben. ¿Cómo puede ser? ¿Es más peligroso un cantor, una canción, que todo un ejército?

-Será que le tenían miedo a la verdad de sus canciones...

-Yo creo que es ignorancia. Aquel que le tiene miedo a la palabra es un pobre tipo. Posiblemente lastime más una palabra que un cuchillo. Un arma te puede quitar la vida, pero no las ideas.

Algunas frases

En la extensa charla, este decidor de verdades vuelca algunas frases que completan parte de su universo. Un auténtico pequeño diccionario Larralde ilustrado.

  • Soy enemigo de los eufemismos porque se entra a hipocresía. Si tengo que decir una mala palabra la digo. Se ofende mucho menos siendo directo.
  • ¿Tener miedo de disentir? ¿Cómo le voy a tener miedo a un tipo que piensa diferente? Lo más importante en la vida es poder intercambiar ideas. Dejame decir lo que pienso y siento. Eso es la libertad.
  • Soy un fanático del tango. No existe otra cosa. Todo lo que te puede pasar en la vida está en un tango.
  • Yo pongo el sentimiento en una milonga, como un salteño lo pone en una zamba y un santiagueño en una chacarera.
  • No me interesa ir a Cosquín. Fui dos veces y no quise ir más porque no me saca el sueño. Es el padre de todos los festivales, pero también es el padre del manoseo al artista y de la digitación, que en otros festivales no existe. El artista está ahí para cumplir con un contrato y tiene que gritar lo más fuerte posible porque cantando más fuerte parece que cantara mejor.
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