Lola Arias: "La ciudad te entrena para ser indiferente"

Actriz, escritora, dramaturga y cantante, estrenó ayer su nueva obra, Mis documentos, en El Cultural San Martín
Soledad Vallejos
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13 de julio de 2013  

Se acerca un mendigo. Ella lo escucha con atención. Le pregunta, le repregunta y se interesa, aunque sea por esos tres minutos que dura el relato del hombre que pide dinero entre las mesas del restaurante donde se pactó la entrevista, en la zona de La Imprenta. Aún no sabe si recibirá limosna, pero el mendigo le infunde cierto dramatismo a su discurso, y se nota. Para Lola Arias (36) todos tenemos una historia de vida potencialmente fascinante para convertirla en ficción. Ella es actriz, escritora, directora de teatro y cantante, y una de las artistas más prolíficas de su generación. Y la aparición del mendigo porteño cayó como un vestigio de su reciente viaje a Alemania, en la ciudad de Bremen, donde Arias ensaya un proyecto inspirado en La ópera de los tres centavos , de Brecht, donde los actores son, precisamente, tres mendigos de Bremen, tres músicos búlgaros que tocan en la calle, una prostituta y dos actores del teatro local.

Ella dice, algo que confirma con sus trabajos desde hace más de seis años, que el teatro documental "le permitió abrir la ventana, salir de la torre y relacionarse con otros". Y en ese trajín no hay descanso. Ayer, El Cultural San Martín presentó Mis documentos , un ciclo de lecture performance (que se extiende hasta el próximo 3 de agosto), concebido y curado por Arias. Una renovada apuesta a la experimentación y el cruce entre distintas disciplinas. Siempre sobre la delgada línea entre lo ficcional y lo real.

-¿Lo documental es siempre tu punto de partida para encarar un proyecto?

-Todos tenemos una historia potencialmente fascinante para hacerla ficción. Lo que hago es documental porque yo parto de entrevistas, de historias reales de la gente. En la obra que estamos ensayando en Bremen, hay una escena al inicio que habla sobre cómo ellos tienen que construirse un personaje para conmover y ganar dinero. Uno de los performers es un mendigo que pide en la puerta de un supermercado, que explica lo importante que es para él que le den plata, que la gente lo reconozca. Él asegura que tiene sus clientes fijos que lo ven todos los días, y que la mejor hora para pedir es entre las 8 y las 12, que es cuando van los jubilados. Son los viejos, según él, los que dejan más dinero, porque experimentaron la guerra y porque no tienen a nadie con quien hablar. Es ahí cuando uno comienza a ver el mundo desde otra perspectiva y hasta llegás a verte reflejado en la mirada de ese mendigo, como cuando me contaba que también tiene clientes eventuales, que son los jóvenes de treinta y pico, que le dan un billete de tanto en tanto y se van con una sonrisa. Es muy fuerte ver cómo alguien que pide dinero en la calle es consciente de su posición de performer .

-¿Te gusta trabajar con la marginalidad, con esos seres que denominás invisibles?

- Me interesa pensar en realidades que son ajenas en cierto sentido. Porque si bien uno jamás experimentó esa situación, como la de pedir dinero en la calle, se trata de una realidad completamente cercana, naturalizada. Tal vez pasás por delante de ese mendigo todos los días y jamás lo miraste ni te importó lo que le sucede. La vida en la ciudad te entrena para ser indiferente a todo eso. Y hacer este ejercicio te da una visión de tu propia vida desde una óptica diferente.

-¿Elegirías otro lugar para vivir que no fuera una gran ciudad?

- No sé. A veces pienso que sí, que me iría a vivir al campo. Pero lo pienso como algo puramente utópico. Precisamente, lo que más me gusta de mi trabajo es la posibilidad de estar en diferentes contextos y pensar sobre distintas realidades.

-¿Y cómo fue tu infancia en un edificio en pleno microcentro? Un contexto atípico para encontrar amigos en el barrio...

- Vivíamos en San Martín y Tucumán, un lugar delirante. Era un edificio de oficinas, y junto con un matrimonio mayor éramos los únicos que vivíamos ahí, en el quinto piso. Me divertía tirándoles cartas a nuestros vecinos por debajo de la puerta, en donde les decía que eran sus hijos que se habían ido a Europa y les escribían desde ahí, prometiéndoles que un día volverían a visitarlos. Pero un día tocaron el timbre y me agradecieron por las cartas. Yo no podía entender cómo se habían dado cuenta, no lo podía creer. Tendría seis años.

-Además de papeles para festejar fin de año, ¿es cierto que tirabas todo tipo de cosas por la ventana?

-(Se ríe) Entre muchas cosas me gustaba tirar mis aparatos de ortodoncia, que los odiaba. Si no los perdía, en algún momento iban a parar a la calle desde mi ventana.

-¿De chica ya soñabas con ser actriz?

-Más que la actuación siempre me interesó mucho más la escritura. Mi madre es profesora de literatura y me leía todo el tiempo. La idea de contar historias era algo muy presente para mí. Cuando tenía ocho años ya iba a un taller literario, y a los diez gané mi primer concurso de cuentos, con un texto que se llamaba "Perdida en mi propio planeta".

- ¿Y qué lugar ocupa hoy tu faceta de música?

-En realidad, estudié música desde niña, pero a pesar de haber sacado dos discos, que compuse con Ulises Conti, con quien trabajo hace diez años, yo me considero una escritora que compone canciones. La música es para mí una continuación de la literatura por otros medios.

-¿Qué va a encontrar el público que vaya a ver Mis documentos ?

-Es un ciclo que reúne artistas de distintas disciplinas (hay escritores, cineastas, directores de teatro, artistas visuales), donde yo soy la curadora y los acompaño en la creación de sus performances. Cada uno, se presentan dos artistas por fin de semana, expone una investigación sobre algo, un diario o un relato acompañados de fotos, filmaciones, grabaciones y textos. Ana Gallardo, por ejemplo, hace un retrato de su padre a través de su pasión por coleccionar gallos. Félix Bruzzone escribe sus versiones sobre Campo de Mayo y su madre. Él se mudó cerca sin saber que el último paso en vida de su madre había sido ahí. Lo interesante es que es un ciclo con un formato mínimo: está el artista en escena sólo con sus documentos, como una forma de hacer visibles esas investigaciones que, a veces, se pierden en una carpeta sin nombre en la computadora.

El elixir rojo de la condesa

Lola Arias no elige un vino ni una cerveza. Lo suyo son los tragos. El favorito: Bloody Mary. "Es una bebida que tomo de vez en cuando, pero me encanta, porque es muy salada y roja", dice Lola, sentada en Felicidades, un pequeño local gastronómico en La Imprenta, que suele visitar cuando está en Buenos Aires. "Es como la bebida de la condesa sangrienta de la novela de Valentin Penrose"

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