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Crecer a los golpes

Escaparle al mandato familiar fue, para Paloma Fabrykant, la manera de hacerse a sí misma. Hija de un matrimonio de intelectuales, además de incursionar en la escritura y el periodismo, dedica tiempo y energía a su gran pasión: las artes marciales
Norberto Chab
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7 de julio de 2013  

No hubo fiesta de 15 para Paloma Fabrykant. Convertida en una buceadora de la literatura –lo que le permitió reconocer sus angustias a través del existencialismo postulado por Dostoievski, o comprender los mecanismos de la mente para convertirse en un sobreviviente, como lo planteaba Jack London– padecía su obesidad adolescente como un destino que le negaba el derecho a festejos y la inducía a convertirse en una precoz figura de las letras.

Una gordita que planchaba en los bailes y, aunque era encantadoramente sociable, lloraba sin lágrimas cuando algún malicioso interrumpía su sueño de princesa rolliza preguntándole si estaba embarazada.

Una gordita de lentes que a los 3 años había aprendido a leer y escribir incentivada por el método del cachetazo que le aplicaba su hermana mayor, Gabi (Paloma es la del medio y Vera, la menor), y que a los 6 había escrito su primer cuento formal, "con introducción, desarrollo y desenlace".

Aunque el estímulo mayor lo recibía de su madre, la escritora Ana María Shua, quien auguraba para ella una felicidad perpetua: ¡su rostro en las portadas de los suplementos literarios! ¡Invitaciones a esos crípticos encuentros de escritores! ¡Figuración eterna en los rankings de ventas!

Quince años más tarde, Paloma, lejos de esa vida hedonista, es la única periodista especializada en artes marciales mixtas y en deportes de contacto de la Argentina. Actualmente es comentarista de Bellator (por Space) para América Latina y de eventos locales por Fox Sports.

La transformación física surgió poco después de aquel cumpleaños sin celebración. La búsqueda de su propio destino, aun sin contradecir el mandato materno, apareció donde menos lo esperaba.

"En el Colegio Nacional de Buenos Aires, mi profesor de handball quería mandarme a examen. Entonces encontré una manera de zafar: me cambié a judo. Hasta ese momento, intelectualizar o verbalizar me salía muy bien, pero cuando me decían levantá la mano yo levantaba el pie. Sentía que mi cuerpo era una porquería. Me gustó el judo: aprendí que mi cuerpo no era una mente encarcelada. ¡El universo se percibe a través del cuerpo! Además, me enamoré de mi profesor de aikido, y decidí bajar de peso para conquistarlo. Mi cambio definitivo fue cuando empecé a practicar karate", evoca Paloma, quien desde ese momento nunca dejó de ejercitarse en diversas disciplinas marciales.

Pegada. En pleno entrenamiento, haciendo guantes. Después de probar con varias disciplinas, unió a todas en artes marciales mixtas, una actividad que de a poco va ganando adeptos y difusión
Pegada. En pleno entrenamiento, haciendo guantes. Después de probar con varias disciplinas, unió a todas en artes marciales mixtas, una actividad que de a poco va ganando adeptos y difusión Crédito: Emma Livingston
Su historial abarca ocho años de karate (cinto negro), cuatro de judo (cinto verde), dos de kick boxing (cinto amarillo), dos de jiujitsu (cinto azul) y uno de aikido (cinto blanco). Además, aprendió muay thai en Tailandia, krav maga en Israel y luta livre en Perú.

En mayo de 2008 recibió una invitación a una velada de UFC a Las Vegas. Y sintió que esa especialidad simbolizaba todo cuanto había asimilado hasta entonces. "Desde chica tengo una pulsión muy grande hacia las artes marciales y la calle, con su marginalidad y sus territorios hostiles –se entusiasma la escritora y periodista–. Durante varios años convivieron en mí dos mundos irreconciliables: el de la literatura fina y elevada con el de las calles duras y groseras. Pero empezó a confluir cuando abordé la práctica del Vale todo, como uno de mis temas de investigación. Desde afuera se veía como una pelea salvaje: pelea de gallos humanos o se matan dentro de una jaula, decían. Desde mi visión era un profundo conglomerado de artes marciales y deportes de combate que conjugaban sus filosofías, sus místicas, sus técnicas y sus disciplinas, cuidando la integridad física del atleta. Cuando vi UFC en Las Vegas vi marcialidad, disciplina, un control técnico asombroso. Volví con otra cabeza."

En la casa de Paloma se percibe la conjunción de esos dos mundos. Hay libros en estantes, mesas y armarios ("muchos los robé de la biblioteca de mi mamá"), pero también nueve planchas de tatami para entrenamiento, una bolsa en el suelo ("nunca la colgué, soy muy fiaca") y una computadora que la mantiene ligada adictivamente a las redes sociales.

El objeto más valioso, sin embargo, es una katana original –de una dinastía no identificada, algo que desvela a Paloma– que su abuelo Guillermo Schoua trajo de Japón hace cuatro décadas. Tiene un alto valor simbólico, porque los 70 fueron años de diáspora familiar: murió el abuelo Guillermo, a quien ella no conoció, y casi al mismo tiempo, tías y primas debieron exiliarse. La abuela Josefina, mujer de temperamento fuerte, se quedó sola en el mundo con esa adquisición. Progresivamente rearmó su rompecabezas familiar: en 1977 regresaron de París Ana María con su marido, el fotógrafo artístico Silvio Fabrykant. Josefina volvió a casarse. En 2007, cuando Paloma cumplió 26 años, la abuela (fallecida en 2010) decidió que era el momento de legarle la katana a su nieta.

Para entonces –como ahora–, las armas de Paloma eran un grabador, una libreta, sus bucles rubios y sus ojos celestes insondables. "Salía a la calle para el programa Crónicas extremas ¡y todo era extremo! Las piñas a la salida de los boliches, las peleas entre travestis, las villas, las cárceles. Siempre fui poco protegida… y mal remunerada", acepta hoy, más elegante, estilizada y producida –la magia de la tele–, pero con el mismo espíritu flaneur.

De tanto compartir horas de gimnasio con peleadores y de entrenarse diariamente, un día decidió subirse a una jaula (nadie cometa el pecado de denominarlo ring, para evitar desatar la furia de Paloma). Su debut fue ante Constanza Zoilo, el 27 de febrero último, en Gualeguaychú. El 7 de diciembre celebró su cumpleaños enfrentando en Salta a la entrerriana Cintia Farías. Más recientemente, el 20 de abril. derrotó en sólo un 1m10s a Silvina Peralta (de Puerto Madryn) en Caleta Olivia.

Paloma nunca se preocupó por el currículum académico. Y eso que aún recuerda aquella vez en que papá Silvio, muy seriamente, le habló de la responsabilidad de terminar la carrera de Letras. Eran los días en que golpeaba los estantes de su casa paterna al grito de ahora sé para qué sirven las bibliotecas, para angustia de su madre, que veía cómo volaban sus libros y se le inflamaban los nudillos a su hija. La tempestad hogareña sólo amainó cuando periodismo y deporte conciliaron en una salida laboral honorable.

La polifacética periodista admite que, en el fondo, lo que buscaba era alejarse del fantasma de ser la hija de. Por eso eligió el deporte, que también la distanciaba de la vida sedentaria e intelectual escogida por Ana María y Silvio. Aunque la literatura siempre estuvo en su vida: Paloma lleva escritos una decena de libros (algunos, en colaboración con su madre y su hermana). Todavía conserva la frustración veinteañera de Cómo ser madre de una hija adolescente, escrito por una hija adolescente, al que le auguraba destino de best seller, pero que apareció un mes antes del anuncio del corralito. La furia la impulsó a viajar a Europa, donde permaneció casi un año probando diversos oficios: de lavacopas a tarjetera de boliche.

Brenna enfrenta la vida

Ahora acaba de terminar su primera novela. Una nouvelle, según corrige ella, atenta a la sutileza. La inició hace una década y la presentará en la Feria del Libro infantil.

Sin embargo, a este universo idílico de pasiones manejables, a Paloma le falta un elemento esencial. ¿Y el amor?

"Nunca supe noviar –confiesa, intimista–. Siempre preferí relaciones ocasionales. Una sola vez, en 2011, me metí con un peleador. No funcionó. Hoy mi situación amorosa tiene más que ver con las artes marciales que con los hombres. Tengo un feedback increíble con la gente. Pero una cosa es el cariño que me demuestran cuando voy a las provincias a presentar una pelea y otra, cuando me tienen enfrente. Ahí no me encaran, no recibo propuestas formales. Creo que arrugan."

Y sonríe por última vez: la espera otra sesión de fierros, a la que se dedica con tanta pasión que es capaz de asegurar que deposita allí su libido. Hay que creerle.

Algo muy personal

  • Paloma Fabrykant nació en Buenos Aires en 1981. Es hija de la escritora Ana María Shua y del fotógrafo Silvio Fabrykant. Es escritora, periodista y, desde 2012, luchadora de artes marciales mixtas.
  • A los 20 años escribió Cómo ser madre de una hija adolescente escrito por una hija adolescente. Fue en 2001: el corralito impidió la presentación y distribución del libro. Por la frustración se fue a Europa durante un año.
  • En 2007 fue productora periodística del programa Crónicas extremas (conducido por Rolando Graña) y un año más tarde condujo un programa de humor por Radio Continental: El crucero, junto con Adrián Stoppelman.
  • Se reconoce una exhibicionista que sube sus entrenamientos a YouTube. En sus peleas contrata a un camarógrafo para seguirla al pesaje, los entrenamientos previos y el combate.
  • Hay sólo diez peleadoras de artes marciales mixtas en el país, pero cree que la difusión lograda por la TV les permitirá a muchas otras dedicarse a la actividad.
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